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José Antonio Hernández | ¿Qué es el arte?

Para saber si un dibujo, una pintura, una escultura, una melodía o un texto literario son artísticos es imprescindible que respondamos de manera clara y acertada a la siguiente pregunta: ¿Qué es el arte? Esta cuestión es fundamental e interesante para los profesores, para los críticos, para los coleccionistas y, en general, para todos los amantes de las creaciones artísticas.


Las respuestas que han dado los historiadores, los filósofos y los artistas han sido muy diferentes a lo largo de nuestra historia de la civilización y, en la actualidad, también se siguen proponiendo definiciones simplistas y discutiendo propuestas antiguas, a veces, con excesiva pasión.

En Qué es el arte (Barcelona, Paidós, 2013), Arthur G. Danto, profesor, crítico y teórico de la filosofía del arte del siglo XX, aplica el doble criterio de “lo posible” y “lo existente” para definir este concepto y explica e ilustra cómo la belleza, “un valor del siglo XIII”, no constituye la definición adecuada del arte.

Frente a quienes piensan que el arte imita la realidad mediante distintos procedimientos, él explica y demuestra cómo no todas las obras valoradas como artísticas cumplen la función de imitar: “Con el advenimiento de la modernidad, el arte dejó de ser un espejo de imágenes, o, mejor, dejó paso a la fotografía como pauta de fidelidad con la imagen real” (p. 18). La definición ha de ser, según él, un concepto cerrado que incluya una serie de propiedades generales que, de algún modo, expliquen por qué el arte es universal (p. 19).

En esta obra nos muestra cómo el concepto de arte posee un sentido mucho más amplio, y nos demuestra con ejemplos variados cómo la búsqueda de la verdad visual no forma parte de la definición del arte: “no es la marca del arte como tal”. Recurriendo a obras de Giotto, de Pablo Picasso, Matisse, Marcel, Warhol o Andy Duchamp, explica cómo el arte no copia la realidad como lo hace una cámara de fotos, sino que interpreta lo que sucede y, además, lanza un mensaje.

A mi juicio, sus detallados análisis sobre “Restauración y significado”, en los que justifica su valoración positiva y diferente a las críticas de otros relevantes especialistas como Twombly o Roscio, aplica su definición “filosófica” al arte y a la restauración, y muestra su convicción de que, para interpretar, valorar y disfrutar de los cuerpos o de los episodios representados en las obras artísticas, necesitamos tener en cuenta, en la medida de lo posible, la percepción científica de los biólogos y, además, la visión de la psicología popular, esa que nos descubre los significados que le atribuimos: “el cuerpo que siente sed y hambre, pasión, deseo y amor”.

Ese cuerpo que en las obras antiguas describen los hombres en la batalla, los hombres y las mujeres en el amor y en el dolor, el cuerpo que “nuestra tradición artística ha tratado tan gloriosamente durante tantos siglos, y algo menos gloriosamente en un cierto tipo de arte de perfomance en la actualidad” (p. 127).

Estoy convencido de que la lectura desapasionada de esta obra ayudará a revisar nociones anquilosadas, prejuicios tradicionales y recetas convencionales que, en la práctica y en la teoría, son parciales, arbitrarias y, también, inútiles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
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