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Daniel Guerrero | Una Junta ¿de qué?

El plan de paz para Gaza que impuso Donald Trump contempla que tras el alto el fuego, alcanzado el pasado octubre, debería dar comienzo una segunda fase en la que Hamás procedería a desarmarse completamente (cosa improbable); se retirarían las fuerzas israelíes que ocuparon y devastaron la Franja (aun siguen matando gente); se desplegaría una fuerza internacional que separaría a los contendientes y procuraría la estabilización de la zona (ni está ni se la espera) y, finalmente, se constituiría una Junta de Paz que supervisaría el desarrollo del alto el fuego y los proyectos de reconstrucción del enclave. Así constaba en el documento de 20 medidas con el que Trump consiguió poner punto final a la guerra entre Israel y Hamás.


Pero antes de que todos esos pasos previos se completen, el presidente norteamericano ha querido materializar el último de ellos con la creación de la llamada "Junta de Paz", un organismo pensado para que Trump ejerza el control directo sobre el futuro del territorio palestino e, incluso, pueda sustituir a la ONU en la resolución de conflictos.

A tal efecto, Estados Unidos ha invitado a líderes de todo el mundo a formar parte de la Junta de Paz con el objetivo de dotar de mayor credibilidad y peso internacional a un organismo que, más adelante, podría convertirse en la institución que supervise, bajo las directrices de Trump, cualquier conflicto en los que participe como mediador.

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Y como no podía ser de otro modo, Donald Trump se ha asegurado su control total, ya que será presidente indefinidamente de la Junta y tendrá potestad de aprobar qué Estados o líderes pueden ser miembros o no de ella, además de tener autoridad para vetar cualquier acuerdo o decisión que se adopte en su seno. De entrada, ha exigido que, para ser miembro permanente, hay que abonar mil millones de dólares (920 millones de euros), un fondo que, según el borrador de la carta fundacional, será el propio Trump quien lo controle.

Al menos 60 países han sido invitados para sumarse a esa Junta. Y entre los que ya han aceptado figuran, hasta la fecha: Javier Milei, presidente de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Viktor Orbán, presidente de Hungría; Abdalá II, rey de Jordania; Narendra Modi, primer ministro de India; Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia; representantes de Egipto, Qatar y Emiratos Árabes, que mediaron en el conflicto.

También están Prabowo Subianto, primer ministro de Indonesia; Shehbaz Sharif, de Pakistán; Nikoi Pashinyan, de Armenia; Vladimir Putin, quien todavía no ha dado repuesta a la propuesta de Washington; y, por supuesto, Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí que, esgrimiendo legítima defensa, está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes de guerra y genocidio cometidos en Gaza y, no contento con ello, también ha decidido demoler las instalaciones de la sede de la UNRWA (la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) de Jerusalén Este, violando el derecho internacional y los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas, aparte de prohibir la actividad de otras 37 organizaciones humanitarias en el Enclave y en Cisjordania.

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Otros países, en cambio, como Francia, Suecia, Noruega, España y la Unión Europea (UE) como institución, han declinado la oferta. Y algunos todavía la están estudiando, caso de China y los países bálticos. Es curioso que la mayoría de líderes que ha aceptado formar parte de la Junta tenga una tendencia reaccionaria, comprensiva con los objetivos del mandatario norteamericano de alterar el orden mundial, está alineada con la política estadounidense y, por supuesto, simpatiza con Israel y su política de expansión sobre el territorio palestino y la consiguiente expulsión de su población árabe.

También es significativo que ningún palestino haya sido invitado a formar parte de la Junta ni que representantes del Gobierno Autónomo Palestino, rival de Hamás y legítimo representante democrático del pueblo palestino, figuren en ella. Al parecer, la paz de Gaza compete al agresor y sus simpatizantes, no al agredido y prácticamente aniquilado pueblo palestino de Gaza. Todo para Gaza pero sin los gazatíes, parece la consigna.

Entre tanto, Trump también ha elegido un Comité Ejecutivo subordinado a la Junta de Paz con personas de su máxima confianza, como Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano; Jared Kushner, su yerno; Roberto Gabriel, asesor de Trump; Steve Witkoff, millonario propietario de una inmobiliaria; Marc Rowan, otro multimillonario, Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, y Tony Blair, exprimer ministro británico, cuestionado en Oriente Medio por ser coartífice de la invasión ilegal de Irak.

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También ha designado a dos consejeros para la Junta, Aryeh Lightstone y Josh Gruenbaum, que serán los encargados de las “operaciones y estrategia del día a día”, junto al diplomático búlgaro Nicolai Mladenov como Alto Representante para Gaza, algo así como el enlace entre la Junta y el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), una especie de Gobierno de tecnócratas sin apenas margen de maniobra, ya que estará supervisado por la Junta de Paz, por el Alto Representante y por el Comité Ejecutivo.

Pero más allá del desprecio al pueblo palestino al que se le impide decidir su futuro, lo preocupante del plan y de la Junta de Paz es la intención que lo animan. Encuadrado en el afán del presidente de Estados Unidos por dinamitar el orden internacional, la Junta de Paz parece diseñada para relegar a la ONU, creada hace 80 años, y sustituir su política multilateral por un organismo, encargado de “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, completamente controlado por Trump y sujeto a su voluntad.

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En lugar de exigir responsabilidades por la devastación de Gaza, articular políticas que garanticen la coexistencia de un Estado israelí y otro palestino, en pacífica convivencia (la "solución de los dos Estados" acordada por la ONU), y acompañar y asesorar al pueblo palestino para que ejerza su voluntad política como democráticamente decida, la Junta de Paz parece orientada a mantener las estructuras colonialistas en Gaza, permitiendo que los grandes detentadores de capital, Trump entre ellos y esos multimillonarios que lo acompañan, asuman en su beneficio la reconstrucción e, incluso, establezcan un dominio internacional indefinido sobre la Franja, manteniéndola separada de Cisjordania e institucionalizando, así, la fragmentación palestina, lo que dificultaría el sueño palestino de su autodeterminación. Todo un plan perfectamente estructurado en el que los palestinos carecen de voz y quedan reducidos a mano de obra barata y empleados sumisos, como simples súbditos bajo tutela internacional.

Más que la paz, esta Junta consolida abiertamente un descarado colonialismo sobre la maltratada Gaza a mayor gloria y vanidad del actual emperador del mundo, jefe supremo indefinidamente de esa nueva ONU que establecerá la paz mundial y una gobernanza fiable. Es para morirse de risa si no produjera escalofríos.


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