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jueves, 27 de junio de 2019

  • 27.6.19
En medio de la vorágine de negociaciones políticas para formar gobiernos, seguimos viviendo las consecuencias de la Crisis y del Movimiento 15-M. El principio camusiano de que todo revolucionario acaba convirtiéndose en opresor o hereje sigue vigente, así como la falta de un plan para el país. Nuestros políticos y medios de comunicación mayoritarios nos vuelven a marear con ese falso debate, nacido de la ausencia de ideas, que son las dos Españas, y perdemos la perspectiva de lo relevante.



En un momento en que el Capital es global y en el que las grandes potencias mundiales tienen una extensión prácticamente continental, la unión en grandes entes internacionales es una necesidad para la supervivencia. Y para hacerse oír en estas instituciones, hace falta un Estado fuerte.

En el caso de las relaciones entre España y la Unión Europea, necesitamos un Estado fuerte y con control pleno del país. Un Estado que respete la identidad y las tradiciones de sus naciones y regiones, pero que tenga control pleno de la economía, la educación y de los servicios sociales. Las competencias deben ser inamovibles, el modelo de financiación claro y, por encima de todo, simétrico, capaz de dirigirnos al ideal del Estado del Bienestar.

Mientras que seguimos encerrados en un debate anticuado y sin sentido, contemplamos que ningún partido tiene un plan claro para España. País Vasco y Cataluña son los claros ejemplos de este hecho. Habrá dos Españas, según estas personas, pero lo cierto es que en Cataluña vivimos con claridad que la Izquierda (ERC) y la Derecha (postconvergentes) se han unido para mantener su chiringuito común.

Y esa realidad es la que vivimos a diario. ‘La pela es la pela’, la ideología muta en excusa y la infoxicación nos marea. Sin embargo, el auténtico debate esencial del país es la elección entre un Estado fuerte en Europa—insistimos, dentro del respeto a las diferentes identidades—, o la balcanización y la irrelevancia. Lo demás es paja.

Mientras que sigamos encerrados en los debates de las dos Españas, solo mediocres como Sánchez, Iglesias, Abascal y compañía obtendrán beneficios. Ellos, y los dueños de los chiringuitos multilingües.

Es la asimetría entre comunidades autónomas la que ha mantenido las desigualdades en España —en Andalucía lo sabemos bien—, y si queremos un futuro para los andaluces y el propio devenir del andalucismo, el camino no es imitar a los nacionalistas. Al revés, es aportar un apoyo y una vía al Estado para imponer la simetría.

A los andaluces nos importa muy poco el supuesto derecho a la ‘autodeterminación de los pueblos’ —cosa que parece interesarle ahora bastante a Andalucía Por Sí (AxSí)—, y menos seguir el camino de los nacionalismos norteños. Lo que nos importa es un reparto justo del Presupuesto del Estado, imposible con la actual Ley Electoral, inversiones para nuestros empresarios y empleo para las personas de todas las edades. Lo demás es demagogia.

El cambio de la Ley Electoral no requiere de ningún cambio constitucional, solo la aprobación en Cortes. Ese debe ser el primer paso hacia la España simétrica y hacia la respetabilidad en Europa. No es una utopía: la Ley d’Hondt es abatible. Solo hay que tener la voluntad y el valor de hacerlo.

Pongamos el foco donde debemos, no permitamos la infoxicación y el mareo de falsos debates autoimpuestos. El auténtico conflicto de un país es su bienestar, y la gestión de nuestro bienestar se encuentra en el equilibrio entre el Estado y las regiones y naciones del país, dentro de una Unión Europea fuerte y plural. Y Andalucía es la candidata perfecta para liderar la causa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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