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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

martes, 19 de enero de 2021

  • 19.1.21
Me abruman los azotes de realidad que estamos viviendo en estos días. No considero que sean malas noticias: creo que, tan solo, son atisbos de realidad. Y cuando nos golpean a nosotros, entonces ponemos el foco sobre ellos, tratándolos como desgracias o fatalidades. Es como si el rango de catástrofe se midiera de acuerdo al ojo que lo mira. Y si lo hace un ojo mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, el desastre es algo que llega al más mínimo traspiés.


Pienso que hemos pasado un ciclo de cierta estabilidad. Décadas en las que los altibajos no han sido muy pronunciados. Y este hecho se puede traducir como equilibrio social. A grandes rasgos, todos hemos tenido la oportunidad de prosperar, dado que no ha ocurrido una hecatombe conjunta que frenara nuestro progreso. 

Creo que a partir de los años ochenta, nuestro umbral de “desastre” se redujo a las consecuencias que podía provocar un temporal, un apagón, la caída de un edificio, un parricidio… En otras palabras, hechos puntuales y aislados que afectaban a un núcleo de población en un lugar y tiempo concretos, en los que se encuentran unas víctimas muy bien localizadas mientras el resto mirábamos desde el confort. En cierta forma, nos animaba ver que a nosotros no nos había ocurrido aquello que observábamos.

Ante este paraje de calma y prosperidad, no existió la queja sobre asuntos que nos incumben a todos. Encontramos una sociedad “unida”, sin una latente polarización y con cierta serenidad ante materias de Estado. Nos encontrábamos unidos porque habíamos salido de una dictadura de cuarenta años, en la que sí se notaban de forma destacada los altibajos. No encontrábamos polarización porque todos entramos en un sistema de gobierno realmente nuevo para muchas generaciones.

Y la serenidad surgía a partir del disfrute del nuevo orden: si nos engañaban con algo u ocurría alguna injusticia, lo asimilábamos y mirábamos para otro lado porque nuestra posición social y económica no se sentía amenazada. Al menos, de forma directa.

Teniendo entonces los ingredientes de unidad y de serenidad, el resultado es una sociedad vulnerable, desvalida y, ante todo, inerme. Y si no lo veis así, pensad en un vaso de leche con Cola cao –o Nesquik, no se me vayan a ofender sus señorías–. Así, cuando dejas reposar la leche ya mezclada con el Cola cao, vemos cómo poco a poco todo se va asentando: cada elemento va ocupando su lugar, adquiriendo identidad propia y separándose del resto de ingredientes. Y para evitar que esto ocurra, necesitamos batir de forma constante y suave: así jamás perdemos la mezcolanza.

Pues pienso que España, en este preciso momento, es un vaso de leche con Cola cao que se ha dejado durante mucho tiempo reposar. En los años ochenta todo era unidad y serenidad, como he dicho. Pero vinieron los noventa y la entrada al nuevo milenio. Y dejamos que todo se asentara demasiado. 

Durante estas décadas ha habido un abuso de serenidad, ya que no hemos luchado por lo que era nuestro ni hemos mantenido un poquito de ajetreo en la escala social. Creo que el dogma era el siguiente: "si me va bien a mí, ¿por qué tengo que alzar la voz para que la situación global mejore?". Así llegamos a tener un país sin armas para enfrentarse a los tiempos de vacas flacas. Y cuando la impavidez gobierna, la polarización preside. La leche y el Cola cao dejaron de ser uno: abandonaron la unidad.

Y así lo vivimos en la crisis de 2008 cuando, estando todos bien recostados en nuestro sillón, vimos cómo aquello que no hicimos en su tiempo, indirectamente, nos daba en la cara. Y como he dicho antes, nuestro ojo, mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, vio y sintió tal crisis como una catástrofe. Todos nos quejamos y nos lamentamos, pero cada uno de nosotros vimos como culpables a diferentes entes. Y es ahí, amigos lectores, donde nació la polarización que nos afecta hoy.

La polarización en España no busca localizar a quien tenga la mejor solución. Solo pretende encontrar al culpable de la miseria que nos asola, eludiendo nuestra responsabilidad cívica. Y si miramos con vista de águila, todos somos los culpables: yo soy culpable; tú eres culpable... Es buen momento, quizás, para dejar de pensar que ellos son los culpables, ¿no crees?

DANY RUZ

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