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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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sábado, 26 de diciembre de 2020

  • 26.12.20
Ha sido una Navidad diferente, con una cena que empezó dando las gracias por tener un techo, comida, salud y el amor de alguien. Círculos pequeños, compartiendo lo que tenemos y volviendo a lo esencial.


Soy un ser atípico: me encanta la Navidad con sus luces, las caras de alegría, las reuniones, y el encuentro con personas a las que quieres. La familia no se compone solo de gente con la que compartes el ADN, es mucho más grande y, a veces, los amigos son más importantes que los consanguíneos. Quien te acompaña a lo largo de los años en tu camino, esa es tu familia.

En un mundo de consumismo extremo, puede parecer que la celebración del solsticio de invierno en la que los cristianos celebran a su vez la venida de Jesús, si no hay regalos caros y abundantes, la fiesta ha sido triste y sin sentido. Este año, sin embargo, yo solo he querido como presente la cercanía de los que quiero, esos que me ven como soy y me quieren así. Esos que están ahí y que han sido el apoyo en un tiempo de aislamiento y soledad. Soledad impuesta por el miedo a la enfermedad.

Ha sido una noche de risas, de canciones tradicionales, de los bracitos de Alma alrededor del cuello, mientras su cálido olor a niña te envuelve. Otra vez las pequeñas cositas: una sopa calentita, un poquito de jamón y almendras fritas. Algo de marisco y dulces hechos en casa.

Papá Noel me ha traído los pendientes que le pedí y no necesito nada más. Se me abre el pecho y mi corazón se expande en un gracias al Universo por lo que tengo, por lo que puedo compartir, por haber sido capaz de centrarme en lo que tengo y no en lo que carezco.

Noche de paz, noche de amor, noche de unidad frente al odio externo. Noche de comprensión, de vida sencilla, de volver a ver el regalo que es todo lo que nos rodea. De disfrutar del frío con la calidez del amor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 12 de diciembre de 2020

  • 12.12.20
¿Qué tal si volvemos al origen? A comprar a agricultores o pequeñas tiendas, donde la fruta y la verdura no conocen el frío. Volver a hablar con el librero, que nos conozca y nos recomiende lecturas para nuestra alma. Llevar a los niños a las bibliotecas, a escuchar cuentacuentos con ojos redondos de asombro y buscar por las estanterías libros que devorar por esos pequeños que todo lo absorben.


Pena da ver ahora a los más pequeños moviendo solo el dedito sobre un cristal distante. Niños y niñas con ropa color pastel. ¿Para qué ponerles unos vaqueros tan pronto? Ya tendrán tiempo de ser adultos. Jugar a los disfraces, imaginar vivir en cuentos, crear castillos con dos mantas... No darle la historia mascada y empaquetada; no poner límites a sus ideas y aspiraciones.

Hoy me he levantado viendo todo demasiado enlatado y plastificado. Tristes ratones que no salen del mismo laberinto artificial: comprar y comprar para llenar vacíos que antes cubrían los libros una y otra vez, las conversaciones del tú a tú, los abrazos y los besos.

Lo reconozco: últimamente soy una rata que solo conoce un recorrido, a la que su mente le ha creado unas paredes limitadoras que no existen. Mi vida está llena de esquinas y muros. Me he aficionado a la compra por internet, lo confieso, y busco cosas que pasan por mi cabeza con el único objetivo de conseguirlas. Pero, ¿cuándo las voy a saborear?

De nuevo me bajo del tren que corre y corre sin destino; miro al cielo, que hoy es azul; escucho a mi adorada Stacey Kent. Los sentidos se van imponiendo y me van bajando a la única realidad que existe: la de la vida. Saldré por el barrio y hablaré con gente real; compraré fruta con olor y buscaré en mi dormida librería alguna historia que me enganche y no me deje dormir. Quiero vivir.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 5 de diciembre de 2020

  • 5.12.20
Tuvo prisa en salir: ella quería respirar ya y ser libre. Su pobre madre no pudo tener el alivio de la epidural. Abrió su bonitos ojos bordeados de pestañas rizadas el Día de la Constitución, así que nació como una mujer con sus derechos y obligaciones, en un país democrático, lejos de la oscuridad de la cueva.


Desde el principio se vio que sus ojos eran de su padre y su fuerza de su abuela materna que, como decía aquel, “podía trabajar de estibadora en un puerto”. Su abuela era de la época del hambre, de la del trabajo infantil duro, en la que la infancia era cosa de ricos y adeptos al régimen dictatorial. Le tocó cargar desde casi que pudo caminar. Una gran inteligencia perdida, que sí pudo transmitir a sus tres hijos y, por ende, a sus nietos. 

Araceli cumple 18 maravillosos años en el año de la pandemia. Su fiesta de cumpleaños espera el permiso de un virus que no admite las celebraciones familiares. Pero su eterna sonrisa, esa que hace que le brillen los ojos, siempre sigue ahí, disfrutando de todo el amor que la rodea. 

Sus padres, ambos feministas,  siempre le dieron alas. Nunca le dijeron aquello de “eso es cosa de chicos”. Al contrario, potenciaron sus capacidades. Desde muy niña se veía su pasión por el deporte y probó varios hasta que encontró su sitio en el rugby. Allí es feliz, jugando con su largo pelo lleno de rizos oscuros y con amigos que comparten su pasión. 

Ya es mayor de edad aquella niña que nunca se cayó con los patines; aquella que batalló con el dolor con One Direction; aquella que estudió sin dejar el deporte y sacó una notas excelentes que la han llevado por la senda de su madre. 

Ella también quiere ser ingeniera industrial. De madre inteligente y trabajadora, y padre renacentista al que todo le interesa, Araceli es hermana de un casi físico y de una linda niña que sabe que lo importante es ser lista y trabajadora” y que disfruta pintando.

Araceli es ya una mujer de pleno derecho, dueña de su vida y libre de corsés externos. Felicidades “angelita”, pues siempre supiste que tú no eras un angelito, sino una verdadera angelita. 

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 21 de noviembre de 2020

  • 21.11.20
De niñas nos enseñan cuentos con princesas desvalidas que portan preciosos vestidos largos y nos hacen soñar con tener uno igual con el que poder dar infinitas vueltas. Te crean la necesidad de tener un vestido hasta los pies para verte maravillosa y para poder convertirte en una princesa. Eso sí, una princesa de cuento, sin obligaciones.


Se ha vuelto a poner de moda esas anacrónicas puestas de largo que no eran otra cosa que presentar a la niña en sociedad para casarla. "Ahí la tenéis: joven, guapa y virgen; preparada para casarse con el mejor postor". Ese era el mensaje subliminar.

Y creces y te haces mayor y sigues queriendo tener un vestido largo, de talle pequeño y falda acampanada, que te convierta en el centro de una circunferencia de tules y sedas. Y te han hecho creer que así estás más guapa y eres más especial. El día de la boda muchas recurren a su sueño de princesa para rellenar ese gran momento. Gran momento porque así debe ser.

Recuerdo a una buena amiga escuchando de su prometido: "Pero a todas las mujeres les hace ilusión la boda: casarse, el traje...". Ella es tremendamente tímida y le causaba ansiedad ser el centro de algo. Eligió un vestido bonito, pero discreto y no quiso empezar el baile sola con el marido, prefirió que todos la acompañáramos. Sacó los pies del plato: el cuento no es así. No quiso ser princesa, ni reina. Solo quiso ser ella misma.

Te haces mayor, lees, te formas y descubres lo difícil que fue para la mujer deshacerse del corsé, dejar atrás esas pesadas faldas que llegaban hasta los pies y les impedían moverse con soltura. Tuvo que llegar el siglo XX, con sus feministas y sufragistas que dieron visibilidad a la mujer y la convirtieron en humana, dejando atrás la visión arcaica de ser solo un objeto más de la casa. 

Empezaron las féminas a no tener que vestir apretadas. El largo de las faldas se acortó, permitiendo el movimiento y proporcionando alivio en el estío. Se atreven con los primeros trajes de baño, muy lejanos a la nimiedad actual. Hasta los sesenta no se verán los biquinis, por lo menos en España.

Empiezas a reflexionar y decides que no quieres ser una princesa, ni buscar un príncipe; que quieres poder llevar la ropa que se te antoje en cada momento y lugar. Y sientes que vuelas por no estar constreñida por unas normas que solo hacen sufrir. 

Y no te gustan los príncipes sino que un chico con cara de vasquito, que lleva unos chinos y un polo de algodón; que no te abre la puerta del coche pero que te cuida y mima sin protocolos. Y entonces eres consciente de que eres feliz y de que tu vida es mejor que en un cuento.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 14 de noviembre de 2020

  • 14.11.20
Mi amor y yo nos hemos visto después de tres semanas sin tocarnos y circunscribir nuestra relación a varias videollamadas al día. Poder estar conectados está bien, pero yo necesito su piel, necesito dormir pegada a él. Hemos aprovechado estas ventanitas que nos permiten desplazarnos para pasar dos días en el punto más meridional de Europa. 


Tarifa seguía con su paz, con su buena energía, con sus playas llenas de colores y su torre de Babel donde cabe cualquier persona del ancho mundo. Distintas lenguas, distintos aspectos, pero todo el mundo buscando ese viento que se lleva los malos sueños y nos reduce a una unidad caleidoscópica donde el blanco suma todos los colores. 

La isla de Las Palomas nos habla de unión entre el Mediterráneo –ese mar antiguo del que hablaba El último de la fila y que ha traído a tantos pueblos a nuestra península– y el misterioso Océano Atlántico que escondía un nuevo mundo y fue senda de todos aquellos que buscaban aventuras y nuevas rutas. 

Y allí estaba el Plus Ultra. Desde esta isla, ahora unida a la península por una carretera, se ve nuestro continente vecino, África, tan cerca y tan lejos en formas de vida. Mirando las luces de la noche del otro lado del Estrecho, que sospecho sean tangerinas, reflexiono sobre la diferencia de haber nacido en una u otra orilla. 

Yo estoy contenta en el lado que la fortuna eligió para mí. Siendo mujer y con mi carácter, creo que acertó de pleno. Y no solo con el lugar, también con el tiempo: éste es muy importante. Empecé a vivir en una Transición que olía a ventanas abiertas y a posibilidades; a mujeres libres dueñas de su destino; a hombres libres para ser ellos mismos, sin patrones previos. 

Ojalá vayamos ganando libertad para nosotros y para todo el mundo. Si existe un creador, eligió un ADN distinto para cada ser humano, por lo que todos no podemos sentir, pensar o amar de la misma forma. Uno nace con una semilla dentro y, si se lo permitimos, florecerá, dando lo mejor de cada uno. Todos no podemos ser rosas, ni claveles, ni jaramagos del campo, ni producir los mismos frutos, ni oler de igual manera. Solo tenemos que descubrir qué hay plantado en nuestro corazón. Y regarlo mucho. Muchísimo. 

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 7 de noviembre de 2020

  • 7.11.20
Últimamente tengo menos ganas de escribir, por eso recurro menos a ti, querido diario. Y es que esta vida actual solo da para sobrevivir, para intentar no sucumbir ante toda la negatividad y el egoísmo reinante. A ver si lo entiendo: yo me tengo que quedar en casa, no puedo salir de la ciudad, no puedo abrazar y besar a la gente que quiero, no puedo estar con mi novio porque vivimos en ciudades distintas... Pero otros sí pueden hacer lo que le salga de los cojones. Pues no lo entiendo.


Pandillas de jóvenes sin mascarilla, pegados unos con otros y disfrutando como si no pasara nada y, mientras tanto, en los hospitales, los extenuados sanitarios que aún no se han recuperado de tanto estrés, de tanto miedo y de tanta muerte en soledad, siguen desbordados. 

Tenemos suerte de que esto no sea Estados Unidos. Aquí, los médicos –sobre todo los que tienen 40 o 50 años– adquirieron un compromiso fuerte con el paciente: hicieron un juramento y no estudiaron la carrera para forrarse. ¿Y qué decir del resto de sanitarios que se parten la cara todos los días para evitar el sufrimiento humano, para asustar a la muerte?

¿Dónde están los jueces como el señor Emilio Calatayud, que impongan sanciones ejemplarizantes? Lo primero es que, aunque sea una injusticia para ellos poner su salud en juego, los Cuerpos de Seguridad del Estado tienen que empezar a multar y a detener a todo aquel que se salte las normas. 

Las multas muchas veces no se pagan o las pagan los padres. Y esa no es la solución. El castigo tiene que enseñar a reflexionar y, para ello, nada mejor que tener que realizar trabajos para la comunidad, ya sea llevando comida la gente que está sola o ayudando en los hospitales, trasladando enfermos, llevando a muertos por Covid-19 a la morgue o viendo llorar a sus familiares.

Aquí también englobaría a los negacionistas, que se manifiestan poniendo en juego la salud de la Policía. Y no solo los jóvenes se están saltando las medidas: hay muchos adultos en terrazas haciendo lo que les viene en gana. Esta gente tiene que aprender a respetar al otro, a entender que el bien común está por encima de todo y, como dice la señora Merkel, que mientras no arreglemos el tema de la salud y no paremos la pandemia, no podremos reactivar la economía.

Estos días me vienen a la memoria los murales que hacíamos en clase por el Día de la Constitución, en los que distinguíamos entre libertad y libertinaje. Y es que mi libertad termina donde empieza la del otro. Vivimos en sociedad y estamos ante un momento histórico difícil, con un bicho que no conoce fronteras y que mata. Y todo el mundo se tiene que enterar, ya sea por las buenas o por las malas. Vosotros también os podéis morir, estúpidos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

sábado, 24 de octubre de 2020

  • 24.10.20
En los días oscuros reviso mi vida y siempre soy yo la culpable de mi dolor. Soy descomunalmente dura conmigo misma. He leído tantos libros orientales sobre meditación que he llegado a tener la falsa idea de que todo depende de mí, como si yo fuera una superheroína que todo lo pudiese y todo lo aguantara.


No soy justa conmigo misma: tengo más compasión con los demás que conmigo. ¿Cómo no iba yo a estar mal si me golpearon? Si me trataron como un número sin vida, como una ficha que se mueve a la que no se le pide permiso. Mi vida ha sido un juego sin dado que algunos han programado a su antojo. 

Analizo los hechos una y otra vez y me critico, me digo que podría haber reaccionado de otra manera, que debería haber sentido de otra forma... Como si los sentimientos o los pensamientos se eligiesen. La única reacción que conseguí que me salvara, que no me hundiera por el maltrato recibido fue la rabia. Esa rabia que aún hoy sigue entre mis clavículas, estira mi piel y produce dolores de cabeza desalentadores. 

Voy a mandar a la mierda a todos esos libros que pretenden que yo sea zen, que yo sienta pero no padezca, que pretenden que yo viva en esta jungla que es la sociedad actual como si residiese en un monasterio en medio del Tíbet, sin presiones, sin metas, sin egoísmos propios y ajenos. 

Nos exigimos demasiado. Y yo solo soy una mujer de carne y hueso, con una sensibilidad infinita a la que le duelen las cosas, a la que las injusticias le cabrean; una mujer a la que no le gusta el "sálvese quien pueda". Mas que trabajar la ecuanimidad, en mi caso lo que necesito es aceptarme y quererme más, ser más amiga de mí misma y permitirme sentir el dolor cuando me dañan. 

No pude hacer otra cosa. No pude conseguir que no me afectara que me trataran como un trapo. Soy solo yo, humana e imperfecta. Ahora los golpes duelen menos porque he cumplido años y he decidido que es mejor estar en paz que tener razón.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 10 de octubre de 2020

  • 10.10.20
Malos tiempos para el contacto humano, para sentir el latido del otro, para templar el alma con la suavidad de una mano. La única bandera que nos une a todos los españoles es la cercanía, el hablar con todo el mundo, el coger al amigo por el hombro y reír con cualquier tontería. Pero hay un bicho dando vueltas por el planeta Tierra que amenaza con quitarnos nuestra esencia. 


Veo programas antiguos en la tele, antes de que todo fuera anormal; veo a la gente expresar su alegría con besos y abrazos. También el consuelo ante la pérdida viene envuelto de esos mismos ropajes. Sin embargo, las circunstancias obligan ahora a la distancia. Qué duro es quedar con amigos y no poder sentirlos, no poder acariciarles el brazo para expresar empatía o cariño. 

Con la familia solo quedan los besos de los ojos, no esos besos de mariposa que tanta gracia les hacen a nuestros bebés. Ahora nos regalamos simples besitos que las miradas envían por el aire a una cara querida que, sin embargo, se nos presenta lejana. 

Y en medio de esta falta de cariño, oscuros seres utilizan la soledad impuesta para crear odio, para llenar las insatisfacciones personales de miradas negras hacia el otro, simplemente por ser diferente, por ser “el otro”. El siglo XX vio derramar mucha sangre humana por indecentes seres que movieron masas para señalar que la culpa de todas las desgracias era de uno que no era yo. 

Ayer escuché a una cantautora hablar de la fragilidad e imperfección que todos llevamos dentro. Ninguno puede mirar por encima a nadie, los sentimientos están dentro y todos tenemos los mismos. Sentimos miedo, ira, rabia, amor... El problema es cuando el que te domina es el miedo: no hay droga paralizante más fuerte. 

En estos días de malas noticias, verdaderas o creadas, necesitamos más que nunca el contacto, la unión, la colectividad. Necesitamos compartir deseos, sueños e intereses. Esta noche me acuesto feliz: he salido con buenos amigos y, aunque no nos hemos besado en la mejilla, nuestras conversaciones y risas han creado una lumbre alrededor de la cual nos hemos sentido conectados y nuestras vivencias compartidas han vuelto a unirnos, mirándonos y deseándonos lo mejor. Lo confieso: soy un ser gregario. Me gusta arracimarme con mi gente.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 26 de septiembre de 2020

  • 26.9.20
A poco que corra algún ápice de sangre cordobesa por tus venas, la tendencia natural es ir de vacaciones al Mediterráneo. Más concretamente, a Málaga. Como yo tengo miles de gotitas de sangre de Córdoba, aquí me hallo frente al mar azul de los fenicios, en una localidad con un antiguo castillo que recuerda tiempos pretéritos de luchas y fronteras.



La mar está en calma. Las olas han dejado paso a un espejo de plata. El agua está fría aquí, el Estrecho y sus corrientes se perciben cercanas, pero yo quiero fundirme con el líquido elemento. Con suerte, a lo mejor me convierto en una sirena de cola larga recubierta de cientos de escamas tornasoladas.

Introducir no ya un pie, sino un dedo es un acto de valentía. Miras hacia abajo y todo es claridad: parece un río limpio y puro. Veo mis deditos, las piedrecitas y una mamá pez con su hijo, que se acerca todo el tiempo a mis piernas. No sé cuál de ellos se ha atrevido a pegarme un pequeño bocado, aprovechando que yo miraba el nítido horizonte.

Hoy, la raya que divide cielo y mar está bien definida. Los vientos permiten esta división, al igual que dirigen nuestra mirada hacia montañas antes vacías y ahora pobladas. No hay que pensar mucho si quiero sumergirme en este frío que revitaliza. El agua ya cubre mi ombligo y miles de escalofríos nacen en mis lumbares. Ahora o nunca. Y empiezo a bucear sintiendo mi valentía en este baño. ¡Qué maravilla poder desplazarse sin apenas esfuerzo!

Vuelvo al exterior en busca de aire para mis pulmones. Mi corazón late con fuerza y el sol se convierte en un abrazo cálido, en una caricia maternal que echa el frío de mi cabeza. Nado hacia la orilla. Allí el Mediterráneo malagueño está más templado, y me dejo mecer por diminutas olas que recorren todo mi cuerpo.

Lo mejor está a punto de suceder: una toalla en la caliente arena me espera, me abriga y me conecta con la tierra. Poco a poco me adormezco con la madre tierra y el padre sol devolviéndoles a mi cuerpo sus 37 grados.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 5 de septiembre de 2020

  • 5.9.20
Veo a la gente en la calle y les invento vidas, personalidades y anhelos. Cuando era más joven jugaba a homogeneizar a la gente, a estudiar cómo la cambiaría estéticamente para que se viera más atractiva. Como si "gente" fuera un sustantivo neutro que igualara, que te convirtiera en una masa uniforme y sin alma.



Para mis amigas siempre deseo vidas de novelas románticas, en las que encuentran a maravillosos hombres que son capaces de verlas, de descubrir sus miles de tesoros que yo veo brillar, pero que algunas de sus parejas no han llegado ni a percibir.

Yo misma, en un ataque de adolescencia, le envíe a mi exenamorado la siguiente rima de Bécquer: "¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día me admiró tu cariño mucho más, porque lo que hay en mí que vale algo, eso... ni lo pudiste sospechar". Elegí una postal con una flor para el envío y la guardé en un sobre que deposité en Correos. Yo fui la heroína de mi propia novela.

También imagino desenlaces fatales para las malas personas y justicia para los oprobios. Y me gusta vivir en ese mundo, un mundo diseñado por mí y por mi forma de ver la vida. Por eso me gustan los libros donde el malo recibe un castigo y donde el bueno tiene un final feliz. Si no existe la justicia divina, por lo menos podemos inventarla.

Me enfada que el cine haya cambiado el final de El conde de Montecristo. Me encanta que Dumas impartiera justicia a través de Dantés en sus páginas. Final feliz sí, pero justo. Mi abuela siempre me preguntaba: "¿Acaba bien la película?". Si le decía que no, no la veía. Bastante tenía ella con la realidad.

A mi abuelita le habría regalado una vida de mujer libre, que va a la universidad, que elige qué quiere hacer con su vida. El salto ha sido grande para las mujeres y para la sociedad en general. Por lo menos, en este lado del mundo.

Cada vez que paso por la plaza donde la Inquisición quemaba y torturaba a la gente, sonrío y me digo: "Sí que hemos mejorado; ya no nos gusta esa clase de espectáculo macabro". Por lo menos, a la mayoría, no. Seguimos avanzando, poco a poco. Y lo importante es seguir el camino sin echar a andar atrás. Si me dejaran a mí dibujar el futuro...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 29 de agosto de 2020

  • 29.8.20
¿Cuánto hace que no me sumerjo en hojas de papel blancas y negras llenas de historias, de vivencias ajenas, de fantasía y de realidades que superan a la ficción? El trabajo con sus lecturas para traducir no me deja tiempo para elegir yo el libro en el que perderme. Termino tan cansada, con los ojos secos de tanta pantalla, con el cuello rígido por la falta de movimiento, que no tengo ganas ningunas de coger un libro. Y es una pena porque mi vida era más feliz cuando era una ávida lectora.



Nadie podrá quitarme esos veranos en el pueblo con mi abuelo cargados de lecturas diferentes. El conde de Montecristo, La dama de las camelias, Historia de dos ciudades, Viento del este, viento del oeste... Son tantas las novelas que me han emocionado y quitado el sueño... Eran como amantes para los que se roba tiempo de donde sea, solo por pasar otro ratito con ellos.

Recuerdo las noches de lamparita y tensión leyendo Los pilares de la tierra. Intriga, injusticias, pasión, amor... esculpidos en buena prosa. ¿Y qué decir de aquella convalecencia veraniega enganchada –creo que es la palabra perfecta para mi estado– a la saga sueca de Los hombres que amaban a las mujeres?

No sabía si era de día o de noche, si el día había sido más cálido que el anterior: lo único que quería conocer era toda la trama que había unido a aquellos personajes. Terminaba uno y cogía el siguiente; el problema vino cuando los terminé todos y me quedé huérfana de un mundo en el que había vivido la última semana –no recuerdo los días en que me bebí las miles de páginas, pero fueron pocos–.

Hay libros que tal cual los termino, los comienzo de nuevo porque no quiero que me dejen, no quiero volver a lo cotidiano. Cuanto más inteligente es el autor, más me atrapan. Y he de decir que una historia simple bien contada es maravillosa, pero no te produce ese subidón que te da la enganchante intriga de una novela negra.

En busca del tiempo perdido fue una delicia pero de esas que son tan saciantes que hay que digerir poco a poco. No es un libro para leer de golpe: hay que darle su tiempo, pararte en un párrafo y oler su belleza. Tampoco puedes tener prisa con Las olas, de Virginia Woolf: te podrías saturar y no disfrutar del balanceo de su escritura.

Volveré a las recetas del doctor Gallardo y me suministraré otro libro.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 22 de agosto de 2020

  • 22.8.20
Sigo con la resaca y el problema es que la nueva embestida está al llegar. No me he podido recuperar y ellas ya están subiendo por mis pies. Este mes, Aníbal y sus hunos, con su caballería entera, han asolado mi pobre cuerpo. Venían disfrazados de hormonas invisibles que corrían como locas por mi torrente sanguíneo.



Primero decidieron acumular líquidos por doquier, haciéndome sentir como un globo pesado que no flota. Mi piel se estiró tanto que la irritabilidad hizo su aparición en forma de pensamientos oscuros cuyas olas gigantes me atraparon sin dejarme apenas respirar. Perdí territorios que creía conquistados, oasis de paz sitos en blancas montañas. El suelo se abrió y apareció un abismo. Un abismo que, por conocido, no deja de ser terrorífico.

Empujada todo el día a pensar y hacer cosas sin parar, yo pedía descanso y equilibrio, y la dictadura hormonal pedía "más madera", aunque el árbol fuese mi esencia. Es difícil nadar en aguas negras y turbias. Lo peor es que fui tan ingenua que creí que con el estandarte de la razón podría sofocar la rebelión que mi cuerpo sufría. Imposible flotar con toda esa loca fuerza convertida en maremoto. No supe ponerme a salvo, no fui capaz de ver el peligro y buscar un lugar seguro en un buen libro.

Me enfrenté a un fantasma que nadie puede controlar y fueron tantas las ahogadillas que aún no me he podido levantar. Y las noto, noto que vuelven porque el espejo me lo dice y porque el sueño se resiste a cubrirme.

¿Seré capaz esta vez de asumir que la naturaleza es así, o al menos la mía, y que no se puede enfrentar lo inevitable? La onagra suaviza los envites, pero no los hace desaparecer. Soy pequeña y débil. Reconócelo, Marta. Me gustaría ser como ese maestro budista que, para ser feliz, "abraza lo inevitable". Ojalá esta vez no trague tanta agua. Ojalá sea lo bastante fuerte para no enfrentarme, para no enfadarme porque mi cuerpo tenga su propio ritmo. Ojalá.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 15 de agosto de 2020

  • 15.8.20
Mediodía. La chicharra se desgañita anunciando otro día de cielo y sol blancos. Poco ha permanecido la pobre callada, solo cuatro horas ha podido mi casa respirar aire de fuera –decir "libre" sería mentir–. Mi cerebro calcula las horas para volver a la cama como si deseara que "este cáliz" pasara cuanto antes mejor. Horas blancas, horas vacías, casillas sin objetos que las rellenen. Otro confinamiento dentro de la burbuja del aire acondicionado.



Me desperté temprano y eché a andar para comprobar que seguía viviendo en la misma ciudad, que había gente fuera y que las paredes de mi casa no eran Finisterre. Las horas son como ese pan malo esponjoso que se estira pero no se parte: son infinitas en cada segundo.

No me gusta andar sola con mis propios pensamientos, prefiero pasear con la emoción. Elijo la música y me pongo ese vestido medio trapo de algodón que me cubre pero no me aprieta. Ese que deja que el aire envuelva mi cuerpo por sus rendijas.

Como llevo tanto tiempo sin salir de casa, no solo soy capaz de ver lo cotidiano, sino que mi mente está abierta a encontrar nuevos sitios o a descubrir algo que siempre estuvo ahí, pero que la rutina no vio. Una cabina de teléfono testigo de otra época en la que las citas eran un acto de valentía unido a una buena memoria. Se quedaba y, hasta el momento del encuentro, solo había silencio, sin WhatsApp de recuerdos. Bajar a llamar a alguien que tenía la suerte de tener un teléfono fijo, encontrar las monedas y contar las palabras para que ellas resumieran el mensaje que tus pesetas podían pagar.

Observo que solo hay gente mayor en la calle. Mujeres de pelo plateado y teñido que desayunan juntas en una terraza visitable solo a esa hora; parejas que andan desafiando las dificultades para mantener en forma un cuerpo muy vivido. Siempre que los veo quiero sentarme a conversar con ellos porque la historia de este país está en sus memorias, no en los libros.

Fiesta de palomas que desafían la distancia social. Por lo menos veinte picotean algo que no alcanzo a ver. Alguna mente cándida les habrá echado un pedazo de pan o algo de su gusto y pelean por rellenar sus barrigas antes de que la canícula haga su gran aparición.

Calles pequeñas con casas de pueblo en una ciudad que ya ha crecido y huye del estigma rural. Me hubiese gustado seguir callejeando sin rumbo, pero son las diez y el calor asfixiante muerde mis piernas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 8 de agosto de 2020

  • 8.8.20
Esta mañana me he cruzado con él. Hacía tiempo que no lo veía: desde que cerró aquella coqueta cafetería que hacía esquina y que parecía un pastelito de fresa y vainilla. Hoy iba sin su mujer, esa señora que siempre mira hacia abajo, como si pidiera perdón por existir.



La gente del barrio hablaba de ellos: "Yo creo que él es mariquita y se casó con ella por las apariencias". "Ella trabajaba en un bar de copas de esos en que las mujeres son fáciles si les pagas". Comentarios vomitivos, jueces crueles de una realidad que no se conoce. ¿Qué más da si él, en una sociedad en la que querer a una persona de tu mismo sexo era ser "un vago y maleante", llegó a un acuerdo con ella?

Ella era una mujer que, a lo mejor por sus circunstancias –unas circunstancias que tienen mucho que ver con que la mujer era incapaz legalmente para firmar un contrato–, no le quedó otra que trabajar en aquel bar a donde no debería haber entrado si la historia social hubiese sido otra.

Todo esto es elucubrar: yo solo los conozco de vista, de ir al pequeño café, de saludarlos con un "hola" lejano por la calle. He entrado en el juego de la vecindad sin darme cuenta porque yo no sé si él es homosexual o si ella trabajó en una güisquería. Yo solo sé que los veo pasear juntos y que han tenido unos hijos que han sido queridos, han estudiado y se han buscado su futuro.

¿Y qué mierda le importa a nadie cuál ha sido su vida? Pero venimos de una cultura, de una sociedad, en la que nos ponemos por encima de todos y nos creemos mejores y lo suficientemente buenos o perfectos para tirar piedras a los otros, a los que nos parecen diferentes, porque no cumplen con esa imagen de familia que las fotos ñoñas nos enseñan.

Juzgar y decirles a los demás cómo tienen que ser. Pero, ¿nos conocemos nosotros realmente? ¿Conocemos nuestros lados oscuros, llenos de miedos y debilidades? ¿Nos gustaría que alguien nos mirara como miramos al que creemos "raro"? Pena que una sociedad que ha sido educada por la religión católica no recuerde el potente mensaje del Evangelio: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". ¿Alguien está libre de algo?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 25 de julio de 2020

  • 25.7.20
"No te quejes, no es para tanto, a mí...". Hay gente que da consejos a diestro y siniestro y en su sinrazón no ven que nadie aprende en cabeza ajena y que la vida interior de cada uno es distinta. Lo que a otros le duele, a ti puede no dolerte. El miedo de otros lleno de abandono y soledad a ti no te toca porque no has vivido en la negrura espesa.



Mujeres que critican a otras por estar de baja durante el embarazo, cuando ellas no lo han notado apenas, cuando no han tenido riesgo de perder ese niño tan deseado. Hombres que señalan a otros por ser sentimentales y no ser "ordeno y mando" en su casa, sin saber que el que se pierde la ternura es el bravucón, al que en su casa no le hablaron de debilidad y emociones.

Recuerdo cómo saqué de mi vida a una persona a la que molestaba que yo dijera que me dolía la pierna. Yo tenía que aguantar el dolor terrible de una bursitis que me pinzaba el nervio ciático mientras ella empatizaba conmigo una mierda. La borré y me quedé con mi dolor y con aquellos amigos que practicaron la compasión conmigo. Esos que sin haber tenido un dolor igual al mío, fueron lo bastante sensibles como para entenderme.

A veces el universo es justo, no siempre. Y hay momentos que creo que casi nunca. Esa justicia consiste en que la gente que mira por encima a los demás, que da consejos gratuitos, sufre en sus carnes el dolor, la pérdida o las emociones que no fueron capaces de entender o, por lo menos, de respetar. Y es ahí donde se acuerdan de su propio egoísmo.

No es desear mal a nadie querer que la gente sea más humana y menos mecánica. Dentro de nosotros viven muchas emociones, sensaciones y sentimientos que son de muchos colores y cambiantes. Nadie sabe cómo son. A veces, ni nosotros mismos los conocemos o reconocemos. En este camino de aprendizaje que es la vida he descubierto que no siempre un rostro eternamente sonriente esconde un corazón feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 18 de julio de 2020

  • 18.7.20
Es una pena que no se elijan los alcaldes por su amor al municipio, por su visión estética y por su buena cabeza para gestionar el dinero público. Solo tienes que darte un paseo por las calles y ver el estado de los edificios, del asfalto, de las plazas, de las plantas para saber si él o la que gobierna en el pueblo o en la ciudad quiere a esa tierra. Sin olvidar servicios públicos tales como instalaciones deportivas, de salud, educativas...



No sé quién está ahora en el Ayuntamiento de Calatayud o quién ha estado antes, pero este pueblo grande –o, mejor dicho, ciudad– con estación de AVE, una huerta riquísima y famosa por la copla de "La Dolores", está dejado de la mano de Dios: el centro histórico ha sido abandonado, edificios que se caen y, lo peor, otros que ya no existen por derrumbe. Iglesias invisitables llenas de arte mudéjar, joyas abandonas, historia hecha cenizas...

Este verano me he decidido por hacer un poco de turismo interior con mi chico. Es una forma de conocer nuestro país y nuestros escasos ahorros lo pueden soportar. Y es triste ver una ciudad abandonada. Alguien tuvo la feliz idea de construir la estación de tren lejos del centro –igual que en Cuenca–, lo que ha hecho que surjan construcciones en torno a esta infraestructura, priorizando la especulación a la rehabilitación.

Hablas en la calle con la gente y te dicen que la juventud se va, que no hay salida aquí. La calle principal, la Rúa, está llena de establecimientos cerrados que no pueden vender a turistas que no llegan porque las ruinas, salvo que sean romanas, no atraen.

Imagino un pueblo cuidado, lleno de calles bonitas y muchos jóvenes organizando visitas guiadas que cuentan la historia de este pueblo aragonés, que nos hablen de leyendas de moros y cristianos, que nos muestren la mezcla que dejó recuerdo en el arte, en esas iglesias y edificios preciosos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 4 de julio de 2020

  • 4.7.20
Estoy contenta y agradecida porque Margarita, mi compañera del internado, me mande cada vez más textos para traducir. Me estoy planteando estudiar alemán y sumarlo al español, inglés, francés e italiano que ya domino. Sigo dándole clases a Julia, ahora también de Francés porque su colegio se ha convertido en bilingüe y sus padres no saben una palabra del idioma galo.



Me gusta y me distrae mucho ver cómo las expresiones en estos idiomas son tan distintas, a pesar de venir del latín. Mismos antepasados, pero evolución distinta. Yo siempre estuve feliz porque los hispanohablantes hayamos preservado tanto nuestra lengua de invasiones extranjeras. Me refiero básicamente a la invasión inglesa.

Partiendo de la base de que nuestra lengua es una amalgama resultado de las tantas influencias que hemos tenido en esta piel de toro, lo cierto es que España ha sido un país atractivo para muchos pueblos y, sin embargo, hemos resistido bien la colonización lingüística inglesa.

Franceses e italianos llevan años utilizando expresiones anglosajonas tipo "il weekend" en Italia o "le weekend" en Francia. A nosotros, sin embargo, aún nos queda nuestro fin de semana, si bien es cierto que tratamos de resumirlo en un "finde". La evolución natural de las lenguas es la de economizar, la de acortar las palabras, pero no es cambiar una palabra autóctona por otra de fuera que viene impuesta por unos medios que, para ser modernos, utilizan el inglés.

¿Qué opinaría Cervantes? Tenemos un idioma con un vocabulario vastísimo, rico, florido que no necesita de nada, ni de nadie. Cuando estamos mal, decimos "me duele". Me duele a mí, lo siento yo. En francés dicen que tienen un mal en el sitio del cuerpo donde siente el dolor. A mí me parece como algo externo, que estuviera en la superficie, sin penetrar. Los ingleses tienen un dolor. Nosotros no tenemos un dolor o un mal: sentimos dentro el sufrimiento.

"¿Cómo amaneció?", me decían las niñas del orfanato de Tegucigalpa. ¿Hay una manera más bonita de preguntar cómo estás y cómo has pasado la noche? Y ese "te extraño" mejicano... Nuestros hermanos de América son más poetas hablando, siguen con su maravilloso castellano antiguo que permite que dos niños se hablen de "vos" sin distanciarse.

Y ahora veo a la gente joven con sus "followers" y no sus seguidores; gente que te sigue porque le gusta lo que propones. O "influencers", esa palabra inventada para comprimir las tendencias que marca una persona en redes sociales. Pues no: es una persona influyente y punto. Aunque en algunas ocasiones no tengan de qué presumir...

Defendamos nuestro idioma y nuestra cultura, coño. Eso es lo que me dan ganas de gritar por la ventana. Y ahora me voy a hacer un salmorejo con un falmenquín y me dejo de tonterías y de hamburguesas...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 27 de junio de 2020

  • 27.6.20
En nuestro país siempre se dice que "quien no tiene padrino no se bautiza". Y es una triste realidad. Las puertas están cerradas sin que nadie te ofrezca la posibilidad de mostrarte, de enseñar tus capacidades y tus ganas de trabajar.



Después de que mi padre cayera en desgracia, no tengo puertas a las que llamar. Así que aquí estoy, sola ante el peligro: el peligro de la exclusión social. Quizás debería haber dedicado más tiempo a trabajos importantes y menos a esos que no aparecen en la vida laboral, pero he hecho lo que he podido. Solo aparecen los años trabajados en la biblioteca privada del amigo de mi padre.

Tengo dos opciones: tirarme al suelo, llorar y esperar a que algo me caiga del cielo o coger una libreta y un bolígrafo y hacer una de esas listas que tanto me gustan con lo que sé hacer.

De todas formas, puedo respirar un poco mejor porque mi prima me buscado a una pareja para poder alquilar mi piso. Los dos trabajan y espero que ese dinero me permita cubrir mis gastos básicos: alquiler, luz, agua, internet... Si sobra algo para la comida, genial, pero he de moverme rápido y encontrar un trabajo que me permita si no vivir, sí al menos sobrevivir.

He estado pensando que estaría bien trabajar desde casa, con un ordenador, sin atascos y sin prisas. Me he puesto en contacto con una amiga del internado francés, que ahora tiene una pequeña empresa de traducción y me he ofrecido con mis cuatro idiomas y mi capacidad para redactar.

Ella aún se acuerda de mis relatos y cuentos. Sería genial poder traducir sobre todo obras literarias de otros países, ser una pequeña Borges. Aunque en este momento me conformo con que me paguen por llevar a mi idioma cualquier artículo o contrato. Tengo que tener los pies en la tierra.

Me ha contestado que no tiene mucho trabajo, pero que cuenta conmigo, que me irá dando pequeños encargos y ya veremos... Espero que ella sea mi madrina, mi hada madrina en este mundo laboral tan feroz. Y ahora me voy a darle clase de Análisis Sintáctico a mi vecinita Julia. Ella distingue el sujeto y el predicado y yo puedo comprar comida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 20 de junio de 2020

  • 20.6.20
Me he despertado esta mañana y me he visto reflejada en el espejo de mi cuarto, como si yo no fuera yo, como si la que mira desde dentro del espejo sea otra que me juzga y me abofetea con mi situación real. "Marta, tienes ya 32 años y ninguna estabilidad laboral", me dice mientras me recuerda que no he aprobado las oposiciones a la Biblioteca Nacional y que se aleja mi sueño de verme rodeada de libros antiguos llenos de vida e historias.



El piso que heredé de mis abuelos no lo tengo alquilado y mis ingresos se reducen a dar clases a los hijos de mis vecinos. No puedo trabajar de camarera porque la situación está difícil y solo tengo en mi haber un título de licenciada en Biblioteconomía. ¿Vuelvo a mi antigua ciudad y vivo en mi piso renunciando a la gran urbe y a la cercanía de mi amor? "Maldito parné", por su culpita, mi independencia se ve atacada y mi vida pende de un hilo.

Mi madre murió hace tiempo víctima de una educación elitista –solo la enseñaron a ser un adorno– y mi padre aún sigue con sus problemas financieros. La verdad es que nunca he podido contar con ellos. Yo fui el fruto único de una ansia por perpetuar la especie, por dejar un apellido sin más cariño, ni cuidado. Los internados fueron mis casas oscuras y mi única familia fueron mi abuela y mi prima. Con el tiempo he ampliado la familia con amigos de verdad. Es una familia elegida y no impuesta por la naturaleza.

Tengo qué pensar qué hacer con mi vida. Hablo cuatro idiomas, soy luchadora y trabajadora. Algo conseguiré. Eso es lo que le digo a la desconfiada del espejo. Me tengo que mover: el título universitario y la buen formación no dan de comer, ni pagan el alquiler.

Fantaseo con qué podría hacer: profesora de Secundaria, secretaria de un embajador, traductora en algún organismo internacional... Luego caigo de golpe a la realidad que me circunda y no me queda otra que echar currículum hasta que dé con la puerta adecuada. "Algo saldrá, Marta". Ese es mi mantra desde la mañana hasta la noche.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 13 de junio de 2020

  • 13.6.20
El ser humano tiene una capacidad de adaptación grande, pero solo somos conscientes de ello en los malos momentos. Nos quieren vender desde la publicidad una vida irreal donde no hay dolor, ni sufrimiento: todo es pasarlo bien y sonreír siempre. Pero esa no es la realidad.



La realidad es agridulce, es caleidoscópica, cambiante y llena de montañas y valles. Lo bueno es que no siempre estamos en el mismo sitio. A veces, por negro que parezca el lugar, al final se sale. Es una verdad que tenemos que repetírnosla.

Ya van varios meses que no he podido dormir pegada a él como un koala, que no he podido pasear de su mano, que no me ha despertado con miles de besos y un desayuno de cuento. Lo que nos ha salvado es vivir el día a día, sin ver ningún horizonte temporal, sin frustrarnos por lo que no tenemos.

Ha habido días en los que he querido coger un tren o una escoba mágica e ir a verlo para que me abrazara, para que me dijera: "Todo va a ir bien". Echaba de menos su olor y su calor, su ternura de hombre con carácter. Cuando me venía abajo, él me ha dado siempre abrazos virtuales y, al grito de "ya nos queda menos", nos hemos dormido en la cercanía que da la esperanza.

Cuento los días para verlo, para abrazarlo, para disfrutar de esas pequeñas disputas sobre qué ver en la tele o si vamos a un centro comercial o no. La distancia me ha hecho valorar las pequeñas cosas. He descubierto que no se necesita tanto para vivir bien.

He visto la realidad sin ansiedad por tener y es tranquilizadora. Días buenos y días malos, ánimo alto, ánimo bajo. Ser un ser cambiante como lo somos todos los seres que habitamos este planeta. Cambia el tiempo, cambia el mar, la luna, el calor del sol...

La soledad me ha ayudado a entenderme, a entrar dentro y no verme siempre desde fuera. A ser compasiva con mis emociones. A descubrir y aceptar que mi vida no es plana; que mi cuerpo cambia, que el hambre de hoy no es el hambre de mañana.

Mi realidad actual es que me queda menos para disfrutar de mi novio. Y también forma parte de esa realidad no mirar el calendario, no querer que los días vuelen porque, si no, me pierdo el hoy. Ayer dimos un paseo juntos por calles estrechas llenas de historia. Nos contamos miles de cosas mientras él me hablaba al oído y yo lo guiaba en una noche fresquita de primavera.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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