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Moi Palmero | Adelante, Chile

El fuego regenerativo de la Primavera Chilena empieza a ofrecer sus primeros brotes. Ahora hay que hacer crecer la cosecha. No será fácil, porque las urgencias, las necesidades, la visión sobre la Madre Tierra de los pueblos originarios, de los desarrapados, de los pobres, de los olvidados, no son las mismas que las de los Chicago Boys, educados en los EE.UU para multiplicar los beneficios a costa de lo que sea, sin importarle el futuro, sin ver más allá de lo que se ve desde sus mansiones, de sus balances económicos.


En 2019 los jóvenes chilenos despertaron su país para despertar al mundo. Lo pusieron patas arriba y reivindicaron una nueva Constitución que les devolviese el agua privatizada, que les garantizase una sanidad y educación públicas, que las pensiones se alejasen del esquema privado de capitalización individual aprobado por el dictador Augusto Pinochet, que abrió la puerta al neoliberalismo al permitir, a los pupilos adoctrinados de Friedman, instaurar el Ladrillo, una política económica que lo dejaba todo en manos de los mercados, y que sus defensores llamaron El Milagro de Chile.

Cuarenta años después esas políticas han dejado un país y un planeta infectado del mismo mal, empobrecido, dividido, desigual, esquilmado por multinacionales. Con la victoria de Boric sí podemos decir que Chile ha resurgido de sus cenizas o, por lo menos, confiamos en que lo haga.

No será sencillo, porque esas elites que se han llenado los bolsillos, que se han vendido a las empresas extranjeras, que se han olvidado de la realidad social, no lo van a poner fácil. El capital nunca se ha caracterizado por escuchar a la mayoría, por muy democrática que sea, y para seguir multiplicándose, objetivo prioritario, debe ejercer y ostentar el poder, infundir el miedo y nunca, pase lo que pase, dividir las riquezas, las ganancias, el botín.

El nuevo presidente se enfrenta al más difícil todavía, porque si llegar al poder parecía un imposible, conseguir llevar a cabo su programa electoral se presenta como una odisea digna del propio Homero. Para hacer posible lo imposible, para asaltar los cielos, ha contado con el pueblo que comprendió, y cantó hasta desgañitarse, que unido jamás será vencido. Ahora hay que demostrarlo y tener paciencia, porque para construir Utopía, hay que hacerlo con el consenso de todos, y los resentidos, a pesar de sus bonitas palabras, se negarán a remar.

A pesar de que la izquierda ha ganado con una holgada mayoría, once puntos de diferencia, más de lo que la derecha se esperaba, el parlamento chileno va a estar muy dividido. Apruebo Dignidad, la coalición de izquierdas que gobernará a partir de marzo, no solo tendrá que intentar pactar, consensuar, debatir y llegar acuerdos con la oposición, algo que se plantea complicado, sino que también deberá encontrar la fórmula para contentar y contener a grupos ideológicos tan dispares que conforman la coalición como la extrema izquierda, el comunismo, la socialdemocracia o el centro izquierda, entre los muchos que han terminado apoyándolos.

La presión sobre el jovencísimo Boric, al que muchos consideran un presidente de transición, va a ser tremenda. Será un asedio por todos los flancos: unos apremiándolo para que los cambios prometidos lleguen cuanto antes; otros ralentizando los procesos para dividir la coalición.

Boric, que el tiempo dirá si se convierte en un héroe, un mártir o un villano, ya ha demostrado que tiene mano izquierda –nunca mejor dicho–, porque entre la primera vuelta de los comicios y la segunda ha pasado de un discurso más radical a uno más moderado. Para mí, eso es inteligencia política, porque desde el enfrentamiento, desde los extremos, no se pueden conseguir consensos. Se puede gobernar, se puede legislar, pero sus logros durarán lo que tarden en perder el poder, en ser sustituidos por la oposición.

Para otros, la moderación de Boric es una traición a sus ideas, un pasito para atrás que deja entrever a otro político que será derrotado, fagocitado, por ese sistema que, para acabar con las protestas ciudadanas, prometió un plebiscito para modificar la Constitución, pensando que todo quedaría en agua de borrajas, que el impulso de la mayoría lo apagaría el tiempo, la rutina, o una pandemia mundial.

Lo bueno de Chile es que han conseguido mantener las ascuas, y no solo van a conseguir cambiar la Constitución, sino que han conseguido sacar de La Moneda a los herederos del asesino. Ojalá esta victoria de Boric no sea parcial, efímera, sino que sea el comienzo del cambio que se merece Chile, que nos merecemos todos. Gracias, Chile, por regalarnos esperanza, por gritar con voz de gigante. ¡Adelante!

MOI PALMERO
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