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Mostrando entradas con la etiqueta Mirando lo invisible [Jes Jiménez]. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 17 de junio de 2020

  • 17.6.20
Las piedras están tan asociadas a la cultura que los dos más largos periodos de la historia de la humanidad son designados en función de las tecnologías líticas de cada periodo: Paleo-lítico y Neo-lítico. Nada menos que hace 500.000 años ya se utilizaban lascas de piedra por nuestros primeros antecesores.



Los homínidos y las piedras han mantenido una relación intensa incluso antes de la existencia de nuestra especie: el homo sapiens. Probablemente la piedra ha tenido una importancia trascendental como herramienta en el proceso de hominización. Desde aquellos primeros chopper paleolíticos hasta la modesta sílice imprescindible para la informática y la digitalización, las piedras han sido útiles para escarbar, cortar, golpear; las grandes rocas y sus oquedades han servido como protección contra las inclemencias climáticas o contra las fieras (humanas o inhumanas) y las grandes montañas se han erigido en referencia espacial singular y en soporte de creencias e intensas vivencias espirituales.

Los seres humanos han prestado especial atención a las piedras con características especiales de color, de transparencia, de textura, de dureza (o blandura), de brillo, capacidad para hacer fuego u otras. Estas piedras pueden ser utilizadas como adornos o pueden coleccionarse.

Otras piedras pueden tener un uso instrumental para el trabajo recolector o para la caza: lascas, hachas, raederas, son útiles y por la importancia de su utilidad pueden adquirir un valor simbólico, valor que puede subrayarse y enriquecerse cuando se le añaden incisiones o pinturas decorativas.



Y, además, hay piedras pequeñas o grandes, incluso montañas que pueden sugerir por su forma, la figura de animales, personas o plantas, y entonces adquieren un especial valor ya que “representan” a otros objetos, o a propiedades singulares de los mismos.

Con diversos nombres –piedras para ver, piedras artísticas, piedras objeto…– las piedras singulares han sido apreciadas, coleccionadas, admiradas, incluso veneradas. Posiblemente ya los Neandertales coleccionaban conchas y piedras singulares. Y los homo sapiens supieron encontrar (quizás porque lo buscaron) ciervos y bisontes en los resaltes de las paredes de la caverna.

Los (o las) suiseki japoneses son piedras encontradas en la naturaleza y que son susceptibles de sugerir paisajes (montañas, islas, costas, cascadas, lagunas, grutas), objetos (casas, puentes, barcas), personas, animales (tortugas, pájaros, ranas) y/o sentimientos concretos.

En la China de la dinastía Han (hace más de 2200 años) algunos hombres sabios ya utilizaron grandes piedras-paisaje en sus jardines; su objetivo no era simplemente decorativo, estas piedras representaban en miniatura las islas de los inmortales (Penglai).

Gongshi in Wenmiao temple, ShanghaiEl arte del bonsái surgió como necesario complemento de las piedras paisaje para la creación de Penjing, verdaderos paisajes en miniatura. El siguiente paso fue seleccionar piedras más pequeñas (gongshi) adecuadas para su uso en el interior de las viviendas, donde eran contempladas y utilizadas como soporte para la meditación.

Las antiguas civilizaciones coreanas de Kokuria y Baekje importaron de China, junto con el taoísmo, las gongshi, hace unos 2100 años. Allí se conocen con el nombre de Suseok. “Su” significa “longevidad” y “seok” significa “piedra”, por lo tanto, suseok significa piedra de larga vida o, menos literalmente, “piedra con forma inmutable”.

Se exhiben bien en soportes especiales de cerámica llenos de arena o agua (suban), o bien en soportes de madera cuidadosamente tallada (daiza). A diferencia de los suiseki japoneses, los suseok coreanos no admiten ningún tipo de modificación sobre la piedra original. Un auténtico suiseki japonés debe haber sido formado exclusivamente por fuerzas de la Naturaleza, pero se admite algún tipo de intervención mínima que ayude a distinguir algunos detalles.

Hace unos 1400 años llegaron a Japón los primeros Penjing y gongshi desde la corte imperial china. Estas piedras verticales, que representaban las impresionantes montañas y acantilados de China, se hicieron populares entre la aristocracia japonesa durante cientos de años.

En Japón se desarrolló un arte singular denominado suiseki –literalmente, “piedra” (seki) y “agua” (sui)–. Probablemente, este nombre tiene que ver con la filosofía china del yin-yang. Para los creyentes en el yin-yang (in-yo en japonés), una piedra con un paisaje en miniatura sobre el agua simbolizaba las dos fuerzas universales del universo: la piedra representaba las características yang (dureza, solidez, lo implacable, lo seco, lo caliente, lo brillante, lo fuerte, el carácter, y lo penetrante), mientras que el agua representaba las características yin (lo suave, el vacío, lo que cede, lo húmedo, lo frío, lo oscuro, lo misterioso, lo débil, lo pasivo, lo delicado, lo sensible y lo receptivo).

Suseok Pintura que representa a un sabio frente a un suseok by Hô Ryôn, 1885 Para los sintoístas, las piedras especialmente configuradas por la naturaleza (así como otros elementos, como el sol, la luna o los árboles singulares) eran la morada de dioses o poderosas fuerzas espirituales (kami). Para los taoístas, las piedras simbolizaban el Paraíso (Horai).

Y para los budistas, las piedras simbolizaban el Monte Shumi, una mítica montaña sagrada que se creía situada en el centro del mundo. Con la influencia del budismo Zen, el suiseki más apreciado era el más sutil frente al más obvio en su figuración, en consonancia con las enseñanzas del budismo respecto a la austeridad y la meditación.

El suiseki clásico se caracteriza por tres propiedades básicas: la expresividad es esencial para distinguir el suiseki de calidad y se materializa en su capacidad de evocación, ya sea de una escena, de animales, etcétera. El color, que por una parte sugiere la luminosidad de los objetos representados y, por otra, puede ser portador de un valor simbólico. El equilibrio generado por la relación dinámica y armoniosa entre sus componentes opuestos y/o complementarios: cóncavo/convexo, textura suave /áspera, amplitud/estrechez, claridad/oscuridad, etcétera.

Existe una cuarta característica, el yugen, importante concepto de la estética japonesa aplicado inicialmente a la poesía waka y, más tarde, al teatro Noh por su fundador, Zeami Motokiyo, que usaba imágenes de la naturaleza como una metáfora constante y el yugen subraya el sentido misterioso y profundo de la belleza del universo.

La clasificación de suiseki se hace en función de diversas pautas: por su aspecto formal, por su color, por su origen geográfico. En cuanto a su interpretación está en gran parte determinada (o ayudada) por la palabra, por el nombre con que se designa el suiseki.

El recolector o coleccionista intenta traducir a palabras su percepción del suiseki que, evidentemente, no es una percepción verbal. De esta manera, el nombre dado al suiseki contribuye a concretar lo que vemos en la piedra, a simplificar la compleja experiencia no solo visual, sino también táctil y espiritual que supone la relación profunda con el suiseki.

JES JIMÉNEZ

miércoles, 3 de junio de 2020

  • 3.6.20
“En los espejos ruedan globos de fuego”
Jean Paul Sartre: La náusea.

El actual confinamiento me ha recordado una experiencia de relativo aislamiento que tuve hace unos años. Me encontraba en una zona rural, casi selvática, de un país tropical y era bastante difícil el acceso a todas esas cosas que nos hacen la vida más cómoda en nuestras sociedades “civilizadas”. Curiosamente, lo que más echaba de menos, a pesar de carencias bastante más importantes a primera vista, era un espejo que me permitiera recuperar mi propia imagen de vez en cuando.



Años después, visitando el magnífico museo egipcio en El Cairo, ya no me sorprendió que, entre los objetos más antiguos de los primeros atisbos de civilización, aparecieran algunos espejos. Por su cuidada elaboración se notaba que eran objetos muy apreciados.

Quizás los primeros espejos conocidos son los aparecidos en las ruinas de Çatal Hüyük, un asentamiento urbano de hace 9.000 años en la península de Anatolia. Están hechos de obsidiana pulimentada, que se obtenía de un cercano volcán. Este origen otorga un carácter mágico a los espejos y herramientas hechas con el producto de las entrañas de la Tierra madre; asociados al fuego y al inframundo subterráneo.

Una cierta reminiscencia de esta capacidad del espejo como ventana a las oscuras profundidades donde habitan los dioses telúricos se encuentra en la práctica de las sacerdotisas de Deméter, que hacían oráculos a los enfermos con la ayuda de un espejo que introducían con una cuerda en un pozo.

En las culturas mesoamericanas se hacían espejos de obsidiana, de pirita y de hematites. Algunos tenían un carácter ritual y formaban parte de la indumentaria de los guerreros de alto rango. Su fabricación y comercio estaban firmemente establecidos, como puede deducirse de lo que nos cuenta Bernardino de Sahagún en su Historia general de la Nueva España:

El que vende espejos es de los lapidarios, porque también corta sotilmente piedra del espejo y las raspa con el instrumento que llaman teuxalli; y la asierra con un betún hecho de estiércol de murciélagos, y púlelos en unas caixas maciças que se llaman quetzalntatl”.

También entre los aztecas se pueden encontrar valores mágicos asociados a los espejos. Hay varios relatos sobre ocho presagios o señales de la inminente aniquilación de su cultura. El séptimo de ellos nos cuenta cómo Moctezuma vio, con gran espanto, en un espejo situado en la cabeza de una extraña ave “grande número de gentes, que venían marchando desparcidas y en de mucha ordenanza, muy aderezados y a guisa de guerra”.



Ese espejo permitió ver, más exactamente prever, un futuro próximo en el que las tropas dirigidas por Hernán Cortés acabarían con su gobierno y su realidad social tal y como había sido hasta entonces. Sí los poderes mágicos del espejo permiten mirar hacia un futuro invisible, también pueden hacer un viaje al también invisible mundo de los espíritus y los dioses. De hecho, los espejos de cobre de los chamanes siberianos eran esenciales para “ver el mundo”, tan esenciales que sin su auxilio es imposible su “viaje” al reino de las sombras.

Espejos de obsidiana, de cobre o de bronce aparecen con significados esotéricos en las antiguas culturas de la milenaria China o de la Grecia homérica, en la Roma imperial... Más agresivos son los fantásticos espejos incendiarios de Arquímedes, capaces de destruir las naves romanas, aunque solo fuera en la imaginación de Luciano de Samosata y de muchos otros que repitieron la “fake new”. Hay soportes más sutiles para las imágenes especulares, como el aire, que en las condiciones apropiadas produce espejismos de diversa índole.

Los espejos tienen también una función mucho más utilitaria, en cuanto que permiten ampliar el espacio aparente, más allá de la pared en la que están colocados. Una de las características definitorias de los grandes cafés del siglo XIX son los abundantes espejos que llenan las paredes y multiplican los espacios y los reflejos. Paradójicamente, esta multiplicidad de imágenes genera un ambiente perfectamente singular y envolvente que, de alguna manera, nos abstrae de la lineal cotidianeidad.

Aprovechando esta capacidad, el arte pictórico (también el cine) ha utilizado los espejos como instrumento eficaz para ampliar lo representado más allá de los límites del marco, lo que no podríamos ver de otra manera.

Paradójicamente, en las Venus del espejo (de Rubens, de Tiziano y en la de Velázquez) lo que vemos en el espejo es únicamente la cara de Venus y fuera del espejo vemos lo que normalmente aparece escondido a la vista: la erótica desnudez de Venus.

El cordobés Romero de Torres da una vuelta de tuerca a este motivo en una obra con una composición que, en parte, imita la versión de Velázquez, pero que añade unos siniestros personajes y un contexto que parece sugerir que la bella protagonista del cuadro no es la mítica Venus; el título del cuadro, El pecado, parece confirmar cual es la intención simbólica del autor [segunda imagen que ilustra estas líneas].

En la pintura flamenca encontramos ejemplos magníficos de la presencia de espejos en la imagen como, por ejemplo, en el tríptico Werl de Robert Campin [tercera imagen de este artículo]. Lo que aparece dentro de esos espejos se ve modificado, distorsionado, dentro de una atmósfera más propia de los sueños que de la realidad; son como atisbos a otro mundo paralelo tras de la superficie del espejo, a una parte de la realidad más allá del alcance de la ventana a otro mundo que es el cuadro.



Hay espejos que nos devuelven las imágenes secretas del universo o que son la puerta que separa o abre a ese otro mundo de la Alicia de Lewis Carroll o al surrealista y líquido de Jean Cocteau en La sangre de un poeta (1930):

“El poeta: No se entra en los espejos. La estatua: Inténtalo, inténtalo siempre”.

JES JIMÉNEZ

miércoles, 20 de mayo de 2020

  • 20.5.20
“Todos nuestros doctores más sabios y entendidos están de acuerdo al afirmar que las cosas visibles son imágenes verídicas de las cosas invisibles…”. Nicolás de Cusa (1449: Apologia doctae ignorantiae).



Una escultura, una pintura, un dibujo, una fotografía, la imagen televisiva o la imagen de un videojuego son ejemplos de diversos tipos de imágenes. ¿Qué es lo que tienen en común? Son una forma de comunicación, de transmitir información, de expresar sentimientos o ideas, de representar la realidad o, mejor dicho, de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

Las imágenes que nos acompañan cada día, y ahora más que nunca en el confinamiento de nuestros hogares, hacen visible lo invisible, nos muestran lo que no podemos ver por nosotros mismos. Nos acercan las vistas de ciudades vacías y de hospitales llenos. Y desde los televisores nos permiten compartir ficciones de otras guerras y otros amores.

Las imágenes pueden tener una función más utilitaria haciendo visible aquellas informaciones que expresadas con palabras no resultan suficientemente claras. Un mapa nos muestra de un vistazo lo que difícilmente podríamos contar verbalmente, un gráfico nos permite apreciar la evolución de un proceso, una partitura musical registra los sonidos que la componen, …

Las imágenes también nos permiten escudriñar otras esquinas de la realidad, incluso aquellas más lejanas e inaccesibles a nuestra percepción natural. Podemos ver la imagen microscópica del virus o las de estrellas y agujeros negros.

Todo lo que miramos es fuente de nuestros recuerdos posteriores, pero también de nuestros sueños y fantasías. Las imágenes vistas se transforman en los intrincados laberintos de nuestro cerebro en extraños personajes que habitan ciudades y paisajes que escapan a las leyes de la física y de la biología: fantasmas y unicornios, edificios espléndidos o terroríficos.

La alquimia de la imaginación construye con los ladrillos de la realidad natural el camino a lo “sobrenatural”, lo que está más allá de nuestra ascética realidad circundante. Los sueños, soñados mientras dormimos o ensoñados en la vigilia, nos permiten mirar lo invisible, vislumbrar lo que sólo existe en el interior de nuestras conciencias.

Hay otro tipo de imágenes que también solamente son visibles para el que las ve: las alucinaciones producidas por cualquier alteración del funcionamiento del cerebro, desde los leves déjà vu o las auras de algunas migrañas a los desdoblamientos de personalidad esquizofrénicos o los viajes del chamán bajo el efecto de sustancias psicoactivas. Pero en estos casos el sujeto no las considera como fruto de su conciencia subjetiva sino como realmente percibidas.

Se abre una brecha sobre la certeza que creíamos tener sobre la nítida frontera entre las imágenes que percibimos (objetivas) y las que imaginamos (mentales, subjetivas). Y parece que esa brecha es de ida y vuelta y, frecuentemente, proyectamos sobre la realidad, las fantasías imaginadas a las que damos carta de naturaleza y como dice Benina, un personaje de Pérez Galdós en Misericordia: “También te digo que suceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan por el aire los que llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas verdaderas de otro mundo, que se viene a este…”.

De aquí no hay más que un paso a utilizar las imágenes para hacer visibles las fuerzas o seres sobrenaturales que escapan a nuestra percepción natural. Y lo que es más interesante, al plasmar materialmente a los dioses en piedra o madera no solo les damos una forma visual, sino que de alguna manera lo que únicamente podía tener una existencia subjetiva en nuestras mentes, adquiere una cierta objetividad. Hacemos visible para los demás, lo que hasta entonces era invisible.

Las imágenes representan retazos de nuestra experiencia visual, hacen visibles nuestras ideas acerca de la realidad y los símbolos de aquellas vivencias sagradas que no pueden experimentarse visualmente. Las imágenes reflejan la realidad y la construyen, entendiendo por realidad ese conjunto de objetos, acciones, concepciones, creencias y sentimientos propios de cada cultura humana.

El contenido de las imágenes siempre se refiere a esa realidad pasada por el tamiz de la conciencia subjetiva que la transforma y la enriquece. Las imágenes son una forma de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

En cuanto a la forma en que las recibimos, las imágenes pueden gustarnos más o menos, pueden asociarse a objetos reales, pueden recordar algo. Representan cosas, hechos históricos, personajes célebres, dioses y también sentimientos e ideas abstractas. Es importante su contenido y, no menos importante, su capacidad expresiva, sus valores estéticos.

Pueden ser una fuente de placer y de diversión, tanto por el contenido representado como por los valores estéticos de la forma de representación. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y es agradable que los artistas lo reflejen en sus obras. Probablemente lo primero que nos atrae y en lo primero que nos fijamos de una persona del sexo opuesto es su apariencia física, su “imagen”. También le damos mucha importancia a la imagen personal en las relaciones sociales.

Las expresiones artísticas y el interés por el aspecto estético de los objetos parecen haber existido siempre y en todas las sociedades humanas. Así que esta amplia presencia de lo “bello” debe estar relacionada con una importante funcionalidad social, e incluso biológica. Ver paisajes bellos, ver cosas bellas, poseer cosas bellas, producir cosas bellas, produce una importante satisfacción que es, fundamentalmente, de carácter emocional.

Pero lo más importante es que las emociones generadas por las imágenes inciden en creencias y comportamientos, ya que como dice Manuel Castells, la forma en que sentimos estructura la forma en que pensamos y como consecuencia la forma en que actuamos. Y las imágenes pueden ser (y generalmente lo son) muy eficaces en la creación de opiniones y valores sociales y por lo tanto tienen una gran capacidad para mover a la acción.

JES JIMÉNEZ

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