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Daniel Guerrero | Cambio de chaqueta

Mi formación política ha estado nutrida, en su mayor parte, por la lectura de obras y artículos de un gran número de pensadores de todos los tiempos. A ellos les debo mi posicionamiento ideológico y la capacidad crítica con que contemplo y valoro la realidad social de la que formo parte.


Su contribución intelectual ha tenido una función de referencia ética y teórica con la que he basado mi propia opinión y conducta. Aunque, a veces, sus propuestas y argumentos eran contradictorios en determinados aspectos, siempre me han aportado elementos, pautas y guías para enfocar, de manera coherente con mis ideas y experiencia, cualquier fenómeno social de interés. Y casi todos ellos han continuado siendo autores imprescindibles para construir racionalmente mi criterio y forjar mi bagaje cultural. Pero no todos.

Desde hace ya algún tiempo, se ha producido un paulatino pero notable desplazamiento de algunos de estos pensadores hacia posiciones conservadoras o claramente derechistas, una vez asentada la democracia en nuestro país. Incluso han llegado a protagonizar, en no pocos casos, un auténtico pendulazo ideológico, abjurando de su anterior ideario para sustituirlo por otro igual de dogmático, pero de signo opuesto. Me refiero a filósofos, profesores, escritores, periodistas, políticos y, en definitiva, intelectuales que, como los concebía Aranguren, actuaban como “vigilante de los vigilantes”, mostrando un destacado protagonismo en la esfera pública a través de ensayos, artículos, manifiestos y actitudes de compromiso social y ético.

Se trata de un camino hacia planteamientos de derechización progresiva que algunos califican como “el viaje”: un viraje desde postulados iniciales de izquierda hacia posiciones liberales o netamente conservadoras que anteriormente denostaban. Tan radical ha sido el viraje en algunos de ellos que no he podido evitar pensar que se traicionaban a sí mismos. Porque han consumado un “cambio de chaqueta” que les hace mantener lo opuesto de lo que constituía el núcleo de su producción intelectual.

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Caso paradigmático es el de Fernando Savater, filósofo que parece haber consumado “el viaje” en su totalidad y, además, sentirse sumamente satisfecho de ello, como si hubiera atrapado, al fin, la verdad absoluta que anteriormente se le escapaba, aunque no lo admitiera.

La imagen que transmite a quien ha seguido su trayectoria es la de alguien que ha perdido su sensibilidad intelectual en paralelo al decrépito físico propio de la edad. El suyo, como el de otros, es un ejemplo del izquierdista, al principio incluso revolucionario, que evoluciona biológica e intelectualmente hacia un conservadurismo tardío de rancia tradición acomodaticia. Pero no es el único. La lista de nombres no deja de crecer: Félix Ovejero, Fernando Aramburu, Arcadi Espada, Francesc de Carreras, Joaquín Leguina, Ramón Tamames, Rosa Díez, Juan Luis Cebrián y otros.

Y en casi todos anida, como motivo para su conversión conservadora, la frustración con la socialdemocracia o el socialismo, la defensa de la unidad de España y el recelo a los nacionalismos periféricos, la oposición al relativismo y el multiculturalismo parejo a cierto negacionismo climático y científico, el desprecio al feminismo reivindicativo y hasta la no alineación incondicional de España con EE.UU. e, incluso, con Israel en su legítima “defensa” contra Palestina.

Añádase a ello la propuesta de ley de amnistía que el Gobierno de coalición de PSOE y Sumar ha presentado en el Congreso y los acuerdos que los socialistas han alcanzado con todos los partidos parlamentarios, excepto el PP y Vox, para conseguir formar gobierno.

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Puede que todos ellos vean realmente en peligro a España hasta el punto de cambiar de opinión. O puede que se hagan conservadores a medida que envejecen, acomodándose al espíritu de unos tiempos en los que el marxismo, como teoría, y el comunismo, como práctica, han colapsado, mientras el neoliberalismo se hace hegemónico a escala global y el neofascismo emerge sin freno al amparo del desencanto con la democracia de una ciudadanía desilusionada y temerosa.

No hay que descartar, por tanto, una perspectiva generacional en estos pensadores por la acritud y la crispación con las que verbalizan lo que debiera ser una crítica sincera y razonable al Gobierno o a la ideología a la que se adscribe el partido en el poder.

Tampoco se puede descartar que imiten el camino emprendido, en otras latitudes, por aquellos que anteriormente abandonaron la izquierda para cuestionarla desde la trinchera contraria, como André Glucksmann, filósofo francés, antiguo militante maoísta que acabó siendo un ferviente atlantista que apoyó la candidatura del derechista Sarkozy a las presidenciales; Martin Amis, novelista británico que dio un giro conservador a su trayectoria para criticar la tolerancia izquierdista ante los desmanes del estalinismo; Jean Francois Revel, filósofo y gran polemista francés que transitó desde la militancia socialista al liberalismo democrático, y tantos otros. Estos chaqueteros, cuando consiguen olvidar sus orígenes progresistas, exigen a los demás que recorran el mismo camino, tachando de sectario, miope o ignorante a quien desoye sus consejos.

El propio Savater así lo reconoce: “He sido un revolucionario sin ira; espero ser un conservador sin vileza”. Sin embargo, la vileza no consigue reprimirla, puesto que, tras virar de sus postulados izquierdistas, en los que exhibía una actitud ácrata, se ha convertido en un fustigador desmesurado y resentido que se entrega a combatir lo que antes defendía, la izquierda, dejándose llevar por su experiencia biográfica y evolución vital.

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De hecho, se comporta, como describió Tariq Alí en su obra El choque de los fundamentalismos (2002), “como tantos conversos (que) demuestran una agresiva confianza en sí mismos. Después de poner a tono sus capacidades ideológicas y dialécticas en las filas izquierdistas, ahora las despliegan contra sus antiguos amigos.”

Pero lo pernicioso y realmente triste no es que esta élite cambie de chaqueta, sino que facilite a la derecha camaleónica, para que se los apropie y manipule, valores y principios tradicionales de la izquierda, de tal manera que pueda presentarse como la guardiana que garantiza los mismos.

De este modo, la derecha, según estos viejos izquierdistas, es la auténtica defensora de las libertades y verdadera custodia de la Constitución, cuando en realidad defiende la propiedad y los privilegios, mientras hace una interpretación interesada de una Constitución que ni siquiera apoyó cuando fue refrendada en las urnas.

Dice estar a favor del Estado de bienestar a la vez que desmonta la protección que ofrece a los más necesitados y sin posibilidades allí donde gobierna, privatizando o reduciendo servicios y prestaciones. Alardea de actuar siempre dentro de la ley y con respeto a las instituciones, siempre y cuando estas y los jueces funcionen y favorezcan sus intereses, ya sea el CGPJ, el Tribunal Constitucional o el Parlamento.

En definitiva, el conservadurismo es, a tenor de estos conversos, la única política eficaz que, sin dejar de apostar por el mercado y de mimar a las grandes corporaciones, mejor garantiza las libertades y los derechos de los ciudadanos, incluidos los más débiles e indefensos.

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Una afirmación que movería a la risa ni no fuera porque la más locuaz e imprudente representante de la derecha patria, la presumida y presuntuosa presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, consintió que murieran confinados en las residencias más de siete mil ancianos cuando prohibió que fueran trasladados a los hospitales durante la pandemia del covid.

Para el neoliberalismo que ella representa, resultaba más rentable no gastar recursos en personas sin apenas perspectivas vitales, al tiempo que su hermano “pegaba un pelotazo” comerciando el suministro de mascarillas con la Administración que ella aun preside.

Tal es la línea de pensamiento que asumen los iluminados pensadores que proceden desencantados de la izquierda. Intelectuales que se apuntan al relato antes que a la realidad porque contribuyen a redactarlo desde los crepusculares enfoques que son capaces de asumir en sus acomodadas torres de marfil.

Un viaje que justifican amparándose en la tramposa respuesta del economista Keynes: “Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión”. Pero se niegan aclarar qué es lo que ha cambiado, aparte de ellos mismos, en un mundo donde la riqueza y el poder los acapara una minoría privilegiada mientras la pobreza y las penurias las sigue sufriendo la inmensa mayoría de la población.

Un mundo sobre el que la desigualdad, las injusticias, los abusos y la falta de oportunidades sobrevuelan sin descanso, sin que ninguno de esos pensadores e intelectuales haya sido capaz de impedirlo o paliarlo gracias a sus cambiantes ideas. Se limitan a eso, a cambiar de chaqueta.

DANIEL GUERRERO

MANHATTAN SCHOOL - MONTILLA


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