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jueves, 23 de septiembre de 2021

  • 23.9.21
De un tiempo a esta parte, el odio se ha aposentado entre nosotros de forma abierta y descarada. Es verdad que estamos pasando por el desierto de la pandemia que ha conseguido, además de limitarnos social y económicamente, enfrentarnos más de lo que estábamos por aquello de que "yo soy yo y a los demás, que les den".


Después de partirnos la cara en un enfrentamiento político-criminal, conseguimos –o, mejor, nos avenimos– a un convivir menos belicoso. Digamos que nos obligaron. Poco a poco fueron pasando los años y parecía que el deseo de vivir amainaba el olvido y con dicho deseo de subsistir crecía una cierta ¿paz? ¿Tranquilidad?...

Los más viejos, hijos de aquellos años luctuosos (“tristes, a veces fúnebres y dignos de llanto”), intentamos alcanzar una vida menos incómoda, menos mísera tanto para nosotros como para nuestros descendientes y para los hijos de nuestros hijos. El mantra (“literalmente, pensamiento”) que nos transmitían a unos y a otros era “estudia para que puedas ser alguien en la vida”.

Nuestros hijos, esa generación que ya superó los cuarenta, aceptó y transmitió la tácita consigna de prosperar, de vivir mejor que sus padres. Y hubo un tiempo en el que había cierta tranquilidad bullanguera, hasta que entre crisis económico-laborales y descolocados gobiernos entrados en la incompetencia, el sendero fue estrechándose y cada día aparecían más piedras en el camino.

La “multi España” saltó al escenario y, con ella, otras lacras –dicen que “de origen incierto”, aunque creo que no–, las cuales van dejando “secuelas o señales de una enfermedad o achaque” acompañada por “un vicio físico o moral que marca a quienes lo tienen”. En este caso, parece que han aflorado corrientes depravadas que da la impresión que han confundido el camino.

A todo lo anterior y para complicar aún más la situación, el virus vomita lava que aniquila a personas viejas y no tan viejas, saquea la economía como no podía ser de otra forma, y descoloca el diario vivir de los humanos. Por si no hay bastante, parió el volcán…

El virus vomita el magma que acumula el sustrato social arrastrando lava convertida en odio destructor que serpentea por las laderas de un país de por sí bastante tocado, tanto en lo social como en lo político y al que hay que añadir un personal joven que, en los últimos tiempos de este desierto, se embotellona. ¿Por qué?

¿Con todas las consecuencias? No, con dos cojones. Posiblemente solo alimentado por el deseo de “vivir a tope y deprisa” por lo que pueda ocurrir mañana. ¿Se pretende lacrar, es decir “dañar la salud de alguien, contagiándole una enfermedad”? No creo: solo se pretende vivir (aunque ello pueda lacrar, es decir, “dañar o perjudicar a alguien en sus intereses”).

¿Pretendemos resucitar viejos errores? Espero y supongo que no, al menos por parte de la mayoría del personal que no estando politizado se une a la fiesta por aquello de ir a donde va Vicente, es decir, a donde va la gente.

Nos guste o no, somos seres sociales que necesitamos de los demás, aunque a veces parezca lo contrario. A través del intercambio y de las relaciones interpersonales, los humanos nos enriquecemos. El diálogo y la escucha activa son armas valiosas para luchar contra la indiferencia, contra cualquier muro que nos separe. En estos momentos el odio es una vil empalizada donde masacramos a nuestros iguales. Las personas con actitudes extremistas, parece que tienden a ver y a pensar el mundo en términos de blanco y negro.

Dicho murallón solo puede derribarse si somos capaces de abrirnos a lo que nos puedan transmitir los demás. No olvidemos que el diálogo es un valor propio de personas maduras que quieren crecer, que no viven deseando el mal ajeno. Transmitir odio es manifestar un sentimiento negativo que desea el mal por el mal y se escurre por otras laderas que solo traen consigo nuevos incentivos para odiar.

Decía líneas más arriba que no solemos desear el mal de los otros. Matizo porque dicha afirmación no siempre es verdad. En nuestro mundo actual, vomitar “injurias, dicterios, maldiciones” en las redes contra las personas se ha convertido en el deporte nacional. ¿O debo decir estatal por aquello de las confederadas multi Españas? ¡Ojo al tropezón!

Quienes hicieron y sufrieron aquellos nefastos años ya están casi todos muertos; los que vinimos detrás parece que una losa de silencio “impuesta tácitamente” por los mayores hizo borrarla de nuestros registros; y los más jóvenes ni tan siquiera saben nada de ello. La esperanza colectiva quería soltar amarras para seguir hacia horizontes abiertos al mundo.

El criterio asumido era rebasar de una vez por todas ese manido “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, expresión cargada de egoísmo aunque, en el mejor de los casos, se pueda aceptar como muestra de autosuficiencia. Es cierto que dicho refrán encierra un pensamiento moral que ratifica la postura de quien lo dice o a quien se le aplica.

El odio va ganando espacio a pasos de gigante y se extiende como mancha de aceite en el terreno político, rebotando a la vida diaria. Un odio que no tiene color político, puesto que es tanto de izquierdas como de derechas; un odio que parece querer destruir una sociedad que habíamos creado con un esfuerzo ímprobo, donde se suponía que cabíamos todos. Un odio que nos llevó a un enfrentamiento “incivil” que ¿pretendemos resucitar?

Los últimos meses han sido ricos y fructíferos en “dimes y diretes”, en comentarios y cotilleos mordaces, hirientes contra personas, en circunstancias en muchos de los casos sin fundamento, por el placer de herir. Usamos las redes porque, como es obvio, permiten el anonimato al no dar la cara. ¡Viva la valentía!

Hemos saltado a enfrentamientos directos. Sobre todo contra esas personas con las cuales no comulgo políticamente. ¿Cuánta malquerencia hemos babeado en los últimos meses (años) deseando lo peor de lo peor a esos prójimos cuyo ideario no me gusta? Y esto solo acaba de empezar, aunque viene de lejos y solo hemos resucitado una mínima parte del problema. ¿Pesimismo? Es posible.

Ahora el frente se agranda con la homofobia hasta el extremo de que hay “gentuza” que sale de cacería porque odia (¿o se divierte?) maltratando a homosexuales e incluso gritan a voz en pecho "¡mátalo, mátalo!"... Se acrecienta el odio y el acoso contra los llamados “menas” (menores extranjeros no acompañados).

Insultamos con asombrosa facilidad; injuriamos a “cara de perro” de forma dura y cruda porque el anonimato, terreno fangoso para valientes adalides de lengua bífida, permite bombardear al contrario. Y seguimos machacando a quien sea con nuestras sabias opiniones y contundentes acciones. Podríamos seguir…

Por desgracia para todos, aquí no hay buenos o malos. Hay personas con sentido común o eunucos mentales (castrados, capados). Necios ocultos tras el burladero de la cómoda guarida que les permite escupir contra vivos y muertos, niños y mayores, inocentes y culpables y, en caso de no ser culpables, los juicios paralelos conseguirán que lo sean.

Creo en la convivencia que no siempre es un jardín de rosas, pero que tiene más ventajas que inconvenientes. Que nos necesitamos unos a otros porque, como seres sociales, vivimos en compañía. Si olvidamos estas premisas hay que recordar el refrán que deja claro aquello de “arrieros somos y en el caminos nos veremos”.

“La noticia de que el salvaje ataque homófobo en Madrid no era tal ha puesto patas arriba la batalla partidista desatada a su alrededor. La izquierda instrumentalizó la supuesta agresión para atacar a la derecha, pero se le ha vuelto en contra. La falsa denuncia y el oportunismo político empantanan la lucha contra la homofobia”. Cierro estas líneas con una incómoda interrogante: ¿Por qué ha crecido la homofobia? “Los derroteros del mundo han hecho que haya crecido la intolerancia”. Mal camino.

PEPE CANTILLO

jueves, 9 de septiembre de 2021

  • 9.9.21
Pensar que es posible apreciar y defender valores universales no es creer en ideas extramentales o artilugios de brujería. Pero sí es creer en la dignidad de la persona, en el valor máximo del ser humano. Eso sí que debe estar por encima de cualquier otra realidad. La dignidad de la persona se fundamenta sobre valores calificados como "universales". Valoramos (debemos) la libertad, la justicia, la igualdad, el respeto, la tolerancia y un largo etcétera.


Kant decía que todos los seres humanos tenemos dignidad, tenemos valor y no precio; somos fines y no meramente medios, es decir, no somos cosas que se pueden usar y tirar a nuestro antojo. Pero en la modernez que estamos viviendo, da la impresión que le hemos dado la vuelta a la tortilla. Parece que el desprecio por la ley impera por doquier.

Como ejemplo reciente, aludo a la repulsa que se le está haciendo con descaro, cuando el personal se salta las normas dadas por las autoridades y, no contentos con ello, atacamos, hasta donde puede ser, a las fuerzas de orden público que, en más de una ocasión, han tenido que batirse en retirada del escenario. Mal augurio…

El verano termina con 271.000 personas desalojadas de botellones en Barcelona: “Son jóvenes que solo quieren pasarlo bien”. ¿Locos que no se contentan con saltarse la orden de no estar en manada? Los rumores que corren dicen que, tras los botellones, que ya son un no cumplir con la normativa, han aparecido organizados camorristas que les viene bien parapetarse en el desorden para azuzar toda una acción contra el poder establecido y a la búsqueda de una descarada inestabilidad.

Recordemos que, cuando hace unos meses, las manifestaciones eran calificadas como "antisistema", también recibieron inocente ayuda para incrementar el desorden. Quemar enseres públicos, asaltar establecimientos y, de paso, llevarse “algunas cosillas”. Apoyar dichas manifestaciones eran toda una aventura.

Pero tales botellones ahora tienen el riesgo de transmitir una enfermedad mortal. Total, un botellón sazonado con un enfrentamiento con la poli es toda una proeza para contar a la charpa (“reunión de amigos”) y jactarse de ello en las redes.

El ser humano y la sociedad en que vive no es algo estático: no siempre ha sido como ahora, ni ha surgido de la noche a la mañana. Ha tenido que hacerse a lo largo de años. Nuestra vida se va haciendo, es como una narración que vamos escribiendo todos los días, elaborándola poco a poco según factores tanto internos como externos. Por eso, como en un libro, los capítulos finales no se entienden bien si no se conocen los anteriores.

Los criterios que utilizamos en nuestras actuaciones dependen en gran medida de los valores que aprendemos a través de nuestros padres y la escuela y que nos permiten establecer las normas a las que se ha de ajustar nuestra conducta para vivir en sociedad. Obramos de acuerdo con lo que creemos y valoramos. Aunque, según fuentes oficiales, ya no hace falta memorizar nada puesto que para ello está Internet. ¡Pobre escuela!

Así pues, consideramos como universales y necesarios aquellos valores que tienen validez intersubjetiva, que son apreciados por la gran mayoría y deseables para todo ser humano, porque la razón y el sentir los considera exigibles para la vida en sociedad y los convierte en deseables para todos. Recordemos que, como humanos, somos libres y responsables, a la par que capaces de decidir y actuar por nosotros mismos.

La sociedad es como un campo de fuerzas en el que debe existir un equilibrio. Lo que uno quiere y hace no puede poner en peligro ese equilibrio. Porque mi libertad termina donde empieza la de los demás. Si cada uno hace lo que le viene en gana, sin tener en cuenta a los demás, difícilmente se podrá convivir. Si en un Estado alguien quiere imponer su dominio por la fuerza, desaparece la democracia y surge del olvido la dictadura del poder, del partido o del pueblo.

La sociedad funciona sobre la base del respeto. Respeto a los demás, a unos valores, principios y normas básicas sin los cuales no es posible la convivencia. Por eso vivir es convivir, y exige el respeto. Si lo pensamos bien, el respeto no es más que un juego de derechos y obligaciones o deberes.

Mis derechos, lo que yo puedo exigir a los demás, se convierten en obligaciones para con ellos. Si yo puedo pedir a los demás que me traten con educación, yo tengo que tratarlos del mismo modo. Si yo exijo que me paguen lo que me deben, tengo que pagar también mis deudas.

Si alguien considerara que sólo tiene derechos y olvida que también tiene obligaciones y dejara de cumplirlas, estaría haciendo necesaria la intervención de alguien capaz de hacer cumplir la ley. La justicia y las leyes están para garantizar los derechos y hacer que se cumplan los deberes. La autoridad, a veces, aparece como un espejismo; otras, como un castigo.

Una matización que deberíamos tener clara. La violencia, en ningún caso, es camino que pueda conducir a vivir en democracia. Si acaso, es el “estímulo” para generar más violencia entre manifestantes y fuerzas antidisturbios y el vecindario y comerciantes que han visto peligrar sus negocios y las propias casas.

¿Intento de criminalizar a la juventud? No creo, pero sí de llamar a un comportamiento social valedero para todos. Con anterioridad hemos enarbolado la bandera de la solidaridad y una cierta entrega hacia los más desfavorecidos por las circunstancias virales. Muchas personas siguen necesitando del otro. Es el momento de poner en marcha valores como la solidaridad, el respeto, la asertividad, la empatía…

¿Qué juventud hemos formado? ¿Qué educación han recibido en casa y en la escuela para no respetar y defender la salud propia y la del otro? ¿Qué castigo se debe aplicar a quien atenta contra la salud y la vida de otros?

Un detalle curioso. Entiendo que el encierro, las restricciones, las mascarillas, las vacunas sí, las vacunas no, la libertad de actuación, y un largo rosario de alegatos impulsen de manera “desaforada sin ley ni fuero, atropellando” las ganas de vivir.

El respeto a los demás es básico para convivir. "Respeta y te respetarán", dice la voz pública. Dicho valor se interioriza y va unido a la empatía, valor consistente en la capacidad para ponerse en el lugar del otro y percatarse de lo que siente.

Sería algo así como saber leer en los demás percibiendo la información de lo que nos transmiten, lo que hacen, cómo lo hacen, la expresión de cara que nos ponen... Estos indicios están relacionados con la inteligencia emocional de la que, con frecuencia, hacemos agua.

Por lo general, caemos en la superficialidad y, con frecuencia, en la indiferencia porque, en definitiva, el otro nos importa poco. Ser empático obliga a algo más que a esbozar una educada sonrisa de cortesía. Se puede ser simpático mientras dura la sonrisa pero no por ello seremos empáticos. La empatía obliga a con-prometerse con el otro. Solo desde la comprensión y la apertura de miras puedo captar el mensaje que envían los demás.

Cierro con una cita del libro Castellio contra Calvino: “Nunca un derecho se ha ganado para siempre, como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas... cuando ya consideramos la libertad como algo habitual surge un misterioso deseo de violentarla. Siempre que la humanidad ha disfrutado de la paz durante demasiado tiempo y con despreocupación, sobreviene una peligrosa curiosidad por la embriaguez de la fuerza y un apetito criminal por la guerra”.

Feliz cumpleaños, Manuela.

PEPE CANTILLO

jueves, 26 de agosto de 2021

  • 26.8.21
En nuestro mundo actual, la emulación entendida como “el deseo intenso de imitar e incluso superar las acciones ajenas” nos ha llevado a una imitación del modo de hablar, de calcar gestos y ademanes de los demás a lo que habría que añadir la forma de vestir (¡pantalones con aire acondicionado!), llamativos cortes de pelo, crestas de gallo… que nos convierten en muñecos andantes.


En la actualidad, tatuajes y piercings han ganado el cuerpo de los humanos a velocidad de vértigo, hasta el punto que quien no lleva algo pintado en la piel parece que no está a la moda. Los piercings han colonizado gran parte del organismo, pasando desde las orejas a la boca y a la nariz, bajan a pezones, ombligo y llegan hasta el pene en algunos casos. ¡Genial!

Tatuar (tátau en lengua polinésica) se define como “grabar dibujos en la piel humana, introduciendo materias colorantes bajo la epidermis por las punzadas o picaduras previamente dispuestas”. El tatuaje proviene de la acción y el efecto de tatuar.

Si en Google buscamos la palabra “tatuajes” nos encontramos con una amplia colección de fotos, unos sugeridos para hombres, otros para mujeres. Unos sencillos y artísticos; otros aparecen como un pintarrajeado confuso y difuso. Las representaciones que se pueden lucir muestran desde una flor a un galimatías de rasgos que embadurnan todo el cuerpo.

¿Qué personajes los portan? Unos los lucen personas famosas que, en el fondo del tema, son quienes los popularizaron. En determinadas cuestiones –yo diría que en muchas–, los humanos somos muy imitativos y desde Internet se nos sugieren cantidad de senderos por los que transitar.

El mimetismo –entendido como la “propiedad que poseen algunos animales y plantas de asemejarse a otros seres de su entorno”– también afecta a humanos y, como botón de muestra, vale la siguiente explicación de lo que se entiende por mimetismo: “adopción como propios de los comportamientos y opiniones ajenos”.

Los tatuajes están de plena actualidad desde hace treinta años. Dichos dibujos incrustados en el cuerpo pasan a ser un elemento decorativo. Algunos muy artísticos, otros puede que no tanto; y otros, repito, son un batiburrillo que embadurna todo el cuerpo.

Según parece, con la pandemia se ha incrementado aun más su uso. Algunas personas muestran un cuerpo repleto de tatuajes. Entendemos por batiburrillo una “mezcla desordenada de cosas que no guardan relación entre sí”. Al menos, esa es la impresión que dan cuando los vemos. ¡Es la moda, chaval!

En fin, volvamos al asunto. Está claro que cada cual hace con su cuerpo lo que quiere o lo que puede e, incluso, lo que le dejan… Están tan de plena actualidad que hasta hay un Día Internacional del Tatuaje, que se celebra el 17 de julio. En lo referente al Día de… la lista es amplia y, con frecuencia, poco interesante en cuanto a lo que se pretende recordar o conmemorar.

En la actualidad, tatuarse es una práctica totalmente habitual en todo el mundo. Gran número de personas se han tatuado y los expertos afirman que es algo adictivo. Está claro que este tipo de ¿decoración, arte, representación? no ha nacido hace poco. Hagamos un breve recorrido por algunos momentos de su trayectoria.

Los tatuajes son tan antiguos como los humanos. A la vista de los datos que se tienen de dichos dibujos, hay que retroceder en el tiempo y remitirse al Neolítico. El tatuaje más antiguo conocido es de hace 3.000 años de antigüedad. Fue descubierto en el año 1991 en una momia conservada en un glaciar de los Alpes con la espalda y las rodillas tatuadas.

El siguiente paso nos remite al antiguo Egipto, hacia el año 2000 antes de Cristo, donde aparecen momias de mujeres con sus cuerpos decorados con pequeños dibujos. En general, este tipo de marcas se extiende por otros tantos grupos humanos como una ofrenda a los dioses.

Una breve explicación de cómo se hacían estos diseños: para marcar un dibujo usaban pigmentos de henna (jena o gena) que, en Egipto, eran aplicados con agujas de oro. La palabra nos conduce a un arbusto llamado alheña y, también, hace referencia al “polvo utilizado como tinte” extraído del citado arbusto de unos dos metros de altura, de flores pequeñas y olorosas. Las hojas secas de la alheña se convierten en un “polvo amarillo o rojo que se utiliza como tinte, especialmente para el pelo”.


Saltemos en el tiempo. En la modernez, el furor por tatuarse surge allá por los años noventa y lo que empezó siendo una curiosidad propia de cuatro locos se ha convertido casi en una necesidad para así poder llamar la atención y la admiración de los demás.

En principio, eran portadores de tales dibujos personajes famosos, sobre todo futbolistas, que rápidamente serán imitados. De ser algo criticado y marginal, poco a poco los tatuajes pasaron a ser algo popular, hasta el punto de que hoy los talleres donde tatuarse (“estudios” creo que les llaman) han aumentado a buena velocidad desde que se hacen populares. Hoy se tatúa hasta el gato.

Algunas curiosidades alrededor de los tatuajes (verdades y mentiras): las figuras más utilizadas son de animales. Suele existir cierta similitud entre la personalidad del sujeto y lo que simbolizan dichos animales. Hago un breve recuento de algunos de ellos para satisfacer la curiosidad.

La mayoría de animales que puedan aparecer en tatuajes pretenden representar la personalidad de quienes los portan en su piel. Elefantes, búhos, gatos o perros, leones, golondrinas o serpientes, tortugas... pretenden identificar a la persona que se tatúa con el animal representado. Hay muchos otros animales con los que nos podemos identificar. Dejo este enlace que puede resultar interesante.

Algunas otras curiosidades sobre tatuajes: parece ser que Thomas Alva Edison inventó, entre otras muchas cosas, la primera máquina de tatuar a finales del siglo XIX. El tono de la piel hace que los tatuajes cambien de color.

Dicen que las personas tatuadas son muy extrovertidas y tienen mucha personalidad. Ángeles y corazones son los dibujos que más se solicitan. Trae mala suerte llevar un número par de tatuajes. Dicen que aluden a efectos mágicos, curativos y marcan cierta diferencia social de quienes los llevaban. Dicen…

Algunas verdades a medias sobre el tema: si te tatúas de joven, cuando seas mayor te arrepentirás; no conseguirás un buen trabajo y tampoco puedes donar sangre. Es peligroso tatuarse durante el embarazo. Los tatuajes avisan de que su portador es una persona rebelde.

Criminales y gente de mal vivir llevan determinado tipo de tatuajes. Posiblemente ésta sea la única verdad sobre el tema, dado que algunas bandas criminales o de mal vivir pueden llevarlo como señal de identificación entre ellos. Hay muchas más verdades-mentiras sobre el tema.

¿Quien se tatúa? En principio, aquella persona que pueda y quiera. Nadie obliga a ello. El tema, tanto en razones a favor como en contra, da para más. Como curiosidad, valgan estas breves líneas. Es un tema amplio al que se le puede sacar punta, tanto a favor por sus defensores como en contra por sus detractores. No todo el cuerpo es apropiado para tatuarlo, por lo que cada cual debería indagar su sitio menos dañino. El verano se nos escapa por la puerta de atrás.

Y concluyo. Estamos a unos días de volver a la inestable normalidad en la que nos tiene capturados el virus. Trabajo quien tenga, colegios para ya… son las novedades que nos esperan. La quinta ola nos ha mantenido en vilo y ha dejado algunos cadáveres. ¿Qué nos deparará la sexta ola?

“Si dejas que pase el tiempo sin hacer nada, pronto te darás cuenta de que solo vas a vivir una sola vez” ¡Suerte y al toro!

PEPE CANTILLO

jueves, 12 de agosto de 2021

  • 12.8.21
El libro Mitología griega y romana de J. Humbert ofrece una elaborada explicación sobre dioses, semidioses y héroes. Todos ellos vienen a darnos un bosquejo para, en la medida de lo posible, tener una visión del entramado de tales personajes. Al final nos ofrece dos breves apartados sobre animales y colores.


En el apartado “Emblemas” de los animales ofrece una breve y concisa información de una veintena de animales y lo que simboliza cada uno de ellos. Dicha representación es muy posible que nos sea familiar como datos transmitidos en nuestro entorno. Intentaré sobrevolarla, añadiendo a la brevísima explicación que da, cierta ampliación general para completar el recorrido. Solo me centraré en los animales.

La primera explicación es dejar claro qué se entiende por “emblema” en referencia a los animales. Un emblema se entiende como “cosa que es representación simbólica de otra”. Simbolizar significa “servir como símbolo de otra, representarla y explicarla por alguna relación o semejanza que hay entre ellas”.

La simbología animalística podemos referirla desde distintos enfoques. La mitología y su entronque con la religión nos da una explicación; la Psicología, también, al igual que el saber popular. Dicho lo cual, ahora me detendré en algunos de los animales que conforman el listado del libro. Entre comillas aparecerá la cita textual de la obra y, a continuación, ofreceré una información complementaria.

“La Abeja es símbolo del trabajo” en equipo, de riqueza, responsabilidad, de orden y prosperidad, del ardor belicoso, coraje, sabiduría, inmortalidad, amor, fidelidad, virginidad. En Egipto era símbolo de realeza y poder. Por su trascendencia divina y su conexión terrenal fue tomada como atributo de reyes.

“El Cordero simboliza mansedumbre”, docilidad, inocencia y de ahí viene la expresión “cordero expiatorio” que tiene sus raíces en el cristianismo, procedente tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo y asociadas al sacrificio de Jesús. La expresión “cordero expiatorio” y “chivo expiatorio” parecen dar a entender que son lo mismo. Entre nosotros, “chivo expiatorio” ofrece variados enfoques, como alguien que tiene la culpa de todo, víctima propiciatoria, cabeza de turco…

“El Asno de la estupidez”. Pese a todo, es un animal sufrido y bastante despreciado. Juan Ramón Jiménez, con su obra Platero y yo, será defensor del borriquillo (borrico). Algunos sinónimos son burro, jumento, pollino y tienen entre nosotros un marcado sentido despectivo cuando lo aplicamos a los humanos. “¡Eres un burro, amigo!”.

“El Buey simboliza la paciencia” y la paz. Es parsimonioso, sufrido, dócil, tranquilo… Representa el esfuerzo en el trabajo como animal de carga. Dice el refrán: “Habló el buey y dijo mu”, cuyo significado se aplica a los necios, que cuando abren su boca la cagan con algún disparate. Este animal fue muy considerado por egipcios y griegos.

“El Camaleón de la volubilidad”, la inconstancia, el camuflaje y de lengua serpentina (“perteneciente o relativo a la serpiente”). Cambia de color a conveniencia (mudable), es acomodaticio al medio para así encubrirse y atacar con facilidad y éxito. Transferido a los humanos, se entiende como “persona que tiene habilidad para cambiar de actitud y conducta, adoptando en cada caso las ventajas”.

“El Gato de la libertad” por lo que son poco previsibles en su comportamiento. Son ingeniosos e inteligentes, de una rapidez tanto de ataque para cazar como en defensa. Son misteriosos. Simbolizan protección. Son poco cariñosos aunque dan el pego con su runruneo con quien les da de comer. Interesaba tenerlos en casa como defensores de los roedores que arramblaban con todo lo hubiera en la alacena. En estos tiempos está muy acogido y mimado.

Eran venerados por los egipcios; abundan en cuadros y son protagonistas de muchos dibujos animados. Pablo Neruda les dedica la Oda al gato. Me acabo de enterar que tienen tres días señalados en el calendario: 20 de febrero, 8 de agosto y 29 de octubre.

“El Caballo es símbolo de la victoria y la autoridad” y fácil de domesticar. Su agilidad y docilidad es genial. Militarmente ha tenido un papel destacado. Una sugerencia para disfrutar del caballo nos la brinda la Escuela Andaluza del Arte Ecuestre en Jerez de la Frontera, que ofrece diversas formas de doma del caballo andaluz que no envidia nada a la de Viena. Es emblema significativo de algunos coches. De momento, es figura importante en el ajedrez y en las cartas. El caballo de Troya (artificial) sirvió para colarse en dicha ciudad.

“El Perro de la fidelidad” y la lealtad. En general suele ser muy sociable y el mejor amigo de los humanos. Tiene un olfato muy fino y educable, es inteligente y muy leal a quien le cuida. Sufrido cuando, domesticado, busca personas entre escombros, droga o dinero camuflados. La fidelidad es un don de estos animales (unos más que otros, como los humanos).

“La Paloma de la ternura”, el amor. Una paloma blanca con una rama de olivo en el pico simboliza la paz. Su importancia aparece en el relato bíblico del Arca de Noé porque salía a otear el panorama después del diluvio. Para el cristianismo representa la pureza, la maternidad y la paz. En la cultura siria reflejaba la esperanza y la salvación. Venus, madre del amor, suele aparecer con una paloma. Ha jugado un papel importante como mensajera.

“El Gallo simboliza vigilancia” y actividad. Al alba nos recuerda la llegada del día. Trabajador y territorial, es celoso defensor de lo suyo, dispuesto a pelear ante los intrusos. Su arrogancia dio origen a seres mitológicos como el basilisco, mezcla entre gallo y reptil.

“Basilisco” significa “pequeño rey” y en él resalta la cresta, que parece una corona. Se dice que el aliento (hálito) ahogaba a sus víctimas. Alguien es un gallo de pelea cuando no se achanta ni se deja intimidar a la par que da señas de soberbia, altanería, vanidad y superioridad. Con respecto a “valores del gallo”, hay una mina de cuentos infantiles, resaltando valores éticos que se pueden explicar a los pequeños.

“La Hormiga de la previsión” y la paciencia. Trabaja duro acumulando comida para el invierno, cualidad poco frecuente en animales. Simboliza la paciencia y la obediencia. Son sistemáticas y capaces de transportar un peso mayor que el suyo. Cuando invaden, son muy molestas y nerviosas.

“La liebre de la timidez”, la rapidez y astucia, la fecundidad y la lujuria por su gran apetito sexual (se reproducen a buena velocidad). Su origen divino prohibía comerla. Para los judíos era animal inmundo. En la Edad Media representaba cobardía por lo rápido que huye.

“El León de la fuerza”, de la valentía y la ferocidad. Atacan coordinados en manada, dato que los hace más peligrosos pero más respetados.

“El Pavo real es símbolo del orgullo”. De este animal y aplicado a los humanos, ya dejé un artículo en este mismo diario digital.

“La Mariposa de la inconstancia” y de la libertad; vuela sin ton ni son, de manera errática, sin que haya un motivo ni hacia dónde quiere ir (suponemos). Es casi imposible adivinar su próximo movimiento.

“La Urraca de la charlatanería”. Inteligente y astuta, almacena comida para cuando hay escasez; puede imitar la voz humana, despierta muchas supersticiones entre los humanos; muy interesada por los objetos brillantes, puede guardar desde una lata a joyas que se encuentre.

“El Zorro simboliza la astucia”, la sabiduría práctica. Ante situaciones adversas elige lo que le permita salir airoso de cualquier situación. Está muy presente en las fábulas.

“El Tigre de la crueldad y el furor”. Posee gran velocidad, agilidad y fortaleza, cualidades que lo hacen mortífero. Es muy valiente y no ceja en perseguir a la víctima. Monta un conjunto feroz con el león, el jaguar y el leopardo.

“La serpiente simboliza salud”, sabiduría, riqueza, prudencia, inmortalidad, astucia y el bien y el mal. En el cristianismo, y relacionada con el mito de Adán y Eva, representa el demonio. El cambio de piel le permite renacer, dicen. Soporta el frío. Está presente en todas las culturas. Es un animal querido y odiado por los humanos. La bicha no es muy querida en Andalucía. Para los celtas simboliza el saber oculto y la capacidad de transformación.

PEPE CANTILLO

jueves, 29 de julio de 2021

  • 29.7.21
Abro el ordenador para dar un repaso general a la situación sanitaria, social y política de nuestro país a través de la prensa. Y me encuentro de sopetón con una notica que pica mi curiosidad. Cito textualmente un titular cargado de alarma y que no tengo idea de qué va: Media España, reventada y asqueada con la final y con razón: ganó la injusticia.


Entro en la noticia todo mosqueado y me encuentro con una de Jaimito. “Tongo, injusticia, violencia vicaria en la final de “Supervivientes”. ¡Acabáramos…! A la cita anterior hay que añadir otro titular que da pista sobre parte del citado asunto: Críticas a Telecinco por “perpetrar la violencia vicaria” sobre Rocío Carrasco en 'Supervivientes'. Resumiendo y simplificando mucho, la violencia vicaria se puede dar cuando una persona ataca a otra con el objetivo de causar dolor a terceros. ¡Estupendo!

Confieso mi ignorancia. Nunca he visto programas de este tipo pero parece que deben estar muy enraizados en “media parte” del total de habitantes de nuestro país. La otra media a saber en qué estaremos metidos para ignorar situaciones y acontecimientos de tan hondo calado, como el citado, que parece están cometiendo una injusticia a cara descubierta.

Sigo con otros chismorreos que supongo más serios. Quiero pensar que el rebrote de la pandemia, en su quinta ola, debe tener en vilo al otro resto de la ciudadanía ante la injusticia citada. Para ambos supongo que el gran problema son las vacaciones, la playa, salir de la asfixia sanitaria... Claro que en el país de nunca jamás, llamado “Apaña”, se puede esperar de todo.

Nos prometíamos un verano relajado para poder disfrutar por unos días de la playa, o de la montaña, o de una casita en el campo; quizás, haciendo un esfuerzo económico, hasta saliendo a ver cualquier rincón de esta tierra rica en múltiples lugares tanto naturales como artísticos, dado que ante el boicot vírico desde otros países, dichos rincones se estén ofreciendo a precios más ajustados. ¡Oh dolor! También nuestro país está en vilo por dichas circunstancias.

Otro titular nos recuerda que la tormenta perfecta de la energía golpea el bolsillo de los consumidores. Y, mientras tanto, la electricidad sigue jugando al “veo veo” por la subida de precios y acompañada al final de la semana pasada del corte de fluido incluido. Toca jugar con el horario para lavar o planchar al menor gasto posible.

El atraco es serio para la sufrida economía popular y, por supuesto, nadie da explicación convincente del por qué de dicho desmadre. Y aunque se dignaran a dar explicaciones, de poco valdrían si, a la postre, paga el sufrido contribuyente. Eso es lo que nos han dicho. A estas alturas dudamos hasta de la propia sombra.

En el terreno climatológico, las altas temperaturas hacen aun más insoportable el verano. El bochornoso calor nos achicharra en buena parte del país. El domingo pasado los termómetros marcaron temperaturas altas en gran parte del territorio. Estamos hablando de una media de 40 grados en gran parte del interior del país.

Entremos en la parcela de fondo. El sector sanitario, además de estar muy cansado, se siente frustrado porque no ven la salida a la situación vírica. Ya el domingo pasado avisaban de que nos enfrentamos a una semana clave para la evolución sanitaria, en un sentido u otro, de la quinta ola, con la presión hospitalaria en aumento.

Por ejemplo, crece la presión hospitalaria porque siguen en aumento, pese a las vacunas, los nuevos casos de infección. Una referencia puede ser Andalucía, donde se avisa de un posible cerrojazo a partir de este jueves. La razón es muy simple: siguen en aumento, pese a las vacunas, los nuevos casos de contagio.

Para muestra un botón. Los últimos muertos en la Comunidad Valenciana parece ser que son de personal joven que, en su momento, se negó a vacunarse. Añadamos que, a partir de esta semana, la venta de alcohol –entiéndase bares– se cerrarán a las 22.00 horas con toque de queda desde el 26 de julio al 16 de agosto. La orden afectará a 77 municipios.

Otras comunidades van a la trágala, expresión coloquialmente entendida como “hecho por el que se obliga a alguien a aceptar o soportar algo a la fuerza”. Los ingresos en los hospitales de Cataluña siguen al alza, tanto en planta como en las UCI. En estas últimas dichos ingresos se multiplican casi por cinco a lo largo del mes. Mal asunto.

Por desgracia, como no podía ser de otra manera, dadas las altas temperaturas que soportamos y contando con algún kamikaze “distraído”, los incendios forestales parecía que tardaban en llegar, tanto que nos lo prometíamos muy felices. Por desgracia no fue así. La lluvia del lunes ha mitigado parte de la catástrofe. No está el horno para bollos, pero es lo que hay.

Otro comadreo (“contar algo con indiscreción o malicia”) visto desde distintos perfiles es el desplazamiento del presidente del Gobierno que marchó a hacer una turné por EEUU, labor más bien propia de un Ministerio de Economía, por ejemplo. La cara de placer que ofrece en una de las entrevistas (nada oficiales) es un fiel retrato de un ególatra total.

La visita a EEUU ha causado más reacciones por el físico del presidente que por las propuestas y acuerdos. Habrá que esperar para comprobar los resultados. Para que luego digan las malas lenguas que los españoles somos más feos que Picio.

Bueno, al menos alguien se lo puede estar pasando bien dentro de tanto guirigay. La referencia me atrevo a hacerla porque ha dejado muy claro que “quien se mete con él se está metiendo con España”. Hay que tener los cojones muy bien puestos para personalizar de esa manera. Y viva España… dice la canción.

Esto último sí que es un chisme coloquial, que se entiende como “una noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”. Los patios de vecinos, de otros momentos, eran magníficas fábricas de dimes y diretes propensos para cortar un traje a quien se pusiera a tiro.

El titular siguiente es de un blog de El Confidencial: Los delitos de odio a la naturaleza van cada vez a más. Por favor, ni tanto ni tan calvo. Es posible que estén aumentando, es posible que debamos replantearnos nuestra relación con el medio ambiente, es posible que… La lista de desacatos podría ser larga pero de eso a proclamar “odio a la naturaleza” hay un gran trecho.

Parece que mientras la conciencia ecológica aumenta en todo el mundo, en nuestro país siguen creciendo las agresiones al medio ambiente. No me lo creo. Es verdad que solemos sufrir cada verano incendios, que hay por desgracia caza ilegal, que el envenenamiento de animales parece no acabar. Ahora bien, de eso a hablar de “odio a la naturaleza” hay un gran trecho.

Dos detalles-noticias llamativas. Brigitte Vasallo, que no sé quién es, dice que: “Belén Esteban es una de las mejores comunicadoras del país”. Debe serlo cuando gana lo que gana y después de algún tiempo sigue en activo. En este caso, ni me importa ni creo que sea así, pero su terreno sí que reboza rumores. Tampoco sé mucho del tema. Ignorancia.

Entre tanto revuelo, cierro con una notica que, en principio, alegra (¿debería?) si la aislamos del terreno político. “Madrid entra en la lista de Patrimonio de la Unesco con El Paseo del Prado y El Retiro”. Bueno, pues nuestro tesoro de Patrimonio es bastante amplio y llena de satisfacción tanto el saberlo como el poder verlo.

PEPE CANTILLO

jueves, 15 de julio de 2021

  • 15.7.21
En las líneas de hoy prefiero olvidarme de esos malos momentos que nos vuelven a ahogar ante el aumento vírico. Sonaba maravilloso oír que descendía el número de contagios, que podríamos disfrutar con cuidado del verano que acabábamos de estrenar. Pero se coló de rondón la quinta ola vírica. Todo empezó a tambalearse de nuevo.


Los contagios suben de número e incluso los hospitales acusan dicho aumento vírico. Dejo el tema para momentos menos acalorados. Quien pueda disfrutar de un poco de verano que lo haga con el máximo de cuidado para no contagiarse y contagiar. ¡Suerte!

Entro en un tema provocado por un despiste mental o, más bien, por querer llamar la atención. O tal vez por ignorancia saturada de cierta jactancia petulancia o simple pedantería… Hay una tozuda manía por poner en uso una serie de palabras metidas con calzador aunque aparentemente aparezcan como correctas.

Hay una terca manía por llamar la atención con el uso ¿no adecuado? del lenguaje. El refrán decía que “hablando se entiende la gente”. Hasta ahora así lo creíamos e intentábamos comunicarnos o bien razonar (es decir, entender y que me entiendan).

Pero apareció la tormenta acompañada de truenos (lenguaje inclusivo) y relámpagos (palabros raros) y con dicha borrasca caía una granizada de extranjerismos ininteligibles para la mayoría del personal. Pero esto último es otro derrotero que se queda aparcado.

El conato de ofrecer un supuesto lenguaje llamativo y acoplado a unas circunstancias sociopolíticas apareció ya hace algunos lustros (periodo de cinco años). En honor a la verdad, se hace necesario decir que toda lengua viva se enriquece a lo largo del tiempo ganando vocablos nuevos y arrinconando otros por desuso.

La lista (¿?) oficiosa partió del “miembras” que se escurrió de boca de Bibiana Aído. Algún tiempo antes, la exdiputada Carmen Romero se atrevió a lanzar “jóvenas”, término que tímidamente justificó afirmando que “la norma en el lenguaje viene del uso”.

Aun algo antes, durante el primer Gobierno socialista de Felipe González, un grupete de directoras generales se llamaban a sí mismas “altas cargas”, en lugar de “altos cargos”. No puedo olvidar la presencia de “portavozas”. Hay más pero, para muestra, un botón.

Con respecto a “carga” o “altas cargas” hay que matizar que la Real Academia Española (RAE) ofrece más de cincuenta significados y, desde luego, ninguno ocupa el lugar femenino de “cargo”, uno de cuyos significados en masculino es “dignidad, empleo, oficio”. En femenino, “carga” significa “peso”. Esta explicación me dará pie para aclarar la cagada “soldados y soldadas” de reciente uso por la autoridad competente (¿?).

Digamos que dichos antecedentes lingüísticos buscaban dar visibilidad a la mujer en el escenario público mucho antes que las supuestas pioneras (¿?) de ahora. El lenguaje llamado “políticamente correcto” aterrizó entre nosotros llamativamente por boca de una ministra que debió coger del zapatero, y por error, una alpargata con la que llamó la atención. Una palabra nueva para añadirla a posteriori a lo que mucho tiempo después se llamaría “lenguaje inclusivo”.

Y saltó la rana de charco en charco y vinieron mendrugos tras mendrugos (mendrugas) esculcando un lenguaje al que llamaron “políticamente correcto”. Esculcar supone “registrar por doquier para buscar algo oculto” y así, de paso, llamar la atención. La mímesis (imitación) se difundió a velocidad del rayo.

En todo lo anteriormente dicho, queda relativamente claro que la elección de las palabras es una cuestión más política que gramatical. Y no es así: no debemos olvidar que las palabras perecen o reviven “si el uso lo requiere”. El pueblo es el dueño del idioma, junto con la ayuda de especialistas lingüísticos, escritores...

Si lo miramos despacio, aquella guerrilla vulgar y de mal gusto era una manifestación de incultura. Una “élite” (falsa) babeaba e inventaba cada día un nuevo palabro para ganarse la portada de algún periódico y un rápido resbalón pasando por la televisión daba a cada sujeto (o sujeta) parlante (o parlanta) el ascenso al Olimpo de la modernidad. Hasta una exministra se ufanó advirtiéndole a la RAE que “el lenguaje inclusivo no hay quien lo pare: está en la calle”.

Desde entonces no ha llovido mucho pero sí han salido lobanillos por doquier hasta la última parida (más bien bomba) disparada ante un conjunto de sufridos militares donde se deja caer un majestuoso “soldados y soldadas”. Desde luego, no me invento una jaimitada como ésta.

Incultura, bravuconada (fanfarronada), llamada de atención al oyente diciéndole que “soy yo, vuestra autoridad suprema…”. Un breve comentario para redondear dicho exabrupto aparatosamente incorrecto. Por respeto, omito nombres.

Desgloso y doy unos tímidos datos sobre el asunto. “Soldada” nos remite, en primer término, a salario, sueldo, remuneración, paga o jornal, entre otros significados. Y, en segundo plano, remite a “soldar”, o sea, a “pegar y unir sólidamente dos cosas, o dos partes de una misma cosa, normalmente con alguna sustancia igual o semejante a ellas”. También “soldar” puede significar “componer, enmendar o disculpar un desacierto con acciones o palabras”.

Es evidente que nuestras insignes políticas nos van a machacar con palabros que, de ser calcetines –o mejor, medias–, parecen que están sembrados de zancajos, es decir, “parte del zapato o media que cubre el talón, especialmente si está rota”. Los que ya somos algo viejos recordamos eso del zancajo como un roto en los calcetines.

Señoras, señoritas, doncellas, niñas… ¿Está en la calle vuestro palabro? ¿Seguro? ¿O es mejor y más exacto decir que está sembrado por algunas de vosotras, supuestamente más influyentes, porque de alguna manera hay que hacerse notar? Tres explicaciones para decir “¡eh!”:
  1. Que somos nosotras las paridoras de tales novedades.
  2. Que mientras tiramos piedras al tejado del vecino evitamos que éste hable de algunas barbaridades que se están plantando y regando.
  3. Porque queremos pasar a la Historia como mentes lúcidas (¿enlucidas?), como todólogas, es decir como “personas que creen saber y dominar varias especialidades”.
Para terminar este picadillo de palabras hay que dejar claro que cualquier lengua (idioma), mientras está viva, permanece abierta a cambios lingüísticos constantes: unas palabras dejan de usarse y caen poco a poco en el olvido mientras otras –dados los múltiples frentes de influencias– se van enriqueciendo, al igual que vocablos en desuso desde hace tiempo vuelven a estar activos de nuevo.

Y surgen paridas y más paridas con la etiqueta –seguro que cuentan con un influencer (otro tropezón cogido de lengua ajena)– o con una mente que tiene diarrea mental. Confusión de ideas, de lenguaje “políticamente correcto” frente al social o al popular o, incluso, al religioso, por la razón simple de que hay que destruir todo, casi todo o parte de lo que quedó de un mundo (el nuestro) chungo, cicatero, pobre, domeñado por los ricos cuya misión es dominar a los pobres. Para lo cual, nada mejor que echarlos a la piscina de la ignorancia.

Pero no se preocupen que nosotras (Agustinas de Aragón) los sacaremos de la cloaca pútrida de los dominadores. Y luego viviremos juntos y comeremos perdices porque como todólogas nos hemos ganado un puesto. ¿De fruta? ¿De dulces? Uno de lo que sea. Claro, se guardan lo mejor en el bolsillo. Para eso se están rompiendo el lomo (perdón, la loma) por nuestro bien.

PEPE CANTILLO

jueves, 1 de julio de 2021

  • 1.7.21
Últimamente abundan los ególatras moviéndose por el escenario del territorio público. El Diccionario de la Lengua da poca información sobre este término y remite a egolatría que se caracteriza por “culto, adoración o amor excesivo de sí mismo”. Sinónimos de ególatra aparecen “egocéntrico”, “endiosado”, “petulante”, “narcisista”, “engreído”, “interesado”, “egoísta” y algún que otro más, sin olvidarnos de “impertinente”, “envidioso” y “rencoroso”.


Los llamados “ególatras” han existido siempre pero es ahora cuando más se dejan notar, dada la amplitud de los medios de comunicación y la facilidad para aparecer en ellos. Muchos de estos prototipos son ídolos que pueblan un firmamento de estrellas fugaces. Algunos de ellos hasta pretenden enamorar a la Historia.

Unos buscan su minuto de fama viral y es posible que lo consigan; otros dan la nota con una cruel barrabasada (“desaguisado, disparate, acción que produce gran daño”) como el doloroso caso de las niñas canarias.

Incapaz de reconocer sus errores, el ególatra siempre estará a la defensiva, entre otras razones, porque carece de humildad: “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. Y este es un dato que no le interesa.

La humildad permite reconocer las limitaciones que poseemos. El diccionario ofrece una variante curiosa, la llamada “humildad de garabato”, que hace referencia a una actitud falsa y afectada que pueden ofrecer algunos sujetos, detalle que encaja a la perfección con modelos de ególatras que aparentan lo que realmente no son.

Dicha falsa humildad brota desde la soberbia que envuelve a la mayoría de este tipo de sujetos. Quien tiene humildad reconoce sus limitaciones. El ególatra es orgulloso e hipócrita a más no poder y, por tanto, la modestia no va con él.

Tiene que demostrar continuamente superioridad a través de la aprobación y los elogios de las personas con las que convive. Por ello, cuando lo critican reacciona con rabia excesiva y no es capaz de aceptar lo que realmente es. Al contrario, no descansa hasta humillar a la persona que lo criticó o a aquella otra que no se doblegó a sus intereses.

Este tipo de personas muestran “una actitud egocéntrica y autocomplaciente”, es decir, siempre se están mirando el ombligo porque solo piensan en sí mismos y desprecian a los demás. Sentirse el ombligo del mundo les define, tanto en el ámbito público como en el privado.

Estos especímenes están por todas partes y en todos los sembrados. Algunos son malas hierbas. La egolatría, llevada al más alto grado, se convierte en una patología que se adhiere a la persona y corroe, como el orín, la parte más humana y convivencial del sujeto. Egolatría y humildad están reñidas. Soberbia y vanidad se dan la mano.

Atendiendo al origen de la palabra, el ególatra es alguien que se adora a tope (“latría” significa “culto desmesurado hacia uno mismo”), hasta alcanzar altas cotas de autoveneración que, repito, pueden ser patológicas. Quede claro que no necesita abuela de lo mucho que se quiere.

El exceso de autoamor le impide mantener relaciones sociales duraderas dado que muestra un marcado desprecio a los demás, razón suficiente para que éstos tampoco lo soporten. Su círculo de amigos es ocasional y reducido, por no decir nulo. Recordemos que estar rodeado de gente no significa tener amigos…

Es caprichoso y pasa por encima de quien sea para conseguir lo que quiere, entre otras razones porque está convencido de que todo le pertenece. No tiene empatía, ni falta que le hace, piensa él. La empatía es ese talante que nos capacita para identificarnos con los demás e incluso para compartir sus sentimientos. ¿Por qué esa carencia empática? No quiere ni le interesan los demás, salvo para utilizarlos en beneficio propio.

Necesita dominar a cambio de nada. Si ofrece algo con gesto de magnanimidad solo busca comprar voluntades que le puedan ser útiles en momentos concretos para, a renglón seguido, prescindir de ellos, tirándolos a la papelera después de sonarse las narices con la dignidad de los mismos.

En este mundo nuestro tropezamos con individuos a los que importa bien poco pisotear la dignidad y los derechos de los demás, porque creen que todos los que le rodean son inferiores. Los ególatras son topillos que carecen de vista, de sensibilidad, de compasión y por tanto pasan del resto. Conducta lamentable, pero eso es lo que hay.

El ególatra arrastra complejos desde su más tierna infancia. Esto le justifica a la hora de masacrar la afectividad ajena. Son egoístas a más no poder y pasarán por encima del cadáver de quien sea por mandato de sus intereses. Solo le importa derrocar a quien se le ponga por delante.

Al considerarse superior al resto de mortales, tiene dificultades para mantener relaciones con el entorno. De entrada todos los que le rodean son incompetentes e inútiles, razón para utilizarlos y dejarlos de lado si ello es necesario. Su comportamiento suele ser caprichoso y no cejará hasta obtener lo que quiere. Es un mentiroso compulsivo.

Notas características del ególatra. Las cosas o se hacen como él quiere o no se harán. Aunque esté equivocado, nunca dará su brazo a torcer. Cederá y no siempre, si prevé que los daños puedan ser mayores para él pero, como buen zorro, esperará agazapado. ¿Pedir disculpas? Por favor, no sabes con quién estás hablando.

Como rasgos de su supuesta positividad derrama una falsa amabilidad, saturada de generosidad cicatera, pose de confianza postiza y de fingida simpatía. No admite el “no” por respuesta. Se ofrece para sacarte de un posible atolladero siempre a cambio de… Da jabón con la mejor de sus sonrisas. El sujeto untuoso muestra “dulzura y amabilidad excesiva en el modo de hablar y comportarse, hasta el punto de resultar empalagoso y por supuesto falso”.

Posibles señales que emite. Tiene gran habilidad para ocultar intenciones y alcanzar sus objetivos que no son otros que engatusar. No tiene problema en pasar por encima de quien sea con tal de conseguir lo que quiere. Suele ser dadivoso para que te sientas en deuda con él. No dudes que te pasará factura en el momento que lo crea necesario.

Es antojadizo (“habitualmente caprichoso”), inconstante, le gusta vanagloriarse del dominio que ejerce sobre los demás. El prototipo suele ser alguien que alardea de su bondad y se muestra espléndido a la hora de dar, gesto que usará con descaro para comprar voluntades.

Cuando el ególatra quiere reafirmarse en lo que dice o pretende, suele hablar siempre en primera persona: “yo quisiera que, porque mi preocupación es…”. Se le llena la boca de “yo, yo, yo”…Al hablar en primera persona cae en un descarado “yoísmo” que lleva a una autocomplacencia tal que solo le falta exclamar en público (en privado ya lo hace) “¡pero qué guapo soy!”.

El mecanismo de autodefensa va acompañado de una constante queja que le vale de autoataque. Si, por diversas razones, se siente inseguro, hablará en primera persona para reafirmarse con la constante utilización del “yo”. Se queja de que van contra él quienes “no reconocen su entrega” para resolver determinada situación.

Unas pinceladas que pueden permitir detectar a posibles ególatras. Es muy reconocible a través de determinados gestos faciales, propenso a desentenderse de situaciones que no le gustan o pueden hacerle “pupa”. Digamos que es incapaz de “coger al toro por los cuernos”.

Suele “lavarse las manos” ante determinados incidentes. Tampoco tiene empacho a la hora de mentir si con ello se sale con la suya y a la par maquilla (enjalbega) su fachada. Mentir miente a su gusto. Maquillar se refiere a “modificar la apariencia de algo para disimular su verdadera naturaleza”, enjalbegar a “blanquear la fachada con cal”. Las dos palabras complementan la actitud egolátrica.

En resumen, dichos especímenes necesitan ser el epicentro en todo. Impertinentes, sin compasión ni sensibilidad muestran una descarada osadía. Como topillos carecen de vista, de piedad. Cuando sacan la mala leche son mortales por necesidad (el caso de las niñas aún colea). Derraman falsa humildad y emanan orgullo.

PEPE CANTILLO

jueves, 17 de junio de 2021

  • 17.6.21
La violencia por desavenencias dentro de una pareja se da con mucha frecuencia. Uno de los casos más vergonzantes e inhumanos es utilizar a los hijos como arma arrojadiza para dañar al otro (él o ella), incluso aniquilándolos, como los tres casos recientes que aun nos amargan el día a día. El caso de Anna y Olivia, asesinadas por el padre, está aún caliente y sin terminar de resolver.


Más. Una madre mata a su hija de cuatro años para así dañar al padre que no quería volver con ella. Un caso sonado por su crueldad acaece en Córdoba en 2011. José Bretón quema a sus dos hijos de 2 y 6 años. La finalidad de tan macabro hecho es dañar a la madre. Por desgracia, hay más casos.

Este tipo de comportamiento ya está recogido en la mitología griega. Para hacer referencia al calado de dicho problema recurro al Síndrome de Medea, mediante el que queda claro que uno de los progenitores no tiene problema en matar a sus hijos si con ello consigue dañar a la pareja.

Dicho síndrome refleja la brutalidad que puede llevar a cabo el padre o la madre para vengarse de su expareja. En el relato mítico será la madre quien mate a los hijos de ambos. Las líneas que ofrezco a continuación son una breve síntesis sacada del libro Mitología griega y romana, de J. Humbert (Edt. Gustavo Gil).

Medea se enamora de Jasón y le ayuda a robar el vellocino de oro propiedad de Eates, padre de Medea. Resulta difícil llegar hasta el tesoro porque está custodiado por unos feroces animales. Medea se ha enamorado de Jasón y, para ganárselo, se ofrece a neutralizar al dragón y dominar a los toros protectores del tesoro. A cambio, le dice: “me jurarás amor y felicidad y serás mi esposo”. Jasón acepta la propuesta.

Durante un tiempo fueron felices pero “no comieron perdices”, pues Jasón repudia a Medea y se casa con Glauca, hija de Creonte. La venganza no tarda en llegar por parte de Medea, que destruye el palacio con la nueva esposa dentro. Tiempo después matará a los dos hijos habidos con Jasón. Con anterioridad había descuartizado a su hermano porque se opone al robo del vellocino.

A partir de entonces, la tristeza y la melancolía arrastran a Jasón a la muerte. Medea no corrió mejor suerte y, poco a poco, se irá consumiendo. Matar a los hijos de ambos fue el fatal golpe que Medea infringe a Jasón en venganza por su infidelidad y abandono.

Volvamos al caso de Anna y Olivia. La investigación confirma, desgraciadamente, el fallecimiento de la niña mayor. Hay indicios de que la pequeña corrió la misma suerte. Incluso se piensa que el padre se ha quitado de en medio. Parece ser que el padre ya había avisado a la madre que no volvería a ver ni a sus hijas ni a él. Ya sé que esa es la creencia general pero la duda de su muerte revolotea en el aire.

El pasado lunes 14 de junio aparecía en prensa una carta de agradecimiento de la madre de Anna y Olivia por los apoyos recibidos. Dice: “Quería que sufriera de por vida buscándolas sin descanso”. Efectivamente, es lo que sugiere todo el montaje del padre. Es más, aun persiste en el aire, eso creo, la duda de si se ha suicidado o está perdido por cualquier rincón de este mundo.

Para quien tenga algo de más interés sobre el tema, adjunto enlace de la carta mandada por la madre de Anna y Olivia. En este caso, la referencia es de la web del diario 20 Minutos porque permite entrar en la noticia de manera gratuita. En otros digitales es imposible el acceso si no pagas.

La separación de parejas está hoy a la orden del día. Se habla ya de algunos cientos de miles de casos anuales. Podemos pensar que la unión y la formación de familias se produce por un enamoramiento sin sopesar lo que conlleva formar una familia y convivir con la pareja teniendo cada uno su espacio y los dos un espacio común.

¿El personal se separa con mucha facilidad, casi con frivolidad? ¿No nos aguantamos? ¿Ha desaparecido la capacidad de entenderse con el otro en el día a día? ¿Simplemente se agotó el amor, palabra que lo dice todo y no dice nada? Pues tiramos por el camino más fácil, que no lo es.

España es el segundo país de la Unión Europea con más separaciones. Dichas disoluciones pueden llevarse a cabo de mutuo acuerdo o por el juzgado. El llamado “divorcio exprés” es un tipo de separación “a las buenas”. El otro modelo pasa por el juzgado con el arbitraje de juez y abogados. Tarda más tiempo, puesto que hay que pleitear (a malas) y, que no nos quepa la menor duda, dicho modelo judicial hace más daño tanto a adultos como a la prole, sean ellos adolescentes o infantiles.
Seguir a toda costa una situación vivencial deteriorada, agresiva, opresora, de continuo enfrentamiento, tampoco es bueno para nadie. El “hasta que la muerte nos separe” dejó de valer y, por tanto, no está vigente. Las cosas no salieron tal como esperábamos, no nos entendemos, lo hemos intentado, pero… Más vale separarse que machacarse día tras día con enfrentamientos humillantes para ambos y malestar para los hijos.

Es importante saber y tener en cuenta que una familia llena de conflictos es mucho más perjudicial que la misma separación y que contar con la presencia del padre y la madre en el hogar no garantiza la felicidad o el desarrollo óptimo de sus miembros en dichas circunstancias de guerra psicológica y muchas veces física. Maltrato conyugal.

Posiblemente pensemos que es muy fácil emitir juicios de valor sobre este asunto. La casuística es tan amplia como parejas hay. Sin pretender agotar el tema ni menospreciar a los adultos implicados, me centraré en los desperfectos colaterales ocasionados a los hijos, si los hay. En este caso, había dos niñas encantadoras, Lamentablemente son las grandes perdedoras en esta ominosa contienda, porque eran las más frágiles y estaban indefensas.

Una separación conlleva, por su propia esencia, una dosis de hostilidad entre los padres. Si la hostilidad persiste después del divorcio, es difícil que no afecte a la convivencia de los hijos. Si la discordia se traslada a los hijos, intentando que tomen partido o que vean a la otra persona como un ser con muchos defectos, están haciéndoles un flaco favor.

Parto del hecho cierto que hay exmaridos y exesposas, pero no debe haber expadres, salvo por desgracia, cuando la muerte está por medio. En el sonado caso de Tenerife nos topamos con un monstruo capaz de asesinar (“matar” suena a poco) a dos inocentes niñas para martirizar a la madre. No olvidemos que también son sus hijas.
La maldad, por parte del padre, brota como un veneno cruel. Nos enfrentamos a un crimen repugnante. El padre opta por matar a las hijas para que la madre sufra y, en lo que le quede de vida, se sienta culpable de dichas muertes.

La muerte de las niñas tinerfeñas, amén de ser un crimen, representa toda la venganza y maldad del padre contra la exmujer. En una separación y, de cara a los hijos, es básico tener en cuenta y claro algunos aspectos. Los hijos nunca, nunca, deberían ser moneda de cambio.

Razones para separarse puede haber muchas. Infidelidad de uno o de los dos miembros de la pareja. Celos de uno de ellos con o sin fundamento puede ser otro motivo y causa para separarse. Que dicha separación sea la mejor opción para ambos vale como una alternativa a frustraciones, peleas y enfrentamientos cotidianos.

¿Quién es capaz de matar a sus hijos? La psicología puede que nos dé explicaciones de la mente retorcida y malvada de este tipo de asesinos. Pero sigo haciéndome la misma pregunta, primero como padre y después como abuelo. Una noticia reciente nos dice que en España hay más de 355 niños protegidos por la autoridad porque sus vidas corren peligro por parte de uno de sus progenitores. Tremendo.

PEPE CANTILLO

jueves, 3 de junio de 2021

  • 3.6.21
La línea de trabajo que intento desmadejar alude a esa persona que cuida día tras día, sin abandonar la trinchera. Suele ser el caso de parejas ya mayores que están solas ante el peligro y uno de los dos entró en la jaula de la dependencia. Y, por lo general, sin hijos disponibles, si es que los hay. ¿Eso es posible? Lo es, aunque hay que bordear muchos muros y evitar socavones.


Me centraré en la persona que cuida y en algunos de los problemas que surgen a lo largo de dicha actividad y cuya labor abocará necesariamente a convertirse en el “cuidador”, figura que está recogida en el llamado “Síndrome del cuidador quemado”. El tema es amplio y da para mucho. Solo enhebraré unas líneas.

Cuidar personas dependientes está claro que no es un pasatiempo. Intentaré ofrecer los rasgos más sobresalientes de quien cuida y que, poco a poco, le transportan al referido síndrome. Entramos en el terreno de personas maniatadas física y psíquicamente como cuidadoras de un familiar.

¿Quién cuida? Por lo general –hasta ahora– quien cuidaba solía ser la mujer. Resalto que la mujer es mejor cuidadora pero ello no exime al hombre de dicha obligación. De entrada, el cuidador asea, viste, da de comer, sale a pasear –si ello es posible–, comparte lecho y se levanta cuando la persona cuidada necesita ir al baño.

Quien cuida pronto desfallece, no porque sea blando ni gandul sino porque cada paso que da, cada día que pasa, depende más de la persona dependiente. No estoy haciendo un juego de palabras: solo intento describir una realidad dura, agobiante, que por lo general no se ve desde fuera, según me dice Federico.

Daños o ampollas que van acumulando pus en el cuidador son el cansancio, la falta de sueño, el comer deprisa y corriendo, perder las relaciones sociales, soledad continuada, dejar de cuidarse a sí mismo. Esto último es una contradicción puesto que si el cuidador no está en condiciones sufrirán tanto él o ella como la persona dependiente.

El cuidador posiblemente sabe bien qué es lo que está haciendo, pero hay una serie de exigencias morales que impulsan hacia adelante, sobre todo cuando la relación con la persona que cuida es de primera línea. Es decir, cuando estamos frente a la esposa, el marido, un hijo…

El cuidador sabe que el sacrificio total carece de sentido pero el compromiso moral es más fuerte hasta el punto de que si se abandona dicho cometido y ocurre algo, el cuidador se sentirá culpable para el resto de su vida.

¿Salidas de dicha situación? Abandonar el tajo se hace imposible. ¿Pretende sentirse un héroe y que los demás le alaben? Creo que los tiros no van por ese derrotero. Es cierto que cuidar requiere cuidarse, pero el compromiso contraído con la persona afectada es tan fuerte que abandonar no entra en los principios de comportamiento personal libremente elegidos.

No es mi intención hacer una crítica negativa pero sí advierto que cuidar de otra persona es una proeza que a veces –con frecuencia– puede desbordar el río de la entrega y hasta ahogar la generosidad del cuidador. Llegará un determinado momento en que su labor le agobie, situación que se manifestará en un agotamiento que, a la larga, se hará crónico.

¿Quién cuida al cuidador? Esa es la pregunta del millón que trataré de abordar en otro momento. Dicha persona ¿necesita ser cuidada? No hay duda de que el cuidador se aísla y cambia su ritmo vital. Pierde interés por sus actividades, pierde apetito y cada día que pasa come menos, come mal y pierde peso.

La nueva rutina le aleja de actividades que le eran habituales, el agotamiento emocional o físico dan paso a la irritación que, a su vez, le enrabia y brota aun más una fuerte irritabilidad. Mal panorama presenta la situación pero no hay otra posible alternativa salvo el abandono, cuestión ésta que no acepta su fuero interno, es decir, el compromiso hecho consigo mismo.

El agotamiento va apareciendo conforme la rutina diaria empieza a ahogarle y si además está “solo ante el peligro” y no recibe la ayuda que necesita o si intenta hacer más de lo que puede, ya sea física o financieramente, entonces se incrementa aun más el malestar.

Al cuidador llegará un determinado momento en que su labor le agobie, situación que se manifestará en un agotamiento que, a la larga, se hará crónico. ¿Qué indicios avisan de que el cuidador está haciendo agua? “Hacer agua” viene a significar que alguien está fracasando en un determinado cometido (usar la expresión en plural indica orinar).

El pesimismo y la negatividad brotan a la menor contrariedad en la persona cuidada. Las lágrimas silenciosas se escurren por los vericuetos del rostro. Veinticuatro horas al pie del cañón día a día, mes a mes, año tras año, es un compromiso que deja huella física y psíquica en el cuidador.

El trabajo que realiza es digno de tener en cuenta pese a que se encuentra con muchos inconvenientes que poco a poco se convierten en serios obstáculos El cuidador de 24 horas pronto hace agua, tanto física como psíquicamente, por distintos frentes y los síntomas se manifiestan a buena velocidad.

Por lo general, la soledad y la frustración hacen que se hunda con rapidez. Digamos que el resto de la familia se despreocupa del tema, razón por la que el cuidador se sentirá aun más chafado. La frase crónica de familiares es siempre la misma: tú llama cuando nos necesites. El orgullo le tapará la boca.

La desgana brota poco a poco y llegará un momento en el que deseará que mañana no amanezca. Síntomas claros son el estrés y la depresión. El primero suele rellenar gran parte del día y la depresión va creciendo como mala hierba y a rachas.

Además hay que añadir otras señales más frecuentes como el agotamiento, tanto físico como emocional porque se encuentra indefenso, lo que dará paso a sentirse triste y con grandes dosis de malhumor. El motivo que perfila lo anteriormente citado es que no ve salida a la situación, cuestión que le puede provocar un imperioso deseo de poner fin a todo, tanto para él como para la persona cuidada. Quede claro que no lo verbalizará, aunque afloren algunas señales.

En definitiva, el cuidado del otro monopoliza a quien cuida y, sin que se dé cuenta, va perdiendo capacidades que le fuerzan más a no querer tirar la toalla. ¿Contradicción? Sí porque si pierde capacidad de cuidar y, además, no se cuida a sí mismo, mal podrá cuidar a la persona dependiente. Estamos ante “la pescadilla que se muerde la cola”.

¿Cómo ayudar a ese tipo de cuidador? Buena pregunta, pero cae en saco roto puesto que si el cuidador es alguien dispuesto a morir con las botas puestas, nada se puede hacer. Y si no hay fácil acceso a otro familiar poco cabe esperar para que cambie la situación. ¿Contratar a alguien? "Sería una solución, pero incluso pudiendo pagar a una persona externa, esta batalla es mía", aduce Federico.

Finalizo estas líneas de hoy con una frase solemne pero que viene a resumir toda la acción, todo el trabajo, todas las alegrías y frustraciones que puede sufrir la persona que cuida. La frase es lapidaria pero merece que la degustemos por el valor que encierra: “El mejor regalo que podemos hacer a alguien que amamos es nuestro tiempo; con él estaríamos dándole una parte de nuestra vida”.

PEPE CANTILLO

jueves, 20 de mayo de 2021

  • 20.5.21
Cuidar a una persona discapacitada no es labor cómoda ni gustosa. Es una obligación. Remito al caso de Federico, del que ya he sugerido algunas ideas en entregas anteriores, en las que he intentado transmitir el sentir de ambos. Lo único que puedo añadir es información de diversas fuentes que tratan sobre la labor del cuidador y de sus dificultades.


La persona discapacitada necesita de alguien que le atienda y le cuide durante las veinticuatro horas del día. Dicha circunstancia se define como la “situación de la persona que por sus condiciones físicas o mentales duraderas se enfrenta con notables barreras de acceso a su participación social”. Así queda registrado en el artículo 49 de la Constitución y definido por la Real Academia Española (RAE).

Del diccionario han desaparecido “inválido” y “minusválido” por considerarse no correctas. Cambiar el nombre por una palabra “políticamente correcta” no soluciona el problema. Estamos ante una persona que necesita ser atendida las veinticuatro horas. ¿Por quién? Acudimos a cuidadores para asistir debidamente a tales personas.

Indudablemente, el binomio paciente-cuidador presenta muchos resquicios por los que se deslizan los momentos diarios. Todo depende de lo activo-pasivo que sea el paciente (“persona que padece física o corporalmente…”), de lo que pretenda dirigir o dejarse llevar, de lo sufrido o exigente que pueda mostrarse...

Al cuidador le ocurre otro tanto, entrando en litigio ambos al socaire de leves o no tan leves encuentros por no estar de acuerdo en cómo enfrentarse a las diversas incidencias que les van envolviendo en cada tramo de la jornada. Quede claro que vivir dependiente de los demás para todo es duro y desde luego difícil (diría imposible) de soportar.

Literatura sobre cuidadores (ellos o ellas) de pacientes hay bastante aunque, por lo general, poco conocida. ¿Por qué? Un posible motivo creo que reside en que quien cuida a una persona dependiente, mayor o joven, suele ser un rol que cae dentro de la familia en la mayoría de casos y su atención está mejor o peor asumida como un deber familiar.

Por cierto, como no podía ser de otra manera, la mayoría de cuidadores hasta ahora eran mujeres que comparten la actividad de cuidar con otras obligaciones familiares. En este tema también van cambiando las circunstancias. Ya era hora.

Se viene hablando en el terreno sanitario del síndrome del cuidador, que es poco conocido y al que casi ni se le daba importancia, aunque sí está documentado. De hecho, ante la hecatombe pandémica han surgido bastantes servicios dedicados a cuidar, la mayoría de ellos privados

Habría que distinguir dos espacios de presencia del cuidador: el domicilio particular y los hospitales para enfermos de larga duración por daños varios. Añadamos a personas mayores con problemática variada que quedan a cargo de alguien. Si la familia puede pagar tienen un cuidador a tiempo parcial, normalmente emigrantes mal pagados.

Los cuidadores a los que se refiere dicho síndrome, por la literatura consultada, suelen ser más variados en sus categorías. ¿Quién hace de cuidador? Por lo general, un familiar (esposa, madre, hermana, hija; algún padre, marido, hermano o hijo). ¿Por qué? Las estadísticas dicen que la mayoría de cuidadores son mujeres, repito, dado que los varones rechazaban de una manera u otra dicha actividad.

El cuidador de veinticuatro horas, por lo normal, es un familiar directo de la persona afectada. Y aquí surge el problema del dichoso síndrome. ¿Razones? Una primera es afectiva. Siempre se supone que un familiar dará más cariño que un extraño. No he dicho que lo hará mejor sino que se entregará con más afecto. Se supone.

Una segunda razón puede ser económica. Ya que estamos, en la mayoría de casos, ante pacientes de larga duración que necesitan atención día y noche y en lo económico no está el horno para bollos. Insisto en que pesa más el matiz afectivo que el pecuniario. Pero ello no quita otras posibles opciones.

Otro detalle que se debe tener muy en cuenta: si la persona impedida no tiene conciencia de su situación, quien le cuide decidirá todos los pasos que hay que ir dando con respecto a comida, limpieza, atención en general...

Si la persona dependiente está en pleno uso de sus facultades mentales, no así de las físicas, intentará mandar y dirigir qué es lo que tienen que hacerle y cómo. Aquí aparece la confrontación paciente-cuidador. El tema puede dar bastante de qué hablar.

Más detalles. El enfermo sufre distintas dolencias. A la causa principal por la que está imposibilitado hay que añadir un prolongado tiempo encamado, cuya consecuencia es un magullamiento corporal insoportable que acrecienta posibles dolores. A nivel físico, el tema es duro.

En el aspecto psicológico, los males se acrecientan. Poner la mente en el foco del dolor físico aumenta más dicho malestar. Reniega, nada le viene bien. Aquí se resiente uno de los significados de paciente –aguantar, soportar–. Por supuesto, hablar es fácil y estar impedido por enfermedad, dolencia o el achaque que sea, no es nada soportable.

El cuidador poco a poco se solivianta ante tanta queja, se incomoda porque no siempre es fácil estar al quite con una sonrisa, con un gesto amable...El transcurrir del tiempo en el cuidado deja honda huella en quien cuida a diario.

Los tipos de cuidadores son varios y su modo de actuar, también. No es igual ser el marido o la esposa del paciente que el hijo o la hija. Estos últimos es posible que aguanten mucho más la situación de sobrecarga y, por ende, traten más delicadamente a la persona enferma si ésta es la madre. ¡Cuidado! La sintonía madre-hijos es distinta.

También la actitud del enfermo cambia respecto a ellos. La madre soportará más la situación por miedo a agobiarlos con sus males. Otro tipo de cuidadores puntuales (amistades) se mantienen mejor en los momentos álgidos y aguantan más o, dicho en otros términos, exteriorizan menos su posible aprieto.

En todas las modalidades, si se está mucho tiempo con el paciente, caes prisionero de sus males, sus quejas te agobian, sus salidas de tono te sublevan, sus exigencias desesperan... En el campo de cada modelo de paciente-cuidador el abanico es amplio. La entrega, diversa. La consideración mutua y peliaguda, forzada.

Una cuestión queda bastante clara. El tiempo que transcurre es tedioso. Ambos sufren. El enfermo por su mal como es normal, cuya intensidad sube o baja según días y horas; y el acompañante por su imposibilidad de poder mejorarle la situación de dolor y malestar.

Ambos tienen la vida rota en el caso de tener lazos íntimos de unión. La amargura se derrama, sale a borbotones de los ojos que otean el tiempo futuro sin confianza, sin horizonte porque la esperanza quedó enganchada en aquel maldito día en que se produjo el mal que ahora se padece.

Quien cuida puede ser alguien a perpetuidad con todos los inconvenientes que ello causa. El modelo anterior podría ser sustituido por un familiar de relevo temporal, cuyo objetivo sería descargar al cuidador habitual para que descanse. No suele ser muy frecuente dicha sustitución porque siempre surge algún impedimento.

Resumiendo un poco. Dependiente y cuidador están descolocados y desconectados del mundo exterior. Indudablemente, el enfermo sufre en su propia carne las dentelladas del mal-estar, mal-vivir. El cuidador los bocados hambrientos del dolor que terminará por hacer suyo con daño y detrimento para ambos, convertido también en paciente en el sentido amplio de la palabra.

Ambos están sumergidos en un pozo de dolor, frustración, amargura y con ganas de tirarlo todo por la borda para que termine el suplicio. Los días transcurren entre tormenta, truenos y relámpagos de rabia, algunas nubes pasajeras y a veces se filtra por la mente obturada un débil rayito de sol que permite pensar que mañana será otro día.

Ese rayo de luz es traducido a un despuntar de esperanza aunque sea incierta y esté lejana. La esperanza, se dice, es lo último que se pierde. Suena bonito –y, valga la redundancia, esperanzador– pero no deja de ser un deseo que a veces ni tan siquiera florece. Visto todo esto a toro pasado y a pleno sol suena a exagerado, derrotista... Pero esa es la cruda realidad.

Queda por hablar del “síndrome del cuidador” explicitando más en qué hay que hacer mella e insistir para completar el recorrido. Mañana será otro día.

PEPE CANTILLO

jueves, 6 de mayo de 2021

  • 6.5.21
Arranco estas líneas con los comentarios de Federico, un amigo que está viviendo su amor con Marisol “con la esperanza en el mañana y alimentada desde cada momento presente”. ¿Qué quiere decir con este acertijo? A lo largo de unas horas de tertulia fue desgranando parte de esa “esperanza para mañana”. Federico comparte su vida con la malograda supervivencia y el aguante que le echa Marisol a los tropezones de su vivir.


De Federico y Marisol ya conté algunas cuestiones en la entrega anterior. Hoy presento algunas cosas más concretas, que se enmarcan dentro de su estrecho mundo, ofreciendo algunos detalles más que me permite contar. Sigo respetando el anonimato de su identidad por petición personal.

Federico dedica todo su tiempo al cuidado y atención de Marisol. Hablamos siempre que encontramos un hueco entre los distintos menesteres que consumen las horas del día a día de esta pareja, de las pequeñas alegrías envueltas unas veces en el papel de seda de una sonrisa o de las tristezas y sinsabores que se amontonan en una anodina bolsa de basura que, como tal, es “insignificante e insustancial”.

El desafío más grande para una pareja reside en ser capaces de cuidar(se) el uno al otro cuando las circunstancias son adversas para uno de los dos o para ambos. Los avatares de la vida no siempre te llevan por donde te gustaría, ni tampoco te concede (la vida) todo lo que desearías para ser supuestamente feliz.

Aunque en el fondo de toda esa deseada felicidad, entendida como “estado de grata satisfacción espiritual y física”, siempre subyace el cumplir con lo que esa misma vida te pide. Amor, entrega, sacrificio, generosidad… juegan contra egoísmo y comodidad.

La felicidad no es un estado permanente sino la suma de momentos que pueden pintarte una sonrisa, a veces fugaz como la de esas estrellas que rasgan la oscuridad de la noche en un destello veloz o como un suspiro que se escurre entre los labios. Otras veces el horizonte se nubla de la tristeza que humedece al corazón.

Dentro de una pareja enlazada por la palabra “amor la vida se desliza entre alegrías, sufrimientos, esperanza… Ambas personas quedan conectadas de propia voluntad por un afecto continuado hasta que un tropezón las separe. Antes nos decían “hasta que la muerte os separe” en referencia directa a que el matrimonio era para toda la vida. Empleo tropezón porque es el origen de sus males y está muy enraizado en su vivir diario.

Actualmente, insiste Federico, el vivir en pareja se ha convertido en una situación frágil, a veces tan efímera que suele romperse por nimios detalles. Prueba de ello son las múltiples separaciones que terminan en un rotundo y a veces mortífero adiós. “No te aguanto…, no me aguantas… ¡Ahí te quedas!”.

Una pequeña matización por mi parte. La muerte actualmente y en las relaciones de pareja a las que hace referencia Federico no se refiere al “término de la vida física” sino a que cada uno tome el camino que más le convenga. Digamos que el morir de una pareja solo viene a significar separación de la misma aunque las consecuencias sean graves para toda la familia.

El amor también tiene sus momentos grises cuando las lágrimas del derrotado se escurren desde el cielo de los ojos. ¿Razones? Muchas y ninguna, todas y pocas. Cuando el corazón se ofusca por los rayos y relámpagos del dolor y no puede hacer nada hasta que la tormenta amaina, salvo esperar a que pase la borrasca, entonces ambos se hunden.

Ella gime en silencio y a Federico se le atragantan las palabras. A lo más, dice, puedes ofrecer un tímido beso, posiblemente robado para conseguir, en el mejor de los casos, que no se inunde la esperanza evitando así que ella no se ahogue en la salada charca de una tormenta de lágrimas.

Esperanza, palabra mágica, sugerente que más parece un meteorito fugaz que nunca sabes si caerá en el espacio, destrozando todo lo que encuentre a su paso. La esperanza es esa lluvia mansa que esperas a que riegue el futuro inminente del siguiente segundo.

Los bien intencionados te dirán que siempre queda la fe, tanto para los que creen en alguien o en algo no presente como para los que esperan ver el horizonte cuando salga el sol. Pero ¿saldrá el sol? La pregunta se aleja dejando un rumor de eco mortecino.

Mientras tanto se comparte la caridad entendida como “actitud solidaria con el sufrimiento ajeno” que proviene de los demás. Dicha actitud siempre va cargada de cariño pues, en caso contrario, suena a drama –entendido “como acción realizada para fingir o aparentar”, es decir a algo “fingido o simulado” que es lo que se entiende por falsa–. “Falso hace referencia a alguien “que miente o que no manifiesta lo que realmente piensa o siente”. De todo hay en estos dramas.

Y pronto explota. Ella será la que riegue el barbecho arrancando terrones de dolor. Federico se queda abstraído volando por las playas donde antaño soleaban las arenas donde se envolvía Marisol. El cariño se acurruca al borde del dañado amor.

Pero ¿qué es el amor? Amor no es decir te quiero; mucho menos es regalar cosas por muy bonitas, caras y lucidoras que sean. Amor no es satisfacer todo lo que nuestra capacidad posesiva desee. Amor es dar a cambio de nada, es ser capaz de autonegarse para que el otro o la otra pueda salir adelante por los senderos del vivir, pueda seguir caminando hacia un horizonte desdibujado por la gris lejanía. Federico suspira.

Amor es prescindir del yo para cuidar, regar, abonar el tú. Es amasar el valor de la generosidad donde el yo se derrama hasta caer rendido con las fuerzas al límite. El amor siempre está, debe estar, desnudo de egoísmo (yo-mismo) porque se da al tú con todas las consecuencias.

Aquí sí que valdría aquello que predica la religión cuando incide en “un hasta que la muerte os separe”. No hacen falta prédicas cuando la palabra “amor se vive en toda su plenitud. Tampoco necesita dicho amor de días especiales vendidos a la interesada religión del comercio, a la que solo le importa llenar sus modernas catedrales repletas de atractivo pero que no siempre ofrecen necesarios artículos a la venta.

El amor no se siembra, retoña desde las cavernas del corazón pero sí se cultiva, se cuida cuando los tiernos brotes apuntan en la parcela de cada cual. Y se abona, se le escardan los yerbajos (malos momentos) y mientras más flores le cortas más le nacen. Son generosas yemas que como “brote embrionario” se abren al calor del cariño, porque por cada gesto desinteresado germinan en el corazón del otro, capullos de rosas preñadas de sonrisas y perfumadas de dulzura. A veces las espinas son traicioneras.

Amor, esperanza, fe, sacrificio, negación, prioridad del otro, depresión, frustración, amargura, dolor, desesperación, impotencia… son parte de las amapolas que, entremezcladas con espinos, ortigas y rodeadas de abrojos, bordean la vida de dos personas que el destino unió hasta que ellas quieran. Cobarde sería abandonar la partida cuando vienen serios contratiempos.

Amor –o, si lo prefieren, cariño–, dice Federico, es el mejor regalo de un san Valentín, o de un san Cucufato o de un día cualquiera continuado en la vida de dos personas. Este comercio no ofrece bisutería barata. Regala horas de sueño, ofrece la palma de la mano para dar unos pasos titubeantes, esperanzadores y, sobre todo, una sonrisa furtiva cuando asoma en un paisaje difuso un suave airecillo de posible mejoría. En ese tiempo personal de continuado invierno que se filtre un rayo de sol es un regalo que no tiene precio.

Por cierto, san Cucufato, a nivel popular, es a quien se recurre, en plan borde, cuando algo se pierde en una casa y no hay manera de encontrarlo. La invocación es curiosa: “San Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato: si no me devuelves lo que busco, no te los desato” Exigente y borde petición.

Termino estas líneas recolectando una sonrisa de ambos porque les recuerdo que estamos (estábamos) en el Día de la Madre, una de tantas fechas declaradas de interés comercial. Calma, ya sé que suelen ir envueltas en el papel del cariño, por lo general.

¿Cuántas fechas declaradas de interés (comercial) tenemos a lo largo de un año? Unas pretenden regalar cariño; otras, recordar hechos célebres importantes; otras (la mayoría), vender algo. Día del Padre, de la Madre, de los Abuelos, Día Internacional de las Viudas, del Lector, del Libro, del Espectador, de las Mascotas, de las Sonrisas, de los Abrazos, de los Enamorados. La ristra de celebraciones sería interminable y no merece la pena seguir con ella.

PEPE CANTILLO

jueves, 22 de abril de 2021

  • 22.4.21
Octubre de 2016 fue un mes que cambió la vida de mi amigo Federico y de su compañera Marisol. Acontecimiento aciago dentro del cual nadan dos personas que, a veces, parecen estar a punto de ahogarse. En otros momentos emergen a la superficie, respiran hondo y enjuagan el mal sabor de boca que les dejó un instante anterior.


Un escalón de entrada (rebate o sardinet) traicionero y camuflado en color negro intenso semejante al del azabache provocó una caída de bruces casi mortal para Marisol que, a partir de entonces, torció sus andares. Su futuro vivir se encadena al dolor y al sufrimiento, a quirófanos y a camas hospitalarias y a una dependencia casi total. Su vida dio un giro total.

Ironías del destino. Ambos se han ido de excursión, por unos días, a los llamados “pueblos negros” situados en el corazón de Guadalajara. En un pueblo cualquiera de dicho destino a Marisol le espera la discapacidad. La pérdida de la autonomía personal se ha adelantado a la guadaña mortífera de los dioses.

Gea, diosa de la fertilidad, de la vida y de la muerte, le dejará vivir posiblemente porque aun tiene trabajo pendiente en este mundo a veces confuso y poco amistoso. Le esperan unos nietos que actúan como mágico analgésico mitigando los dolores que recorren el dolorido cuerpo transcurrido el accidente. Marisol sufre, unas veces en silencio, otras deja que resbalen por su rostro unas furtivas lágrimas imposibles de reprimir.

Dice Federico que Valverde de los Arroyos –así se llama el pueblo que está incrustado en la serranía– les deja atascados para el resto de su deambular por el mapa peninsular. Era la segunda vez que llegaban hasta los “pueblos negros”.

Seguro que no podrán volver más porque un mísero escaloncillo que daba paso a otra dependencia les cierra el territorio y su entorno. Ya no volverán a recorrer ni pueblos negros, ni pueblos relucientes de blanca cal anclados en el sur de la Península.

El cuerpo humano tiene sus limitaciones y ellos han tocado fondo en ese curiosear turístico, buscando un pueblo singular y bonito o las históricas ruinas de otros momentos vividos en esta piel de toro. Siempre les encantó remolonear por valles o suaves colinas para disfrutar de un horizonte plantado de árboles que esconden peñascales solitarios.

Coincidencias, casualidades, jugarreta del destino o, simplemente, una parada obligada en el recorrido vital de ambos a partir de ese momento. El vivir diario se convierte en un mar de lágrimas que anegan el rostro de Marisol y se niega a aceptar un conformismo nihilista.

La realidad es tozuda y frena esa movilidad inquieta que quedó almacenada en las extremidades inferiores, cuyos músculos se irán haciendo flácidos y poco andadores con el transcurrir del tiempo. A partir de ese momento, el sendero vital de ambos discurre por vericuetos que jamás desearon y menos aun imaginaron. Han entrado en la llamada dependencia, por la necesidad las veinticuatro horas del día, de un cuidador.

El caminar diario se obstruye a causa de un deterioro muscular que el fortuito accidente acrecienta por momentos. Medicina e ilusiones por rellenar son incompatibles en este caso. Marisol ya no sueña con parajes seductores de su curiosidad. Sufre la impotencia de unas piernas adormecidas que titubean al menor esfuerzo andarín.

Poco a poco el horizonte sembrado de negras nubes, se ha ido limitando a cicateros claros que un vientecillo suave y bonachón permite contemplar de hito en hito, algo más allá del raquítico contorno que burlón asoma entre unas confusas cortinas.

La memoria de Federico le canturrea “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. La tristeza nubla su cantar porque llora la dificultad andariega que atora las piernas de Marisol.

En los oídos de Marisol resuena hiriente la voz del poeta cuando anuncia “caminante no hay camino, se hace camino al andar y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Es duro admitir ese “nunca” cuya negatividad perfora tanto el cuerpo como las ilusiones.

No hay camino, “solo estelas en la mar” que las pinta un vientecillo suave, mientras Marisol desde su impotencia unas veces piensa y añora momentos pasados, otras deja que de sus ojos se descuelguen unas lágrimas silenciosas. La canción les suena a ambos como una burla del destino: “…no hay camino, sino estelas en la mar”.


Marisol y Federico, tanto monta, monta tanto, han tenido que fondear su velero en un recóndito espacio que frustra todas las ilusiones por vivir. La esperanza se amodorra lenta y en silencio en el fondo de los días que, cansinos, se desprenden de un calendario vital ya maltratado de por sí. Los deseos, carcomidos por el gusano de la impotencia, explotan como globos que el sol hubiera licuado su textura.

La vida es el camino que nos toca vivir. Dicho sendero unas veces lo trazamos cada cual; otras se interponen en nuestro caminar accidentes que nos acorralan e impiden el paso de nuestro navegar. Pero no queda más alternativa que continuar.

Atrás irán quedando sueños, tropezones y, sobre todo, momentos: unos llenos de flores teñidas de felicidad; otros menos felices y que en su minuto nos provocaron lágrimas cargadas de dolor. Aun así, el recorrido vital depende en parte de cada uno de nosotros hasta que llega el final y caemos en manos de la muerte.

Lo que venga después de dicho final terrestre se desdibuja en un enigma al que cada cual le da un fin según creencias o convicciones religiosas, éticas o políticas a las que se está fuertemente adherido. Abrimos camino y quedan nuestros pasos marcados en un pasado. Andamos caminos y nuestras pisadas van dejando huellas como recuerdos para los demás.

Federico dedica todo su tiempo al cuidado y atención de Marisol. Hablamos siempre que encontramos un hueco entre los distintos menesteres que consumen las horas del día a día de esta pareja, de las pequeñas alegrías envueltas unas veces en el papel de seda de una sonrisa o de las tristezas y sinsabores que se amontonan en una anodina bolsa de plástico olvidada en un rincón cualquiera de la roída memoria. Federico suspira…

PEPE CANTILLO

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