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El Lagar Los Raigones rememora su pasado en una visita familiar cargada de historia

El Lagar Los Raigones recibió ayer una visita muy especial en pleno corazón de la Sierra de Montilla, donde varias generaciones de descendientes directos de Antonio Raigón y Soto recorrieron sus instalaciones para reencontrarse con unas raíces familiares que siguen latiendo entre viñas, muros centenarios y tinajas con aroma a vino.


La escena tuvo algo de regreso íntimo y algo de evocación histórica. No era una visita cualquiera. En torno a este enclave, una de las firmas de referencia de la Denominación de Origen Protegida (DOP) Montilla-Moriles y de la Asociación de Lagares de la Sierra de Montilla, se reunieron ayer distintas generaciones de una misma estirpe vinculada al apellido que dio nombre al lagar durante más de un siglo.

El encuentro permitió volver la mirada hacia un pasado que forma parte de la historia agrícola y social de Montilla, pero también hacia un presente en el que la propiedad sigue proyectándose desde el cuidado del paisaje, la innovación y la defensa de un modelo respetuoso con el entorno.

El Lagar Los Raigones mantiene hoy el pulso de una firma familiar que se ha caracterizado desde siempre por su carácter innovador. Esa vocación se ha traducido en una apuesta sostenida por nuevas propuestas de oleoturismo y enoturismo en sus instalaciones, así como por un comercio gourmet dentro del histórico lagar ubicado en la Sierra de Montilla, una fórmula que permite sacar adelante sus propias cosechas con mayor rentabilidad. Esa dimensión económica convive, además, con una manera de entender la tierra que no se limita a la producción.

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Pero el encuentro de ayer no solo permitió mostrar esa realidad actual. También abrió la puerta a una historia larga, minuciosa y muy arraigada al territorio, una historia que Ángela Jiménez Luque-Romero reconstruyó en el libro Más de 100 vendimias, publicado en 2020. La autora, que dirige el Lagar Los Raigones junto a sus hermanos Santiago y Charo, tomó las riendas del proyecto turístico hace más de dos décadas. Aquella vuelta a sus orígenes terminó convirtiéndose también en un trabajo de investigación sobre el pasado del enclave y de la Sierra de Montilla.

Y es que, como explica la propia Ángela Jiménez, “a través de la familia conocíamos la historia del lagar de los últimos cien años, cuando en 1920 mi bisabuelo Rafael adquirió el lagar, que ya antes había tenido otras explotaciones como el Lagar El Cerro o el Lagar El Juez”.

A partir de ahí, quiso investigar sobre la historia de Los Raigones, pero también de todas esas lagaretas que han existido en la Sierra de Montilla. El trabajo se apoyó en una extensa investigación en el Archivo Histórico Municipal de Montilla, el Archivo Provincial y documentación dispersa en distintas parroquias e iglesias de la comarca.


Fruto de ese proceso nació una obra dividida en dos partes. La primera recoge la historia de la viticultura en la Sierra de Montilla y los datos más antiguos sobre el Lagar Los Raigones conservados en la publicación. La segunda adopta una perspectiva más personal y recorre el último siglo de vida de este enclave ligado a la familia Jiménez.

Con todo, el libro recoge la historia de vida de muchas familias de Montilla y de los lagares que existieron en la Sierra, donde se llegaron a contabilizar hasta 78 explotaciones. Y permite seguir el rastro documental del lagar desde comienzos del siglo XIX.

Un siglo de tradición vinícola


En las tierras altas de la Sierra de Montilla, el nombre de un lagar resuena con el eco de siglos de dedicación a la vid. El Lagar Los Raigones no es solo una unidad de producción vitivinícola: es el testimonio vivo de una saga familiar que, durante más de cien años, moldeó la identidad de estos pagos.

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Según recoge la investigación de Ángela Jiménez, la propiedad recibió su nombre por el apellido de quienes fueron sus propietarios durante más de cien años, desde 1803 hasta 1913. En aquel arranque, la finca era conocida como “el Viejo” y pasó a manos de Don Juan Manuel Raigón mediante una permuta o intercambio con Doña Brígida de Aguilar.

De esta forma, la familia Raigón inició un legado que se extendería por más de un siglo. Tras el fallecimiento de Juan Manuel, la hacienda pasó a su hijo, Miguel Raigón y Molina, y, posteriormente, en 1868, se adjudicó a su nieto, Antonio Raigón y Soto. A partir de ahí, la propiedad fue heredada por su bisnieta, Dionisia Augusta Raigón Espejo, quien inscribió la finca a su nombre en marzo de 1903.

Aunque existieron periodos de transición, como la cesión en 1822 a Francisco Polo —yerno de Juan Manuel—, el apellido Raigón permaneció intrínsecamente ligado a la tierra. Pero, sin duda, si hubo una figura clave en la expansión y reconocimiento del lagar, esa fue la de Don Antonio Raigón y Soto. A finales del siglo XIX, se convirtió en uno de los personajes más influyentes del sector económico y político de Montilla. Su visión no se limitaba a la producción local, sino que buscaba la excelencia y la apertura de mercados exteriores.


Ángela Jiménez Luque-Romero destaca que "Don Antonio Raigón participó en la Exposición Universal de Filadelfia en el año 1876, presentando un vino que fue premiado con una medalla de bronce". Este reconocimiento fue solo el comienzo, ya que en 1877 sus vinos volvieron a ser premiados en la Exposición Vinícola de Madrid con el galardón de "Perfección". En aquel certamen, Antonio Raigón y Soto presentó vinos con décadas de vejez, como un "de capa" del año 1830, demostrando la extraordinaria capacidad de guarda de los vinos montillanos.

En 1913, tras 110 años de pertenencia ininterrumpida a la saga Raigón, Dionisia vendió el lagar a su cuñado, el médico Joaquín Márquez Repiso. Este movimiento marcó el fin de una era, aunque el apellido Raigón seguiría ligado sentimentalmente al lugar, tal y como se pudo comprobar ayer durante la emotiva visita que tuvo lugar.

El paréntesis de los Rasero y la aventura chilena


La historia del lagar dio un giro fascinante con la figura de Luis Rasero Portero, quien adquirió la finca en 1917. Rasero no era un agricultor convencional, sino un emprendedor cosmopolita. Según describe la autora en Más de 100 vendimias "fue un señor que se dedicaba al comercio de tejidos, un emprendedor que viajaba mucho por todo el mundo, cosa inusual en el siglo XIX". De hecho, aún se conservan cartas que enviaba a su madre cuando estaba en el extranjero: desde París, Mánchester, Chile...

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Rasero llegó a fundar un negocio llamado "La Mina de Oro" en Valparaíso, Chile, pero un gran terremoto en agosto de 1906 destruyó su patrimonio y le obligó a regresar a Montilla. Su paso por el lagar fue breve pero significativo, pues estaba casado con Carmela Márquez Raigón, manteniendo así un hilo indirecto con la familia original del lagar.

Pero el capítulo definitivo para entender la actualidad del Lagar Los Raigones se escribe el 25 de julio de 1920. En esa fecha, Luis Rasero vendió la hacienda a Rafael Panadero Muñoz, bisabuelo de los actuales propietarios. Aquell compra se cerró por 16.000 pesetas, asumiendo el comprador las cargas hipotecarias que pesaban sobre la finca.

Con esta transacción se inició una nueva etapa de estabilidad y crecimiento que ha perdurado hasta el día de hoy. "A partir de este momento, será mi familia la que regente el Lagar Los Raigones hasta la actualidad", detalla Ángela Jiménez, quien subraya que el Lagar Los Raigones no es hoy solo un centro de producción vitivinícola, sino un archivo vivo de la historia de Montilla.

Desde aquella permuta inicial de 1803 hasta el presente, las paredes de este lagar han sido testigos de herencias, crisis agrarias, aventuras transatlánticas y, sobre todo, de la persistencia de familias que, como los Jiménez Luque-Romero, han sabido cuidar la tierra por más de un siglo.


La estructura de un lagar histórico


La obra Más de cien vendimias permite asomarse al interior del lagar tal y como era en 1886. A través de las inscripciones del Registro de la Propiedad, se describe una edificación robusta y funcional, diseñada para el beneficio de la uva.

La casa-lagar disponía de un cuerpo con dos pisos: el bajo tenía cocina y lagareta, con una escalera que conducía al segundo piso, donde se hallaba el pajar. Al frente había dos cuerpos con dos pisos: el bajo contenía dos habitaciones, una de las cuales albergaba una bodega con doce tinajas.

La finca contaba además con nueve "suertes" o parcelas de viñas, situadas en pagos tan emblemáticos como Benavente, que sumaban una extensión considerable de cultivo en una época donde el transporte todavía dependía de carretas tiradas por bueyes o mulas.

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De este modo, el Lagar Los Raigones vivió una época de esplendor a finales del siglo XIX, favorecido paradójicamente por la crisis de la filoxera en Europa. Mientras los viñedos franceses sucumbían, Montilla aumentó sus exportaciones. Sin embargo, esta bonanza fue efímera, ya que la plaga terminó llegando a los viñedos españoles en 1888. Pero, a pesar de los desafíos, la familia Raigón mantuvo su posición como uno de los mayores contribuyentes y referentes de la clase política y social de Montilla.

Un impresionante regalo


La jornada de ayer dejó también un gesto cargado de simbolismo. La familia Jiménez Luque-Romero recibió como regalo un mural genealógico que resume la trayectoria de una conocida saga de veterinarios cuyo origen se sitúa en Don Antonio Raigón y Soto, antiguo propietario del lagar. Sobre esa figura, Ángela Jiménez comenta que "se dedicó más a los vinos que a los animales".

Ese panel recoge la llamada “Saga Veterinaria de los Carnero”, una trayectoria que abarca cinco generaciones dedicadas al cuidado de los animales, desde los antiguos oficios de albéitares y herradores hasta la veterinaria académica contemporánea. El mural subraya, además, el papel de las mujeres de la familia, el arraigo geográfico de la saga en la provincia de Málaga, su extensión hacia Córdoba y Extremadura y la evolución profesional de una vocación sostenida durante más de 170 años.


Así, tras situar el origen familiar en Antonio Raigón Soto, veterinario a mediados del siglo XIX (curso 1852-1853), en la segunda generación destacan figuras como Cristóbal Carnero Aguilar, quien ejerció como albéitar (antecedente de los veterinarios) o Manuel Postigo Molina, dedicado a la agricultura.

En la tercera generación se diversifican los oficios en la familia: Juan Carnero Báez y Cristóbal Postigo Sánchez continúan como veterinarios, mientras que otros miembros —como Antonio, José y Cristóbal Carnero Báez— se desempeñaron como herradores, un oficio históricamente ligado a la salud animal.

Con la cuarta generación se produce una consolidación académica y profesional. Figuran Cristóbal Carnero Postigo y Manuel Carnero Postigo, quien también tuvo una faceta política en Vélez-Málaga. De igual modo, resalta la figura de José Carnero Varo, doctor veterinario y académico, que llegó a ser profesor en la Facultad de Medicina de Málaga.

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Por último, la quinta generación está representada por Juan Carnero Varo, doctor veterinario, académico y miembro activo en instituciones de Badajoz y Córdoba, que fue capaz de continuar el legado de investigación y docencia propios de este legado familiar.

El mural dedica un espacio especial a las mujeres de la familia, como Dionisia Márquez o María Josefa Varo, reconociendo que, aunque muchas no fueron veterinarias de profesión, su esfuerzo y coraje fueron el pilar fundamental para sostener a la familia y permitir que las generaciones de hombres pudieran cursar sus estudios.

Un legado que perdura


Hoy en día, al visitar el Lagar Los Raigones todavía se pueden apreciar elementos que conectan con ese pasado glorioso, como los grandes portones construidos con la madera de la antigua prensa de viga que vio nacer los vinos premiados en Filadelfia.


No en vano, la historia de este lagar emblemático de la Sierra es, en realidad, la historia de Montilla misma: un relato de esfuerzo, adaptación y una calidad vinícola que, desde 1803, ha sabido llevar el nombre de su tierra por todo el mundo.

Así, entre la visita de los descendientes, el recuerdo de Antonio Raigón y Soto, la investigación reunida en Más de 100 vendimias y el mural entregado a la familia Jiménez Luque-Romero, el Lagar Los Raigones volvió a mostrarse ayer como algo más que una explotación vitivinícola. Sus muros conservaron, una vez más, la huella de quienes lo levantaron, lo habitaron y lo siguieron cuidando con la misma paciencia con la que se trabaja la viña: mirando al pasado sin dejar de atender al presente.

JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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