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jueves, 25 de junio de 2020

  • 25.6.20
En los momentos que estamos viviendo, creo que es necesario defender la herejía como una cualidad tan necesaria como escasa. No hablamos de esa herejía pueril propia de la rebeldía adolescente y del pensamiento político infantil. Hablamos de ir contracorriente, de manera razonada y con espíritu tan crítico como constructivo.



En los tiempos de la postmodernidad, la herejía es una cualidad que se asemeja al gusto por la lectura o el ejercicio. Muchos afirman que huyen del rebaño, que disfrutan de la lectura o que van con frecuencia al gimnasio.

Sin embargo, casi todos se esfuerzan en demostrar que se encuentran en el lugar correcto de una ficticia trinchera que otros han creado para ellos; en hacerse fotografías en la Feria del Libro, donde compran el único trozo de papel que van a leer durante el resto año; o bien, se esfuerzan en pagar su cuota en esos templos dedicados al culto al cuerpo como si fueran una ONG, porque o no van, o lo hacen para poner una fotografía en la red social de turno.

Y eso no es lo peor. Lo peor es que, en ocasiones, estos mismos autodenominados ‘herejes’ se atreven a ejercer de censores. ‘Postcensura’ lo denominan, aunque no es más que la vieja costumbre de linchar, antorcha en mano, al que no comparte tus ideas. Eso sí, en redes, que es mucho más civilizado. Dónde va a parar…

La herejía es un atentado contra la corrección política, que no es otra cosa que neopuritanismo disfrazado; un acto de traición a la pureza, que permite al sistema evolucionar; una obligación ética en tiempos de postureo ideológico. Pero no todos tienen el temple, ni de serlo ni de defenderlo sin caer en una suerte de iluminación personalista, cuando no mesiánica.

Un buen ejemplo de lo que estamos hablando es el abolicionismo. El feminismo radical y descerebrado que ahora mismo prevalece pretende imponer la idea de que solo existe un feminismo, y que debe ser abolicionista. Por tanto, de acuerdo con esta lógica, todo aquel que defienda la regulación del trabajo sexual no solo no es feminista, sino que es un machista.

Así lo aceptan los ‘rebeldes’ militantes en redes sociales. Se niega el debate. Y mientras, se ignora y discrimina a asociaciones feministas como Hetaira o Aprosex. ¿Eso no era cosa del heteropatriarcado?

Admito que el abolicionismo siempre me ha parecido una posición más propia de un vecino del barrio de Salamanca que uno de barrio obrero por las razones que ya expliqué aquí. Es fácil tener sólidos principios utópicos desde la comodidad de tu salón y, desde luego, pongo en duda que Irene Montero o Carmen Calvo sean más feministas que Amarna Miller.

En cualquier caso, y a pesar de lo señalado, sí que considero que es necesario un debate público, y jamás lo negaría. De hecho, se perdió una oportunidad excelente cuando el actual Gobierno negó a la Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS) convertirse en sindicato. La herejía nunca puede ser intransigente, so pena de aspirar a dogma.

Sirva este ejemplo para entender lo necesario que es el pensamiento crítico, y cómo debe actuar. Máxime, en unos tiempos de cambio, donde jamás ha habido tanto borrego creyéndose librepensador. Es momento de ser valientes, aceptar lo que caiga, proponer nuevos debates y, sobre todo, derribar las trincheras ficticias que los populistas de turno tratan de imponernos –otra vez–.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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