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sábado, 26 de octubre de 2019

  • 26.10.19
Sale descalza, como siempre, llenando el escenario con su seguridad y con su magia. Ataviada con un vestido en dos cuerpos de tela africana, de vivos colores y unas mangas de volantes, como claveles abiertos. Empieza la ceremonia con su persignación y le sigue un ritual de agua que, si bien no es bendita, crea un clima místico.



Ella es fuerza y energía bonita. Su atuendo reverencia a sus orígenes, a la África de sus ancestros, sin olvidar su mundo de adopción: el flamenco. Ella humildemente cuenta que no canta flamenco pero después de escucharle Mi niña Lola sabes que miente.

Su voz son guijarros esculpidos por el mar, que ella mueve a su antojo como si estuvieran dentro de un palo de agua, dejándote con una resaca en la que siempre quieres más. Dos horas no son nada.

Comienza el hechizo protagonizado por cinco mujeres, donde Concha Buika es la bruja suprema. Junto a ella, una percusionista que disfrutó como una niña en su cumpleaños y que supo acompañarla siempre. Una bajista sentada con elegancia que dio contexto a las canciones que se iban hilvanando como cuentas de un collar que une el jazz, el soul, la música caribeña y el cante que sale de las tripas. La teclista, menuda y oriental, nos hacía no olvidarnos del otro gran continente: Asia. Y una rubia alta teñía de terciopelo con su saxofón todo el conjuro.

Ojos cerrados y sonrisa abierta a la paz. Ella es la maga de los susurros, de los cantes sedosos, de los altos desgarrados. Cualquier tema que pasa por sus cuerdas vocales lleva su sello para siempre. Sin pretensiones, gobernada solo por el sentimiento.

Va poco a poco introduciendo sus canciones, sus historias de vida. No se quería ir y nosotros queríamos quedarnos a vivir en su esencia. Se le puede gritar “viva la madre que te parió” por cómo canta. Su elegancia en el paso arranca “olés”. Su cuerpo no necesita bailar: solo con moverse un poco es como un flan cubierto de rico caramelo que sí que se cimbrea con el viento de los instrumentos.

En la segunda parte subió al escenario a un guitarrista flamenco y a dos percusionistas que competían con la caja y los timbales. Ahí vino la concha que me gusta, la que se desgarra, la que se desnuda y nos habla de su vida. De una vida hecha para vivirla sin obviar el sufrimiento.

No recuerdo todo lo que cantó, me duró un suspiro su actuación. Nos dijo hasta siempre con Mi niña Lola. Y a mí me dieron ganas de gritar: “Qué idiota tu padre, que se marchó y se perdió a este pedazo de hija”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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