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sábado, 2 de mayo de 2020

  • 2.5.20
Escucho los aplausos desde mi ventana todos los días a la misma hora. Es un ritual bonito que, por unos segundos, nos hermana y nos saca de la rutina del aislamiento. Y estoy segura de que todos aquellos a los que van dirigidos lo agradecen y se sienten reconocidos por su gran labor.



Pero yo he estado pensando que los aplausos se los lleva el viento y, a lo mejor, desde hoy que estamos empezando a salir y nuestra vida, poco a poco, vuelve a tener cierta normalidad, nos olvidamos de estas personas que cada día están en primera línea de fuego ante un enemigo invisible.

No sé, pero yo creo que, a lo mejor, ellos y ellas preferirían otro tipo de reconocimiento. En el caso de los sanitarios, seguro que agradecen tener contratos de trabajo más estables, no de días sueltos como han tenido hasta ahora en muchos casos. O jornadas más acordes con la condición humana, que no soporta estar 24 horas sin dormir varias veces al mes y tener la lucidez necesaria para atender a un enfermo.

Tampoco les vendría mal que contrataran a más gente y ampliaran el número de camas en los hospitales para poder así atender con calidad y humanidad a la persona que viene con una dolencia o un mal y deje de ser un número en una camilla de un pasillo. Sé de lo que hablo porque he estado varias veces en Urgencias y en lista para pruebas.

Si hablamos de empleados de supermercados, estarían muy agradecidos si toda esa gente que aplaude con fuerza a las ocho de la tarde los tratara con el respeto debido, y se pusieran en su lugar como trabajador con limitaciones, que no puede responder a todas sus egoístas exigencias. Un "por favor" y un "gracias" es mejor que hacer ruido con las palmas de las manos.

También tenemos a los Cuerpos de Seguridad del Estado: ellos merecen un salario justo que esté en relación con la exigencia de su trabajo. Los policías nacionales, por ejemplo, estarían contentos, supongo, si tuvieran más compañeros para patrullar las calles y perseguir los delitos, y no dejar desatendidas ciertas funciones por falta de personal. Un amigo se queja de que no dan abasto.

Los transportistas necesitarían más descanso y jornadas menos eternas. Y así con todos esas personas de carne y hueso que están manteniendo este país ante una pandemia mundial. Sería bonito que los viésemos como seres humanos con limitaciones físicas y psíquicas, y los cuidásemos mucho para que estén bien y sigan haciendo de héroes.

Claro, pero para esto habría que observar la gestión de cada mandatario político, para ver cómo los trata, cómo los cuida, no solo cuando el país roza el colapso, sino siempre. Y alguna gente aplaude, remueve aire y no le importa a dónde van a parar sus impuestos, ni si se invierte en educación, sanidad, investigación o en gastos sociales que protejan a ese prójimo que no es invisible, sino que tiene rostro. Un rostro lleno de dolor y de miedo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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