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José Antonio Hernández | Después de la pandemia

En esta ocasión todos los contertulios hemos estado de acuerdo en que la reacción más generalizada tras la “dichosa pandemia” ha sido la perplejidad. La invasión mundial del tsunami del coronavirus nos ha desconcertado, asustado y aturdido. En opinión de Carmen, este golpe está derribando, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo –afirma– que hasta nos resulta difícil formularnos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, responderlas de manera coherente.



He aprovechado la oportunidad para comentar el libro titulado Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia, escrito por el prestigioso filósofo y teólogo Francesc Torralba (Barcelona, Plataforma Editorial, 2020). Su acierto radica en la habilidad con la que el autor señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad.

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables.

Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras.

Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención –a “contemplar”– a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera.

Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales como lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos y como medios provechosos para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas.

Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que “tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos, en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes.

Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
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