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Antonio López Hidalgo | Este sueño no hay quien lo entienda

Despertó de un sueño abrasador y extenuante, pero asimismo apacible y vivificador. Cuando abrió los ojos no supo qué día era ni cuánto tiempo había andado por un mundo que nunca fue suyo, o tan diferente al que había vivido hasta entonces. No le importó demasiado, porque siempre quiso cambiar su vida de cualquier modo y a cualquier precio. Así que, al incorporarse, no reconoció la habitación, ni la ropa que había vestido el día anterior, aunque estaba mal colocada en la silla del rincón. Abrió la ventana y el paisaje le pareció desconcertante, otro, irreconocible.


Pensó que no había dormido suficientemente y que el cansancio del día anterior le enajenaba la razón. Pero no era así. Se sentía despierto, con los reflejos a flor de piel, los ojos iluminados por el sol de la mañana. Buscó en otras habitaciones de la casa retazos de su vida anterior. No encontró ningún objeto propio que le fuera propio. Le costó asimilar su nueva identidad en el error desconcertante de que era él mismo en un cuerpo que no era el suyo. En el cuarto de baño le deslumbraron los focos del espejo y, cuando fijó la mirada en el rostro proyectado en el cristal, no supo que era él mismo.

Le gustó del otro su pelo cano, su piel sin apenas huellas del desahucio de una existencia apurada de desencuentros, sus manos suaves que haberlas empleado en trabajos cómodos, su aspecto desenvuelto de quien no sufrió lo suficiente. Se preguntó qué veía en este hombre que le era propio, qué le había robado de una personalidad ya marchita, extraviada en lo más hondo de su ser.

No le disgustaba la realidad que se construía a cada paso, le costaba identificar los detalles más nimios, leer los títulos de otros libros que no le despertaban interés o pasión alguna. Y pensó quién vivió allí todos estos años y que pudo ser feliz con tan poco. Quiso imaginar su porte, definir sus esperanzas, meterse tan adentro de él para asimilar como propias sus entrañas y sus días truncados por el tsunami del fracaso o del infortunio, o también por el sinuoso éxito de los elegidos. Pero no halló ni un solo indicio de infelicidad. Desconcertado, volvió a abrir la ventana y en el mismo paisaje que unos momentos antes le desconcertó, dibujó la sospecha de que aquel otro hombre de quien no sabía nada pudo haber sido feliz en algún momento o, tal vez, en muchos de sus días. En cualquier caso, rechazó esta última idea por ambiciosa e irrealizable.

Ahora pensando, sentado en el sillón, se dispuso a ordenar el día y, también en lo posible, sus horas futuras. No le pareció banal reconstruirse desde el vacío más limpio, ni adolecer de recuerdos le cerró la posibilidad de inventarlos de nuevo y, de este modo, acomodarlos a ese futuro posible al que ahora se entregaba a modelar. En un principio, le pareció una tarea ardua, si bien reconfortante. Le costó vestirse con un sentido de la estética diferente, adaptarse al olor de las mismas paredes, encontrar en los mismos sabores otros que le avivaran nuevas sensaciones. No rechazó el olor del café, pero el whisky se le antojó que olía a chinches. Aunque no acertó a entender si esa relación improvisada entre whisky y chinches tenía algún sentido.

De golpe se sintió cansado, como si no hubiese descansado durante semanas o meses, y optó por meterse en la cama. Antes había cerrado la ventana, había bajado la persiana. Se cubrió hasta las orejas, como si así pudiera salir del mundo de los vivos, y, en un silencio total, oyó sus propios pasos en la habitación y otro, que no era él, si bien se le asemejaba demasiado, le llamaba a despertar. Pero él no estaba dormido. Así que concluyó que las escasas energías de las que disponía le llevaban a construir escenas irreales en las que no creía ni podía creer.

Extraviado en estos y otros pensamientos, se quedó dormido. En pocos minutos logró encontrar la puerta abierta de aquel sueño en el que había sido feliz. Pensó incongruentemente que lo lógico sería no despertar jamás, hacer de aquel espacio onírico su hábitat para siempre. Nunca pensó que un hombre pudiera vivir permanentemente en un sueño. Y ahora la idea no le parecía desproporcionada, sino posible. En unos instantes entendió que aquel descubrimiento le podía cambiar su existencia e, incluso, patentándola a su capricho, la vendería a otros. Y así, en el transcurso de un tiempo controlado, todos seríamos otros, sin ser conscientes de tal artilugio.

Llegado un momento, este hombre no recuerda si despertó o se quedó divagando en el mismo sueño. La memoria es lo que tiene cuando no está: no solo enajena a cualquiera, sino que lo empuja a una equivalencia equivocada, forzada, dispar. Cuando este hombre abra de nuevo los ojos, sabrá que la vida no se ha movido de su sitio, que es él quien ha transmutado en otro. Y esa sensación de tocar lo insondable, de sentir lo inalcanzable, le llevará a otra conclusión baldía e inútil. Pero ya no lo recordará.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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