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Aureliano Sáinz | Recordando a Carlos Castilla del Pino

Este 15 de octubre se cumplen cien años del nacimiento del que ha sido el psiquiatra más importante de nuestro país, Carlos Castilla del Pino, ya que nació en San Roque (Cádiz) ese mismo día de 1922. En su larga vida, no solo destacó dentro de su ámbito profesional sino también en el científico y como escritor, ya que alcanzó a ser miembro de la Real Academia Española (RAE) de la Lengua. He considerado, pues, oportuno recordar esta fecha, dado que merece la pena que quienes no lo hayan conocido tengan alguna referencia suya, más allá de los datos e informaciones que se pueden consultar en la red.


Personalmente, tuve el primer contacto con él cuando yo dirigía y diseñaba una revista cultural que se llamaba Utopía, allá por los inicios de los ochenta. No se me olvida que, a través de uno de sus discípulos, pude lograr un encuentro en el despacho de su consulta, ya que deseaba realizarle una entrevista para ser publicada como tema central en uno de los números de aquella publicación.

Fui muy diligente a la hora de acudir a la cita prevista, ya que una de sus aficiones era la de coleccionar relojes de bolsillo, siendo esto indicio de la puntualidad y el rigor con los que manejaba los tiempos. También recuerdo la cordialidad con la que me atendió y la precisión de los términos empleados con los que respondía a mis preguntas, muy acorde con su misma forma de escribir sobre el pensamiento, la mente y las conductas humanas, en la que el rigor y la exactitud eran su norma.

La culpaPosteriormente, tuve otros contactos con él, debido a que su mujer, Celia Fernández, era miembro del grupo de investigación de la Universidad de Córdoba al que yo también pertenecía. Esto daba lugar a que, en ocasiones, Carlos Castilla del Pino participara en los congresos que organizaba el grupo, lo que para nosotros era una suerte y un modo de reforzar la importancia de esos eventos.

Remontándome, por otro lado, hacia mis años de estudiante de Arquitectura, no recuerdo bien cuál fue el primero de sus libros que leí. Me parece que La culpa, publicado en la sección de Alianza de Bolsillo, cuyas magníficas portadas, del gran diseñador gráfico Daniel Gil, captaban la atención inmediata del lector.

Era un libro bastante asequible en su lectura y comprensión, si tenemos en cuenta que, dentro de su amplia producción escrita, hay otros en los que es necesario contar con unas bases de psicología o psiquiatría para poder seguirlos.

Lo que en el fondo buscaba con la lectura de La culpa eran las razones por las que a los críos que habíamos sido educados en el franquismo nos habían insuflado un alto sentimiento de culpabilidad, en el que se mezclaban culpa y pecado como si fueran lo mismo. Sus páginas fueron como una luz que penetra en las brumas de la mente y acababa despejando una parte de ese entramado oscuro y represivo con el que éramos formados los que pertenecíamos a aquellas generaciones.

AflorismosCon el transcurrir de los años, fui leyendo con enorme interés gran parte de lo que publicaba, lo que condujo a que sea el autor del que más libros tengo (que, por cierto, de vez en cuando, vuelvo a consultarlos, ya me sirven en ocasiones para algunos de los temas ligados al conocimiento de la mente de los escolares y que suelo publicar).

No voy a extenderme ante una vida tan fructífera en muy distintos niveles. Si me preguntaran cuáles han sido las obras que más me han interesado, respondería que todas, pero, si finalmente me tuviera que decantar por algunas en concreto, citaría sus memorias que, con los títulos de Pretérito imperfecto y La casa del olivo, nos legó para que siempre pudiéramos saber de primera mano cómo había transcurrido su existencia.

También, hay uno al que te tengo un especial aprecio. Se trata de Aflorismos. Pensamientos póstumos, colección de 844 frases o pensamientos breves que fueron recogidos y publicados por Celia Fernández en 2011, dos años después de que Carlos Castilla del Pino falleciera.

No es una colección de aforismos con los que se pretenda deslumbrar al lector: son reflexiones sobre muchas de las facetas de la compleja vida humana, escritas por una persona que acumuló un alto bagaje de sabiduría, por lo que con su lectura ayuda a que podamos comprendernos mejor. Como ejemplo, muestro una breve selección de los que aparecen en el libro:
  • “La felicidad –ya me entienden– no se la encuentra; se construye”.
  • “La vejez comienza cuando no hay proyecto”.
  • “La compasión no mejora el mundo. La solidaridad sí”.
  • “No hay causa que justifique la guerra”.
  • “La crueldad es expresión de impotencia frente a la víctima”.
  • “No hay muerte si no hay olvido”.
  • “En el fondo de toda inmoralidad está la mentira”.
  • “Callar, pero no mentir”.
  • “Saber usar la soledad. No es fácil”.
  • “La amistad, un asunto que exige la mayor delicadeza, pues basta herirla para que se pierda”.
  • “La amistad, lo más importante. Y el amor, siempre que derive en la mejor amistad”.
Cierro estas líneas diciendo que Carlos Castilla del Pino siempre me ha parecido uno de los grandes intelectuales de nuestro país del siglo pasado y de la parte que le tocó vivir del presente. Gracias a él, conocemos mejor la mente y el comportamiento del ser humano, por lo que, usando el neologismo que empleó para el título del último libro citado, muchas de sus ideas han ‘aflorado’ en todos los que le hemos seguido y también admirado a través de sus obras.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: AGUSTÍN CARRASCO
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