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Antonio López Hidalgo | Recordando a Luis Robles

La vida es una fiera montaraz que en ocasiones se precipita sobre nosotros como un leopardo agazapado entre las rocas que no vemos. Es un salto imperceptible que te devuelve a un tiempo ya consumido y consumado, a un momento que en ocasiones tampoco existió, porque el recuerdo y los sueños se nutren de la misma materia viscosa y se escurren entre nuestras vísceras sin que podamos atender ni entender el origen de su naturaleza.


El olvido se nutre de recuerdos que tenían fecha de caducidad y de sueños disparatados que un día alcanzamos a pensar que pudieran ser ciertos. Pero nada es verdad. Ni siquiera ahora que nos miramos al espejo descubrimos a aquel otro que siempre anda a nuestro lado.

Yo no soy yo, soy este que va a mi lado, escribiría más o menos Juan Ramón Jiménez, aquel marido insoportable y al mismo tiempo un poeta tan grande. Cada cual puede ser y es un poco de todo a la vez. Lúcido y miserable, ingenioso y grotesco.

Estamos fabricados de una materia moldeable y al mismo indetectable, fútil como un fuego invisible que nos quema y nos alimenta y nos destruye al mismo tiempo. Y ahí seguimos a nuestro pesar.

Un buen día, cualquier día, un día de estos, alguien te llama por teléfono y te dice que un amigo ha muerto. Dos días antes hablabas con él, ya cansado de la vida y del hospital, y te hablaba de vivir solo y para siempre solo.

Pienso que se murió porque ya no quería vivir más. Llega un día en que nos sobra la vida y la esperanza. Nos sobra todo. Ocurre de un día para otro, sin haberlo pensado demasiado. La vida se te cae en lo alto con el peso de un leopardo y te deja tumbado en la cama con un desasosiego que no quieres para nadie.

Ahora, cuando vaya a Montilla, no te podré buscar en el Mayga a esa hora en que los jóvenes consumen pizza y refrescos, cuando la noche naufraga en dirección contraria hacia donde apunta el fin del mundo, ni podrás discutir con Miguel Veneno los sinsabores de la adolescencia extraviada con un vaso de tinto entre las manos.

Hay un pasaje secreto que nadie conoce y que nadie quiere cruzar cuando las noches son frías y desalentadoras, y tú te metiste por ese hueco inadvertidamente, como quien juega a la gallinita ciega, pero ibas con los ojos muy abiertos, y la vida te devolvió de frente la imagen que nunca lograste olvidar.

Ahora, transcurridos los años, veo la existencia inútil, y los días despilfarrados doblados en una cartera en la que sobran los billetes usados, las direcciones, los números de teléfono, el nombre de aquellas mujeres que nos amaron y tuvieron que olvidarnos a su pesar.

Entonces éramos muy jóvenes y saboteábamos a la vida del mismo modo que los banqueros nos han saboteado, poco más o menos, a todos los ciudadanos, creyendo, insensatos, que la vida no se cobra sus propios intereses.

En aquellos días, cuando todavía no votábamos y Franco gobernaba a golpes de decreto y de bayoneta, cuando The Beatles y Bob Dylan nos ofrecían un mundo que anhelábamos, tú preferías los boleros de Antonio Machín, los cigarrillos rubios sin filtro –eso sí, los mejores: Bisontes y Las Tres Carabelas–, los boquerones en vinagre de Los Barriles, la política que desconocíamos entonces y que nunca te abandonó, la cerveza muy fría que tampoco te abandonó, y los amigos leales, los de siempre.

Yo comencé a escribir porque tú escribías versos de amor, y Antonio Herrador escribía versos de amor, y Antonio Cruz también escribía versos de amor, y Richard, y tantos más. Así que también yo me dispuse a escribir versos de amor.

Pero me venían estrechos los versos y me bajé a la prosa para estar más a gusto. Y aquí me quedé. Así que todos fuisteis culpables de que entonces, con 13 años, yo me pusiera a buscarle el envés a las palabras, y sacudiera los versos para imponerles otro ritmo, y buscara y encontrara metáforas y otras herramientas útiles para la escritura incluso debajo de los posavasos.

Tú fuiste culpable, en parte, de aquella vocación temprana de la que todos os sacudisteis las ropas y me dejasteis a mí aquí, solo con las palabras, con la duda inútil de si valió la pena morderle las esquinas a la vida para arañarle otros sentimientos y otras certezas.

Te vas ahora que el agua está turbia y el futuro se vislumbra desdibujado como si anticiparas con tu partida un tiempo de ventiscas inmisericordes e injustas. Te vas ahora que nos habíamos vuelto a encontrar después de tantos años, como si el tiempo ya marchito pudiera devolvernos los años olvidados.

Siempre nos quedará la sospecha de qué hicimos mal; si aquel tiempo de la vigilia nos pasará factura después; de si vale la pena ir más allá de donde la naturaleza cierra con una empalizada sus fronteras a la felicidad.

Cuando vuelva al bar de todos los fines de semana, recordaré, entre volutas de humo, tu perfil amigo entrañable, tu carácter agrio que pocas veces daba paso a la ternura, que se debatía en tus vísceras por querer salir a flote en un mundo en el que todos comenzamos ya a sentirnos extraños.

He bajado a la calle, al primer bar que encontré abierto. He pedido una caña de cerveza, he encendido un cigarro. Mientras, escucho una canción de Antonio Machín que solo yo oigo en mi interior. Y cuento cuántos amigos éramos en aquella pandilla que el tiempo desvaneció. Y sé que falta uno, que eres tú, el primero que se ha ido. Sin despedirte, además. O haciéndolo a regañadientes.

“Me tendré que acostumbrar a vivir solo ahora”, me decías hace unos días. Pero no. Ya vivíamos solos, desde mucho antes, desde que comenzamos a esbozar y a borrar aquellos primeros versos que la historia, afortunadamente, jamás conocerá.

Ahora, al irte, nos has dejado solos a nosotros, más solos aún, en un mundo que no tiene arreglo posible, o al menos no se vislumbra próximo. Y para arreglarlo necesitamos muchas manos. También las tuyas. Pero no, ya no las tenemos. Y eso, carajo, no se hace.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de enero de 2012.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO