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domingo, 20 de octubre de 2019

  • 20.10.19
De todos es sabido que actualmente en nuestro país el profesorado ha perdido bastante de la autoridad que tiempo atrás poseía. Y no podemos centrar únicamente en una sola causa las razones por las cuales se ha llegado a esta situación, ya que los cambios familiares y sociales han sido lo suficientemente grandes en las dos últimas décadas como para que entendamos que es un problema relevante que se ha enquistado en el cuerpo social.



Así, cada cierto tiempo, saltan a los medios de comunicación noticias en las que leemos que niños o adolescentes, en el colegio o instituto, han agredido a profesores o profesoras de distintas maneras. Y lo que es peor aún, en ocasiones, sus conductas se han visto reforzadas por el apoyo que han recibido de sus padres que se las han justificado.

Este deplorable panorama, que refleja la indefensión en la que se encuentra el profesorado, como producto de la carencia de autoridad dentro de una sociedad altamente permisiva, puede llegar a conocerse, puesto que se expresa en lugares públicos como son los centros de enseñanza. Sin embargo, hay otras formas de agresión y violencia que estos pequeños dictadores las ejercen sin que salgan a la luz pública ya que se desarrollan en el ámbito familiar, espacio que es el germen de estas actitudes.

Sobre este problema, psicólogos y pedagogos buscan las causas, las razones por las que menores de edad llegan a desobedecer, menospreciar, insultar e, incluso, ejercer la agresión física contra sus padres, especialmente contra la madre, convirtiendo la vida de estos en verdaderos calvarios. Y, lógicamente, después la trasladan al ámbito educativo.

Para comprender estas situaciones, acudo a dos autores relevantes que han abordado la psicología y comportamientos de estos niños y adolescentes. Uno de ellos es Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia; el otro, Javier Urra, psicólogo que fue el primer Defensor del Menor en España.

Puesto que este trabajo lo divido en dos partes, en esta primera acudo a Vicente Garrido, autor de Los hijos tiranos, quien nos dice lo siguiente:

Son pequeños tiranos, niños que desde pequeños insultan a los padres y aprenden a controlarlos con sus exigencias, hasta convertirse en una pesadilla para ellos. Cuando crecen, los casos más graves pueden llegar a la agresión física. Este tipo de violencia contra los padres, ocultada por la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad de los propios progenitores, comienza a ser un fenómeno cada vez más visible. Los padres están desbordados, no saben qué hacer con estos niños”.

Tras la lectura de su obra, y tomando como referencia las razones que expone el profesor Garrido, describo cinco causas generales que me parecen fundamentales para comprender este fenómeno:

a) En la actualidad nos encontramos con una forma de vida en la que la pretensión de satisfacer los deseos de forma inmediata y sin restricciones se ha convertido en algo común, debido al avance de una sociedad que aspira cada vez a mayores comodidades.

b) Se fomenta el ‘vivir muy deprisa’, sin obligaciones, buscando las metas a cualquier precio. Además, a los jóvenes se les retrasa la adopción de roles de responsabilidad, actitud fomentada por los padres, por su deseo de formación cultural para adaptarse a las fuertes exigencias de la actual sociedad.

c) Esas fuertes exigencias del mercado laboral, muy inestable actualmente, añade más presión a los padres; inseguridad que años atrás no existía. Por otro lado, el paro y la precariedad laboral en los que viven los jóvenes desalientan a los hermanos menores.

d) La falta de entendimiento en el modo de educar a los hijos. Esto puede apreciarse en ciertos casos de rupturas matrimoniales o de parejas, en las que las madres se suelen llevar el peso de las responsabilidades, teniendo que compaginar su trabajo con el cuidado y la educación de sus hijos.

e) No podemos olvidar que la sociedad consumista en la que nos movemos conduce a la pérdida de ciertos referentes morales (valor del esfuerzo, austeridad en la propia vida, proyectos a medio y largo plazo, etc.) por lo que se desatiende la formación en valores sólidos, por lo que no se suele tener claro lo que está o no está bien.

Puesto que por mi parte llevo las investigaciones a través del dibujo, para que veamos cómo se expresan los rasgos autoritarios y agresivos de los niños y adolescentes he seleccionado como ilustración del artículo el dibujo de Andrés, de 13 años, realizado en la clase y sobre el tema de la familia.

Como podemos observar, comienza por él mismo, como signo de autoridad y de afirmación personal; le sigue su hermano en tamaño muy pequeño, y que, tal como apunta detrás de la lámina, es “muy malo”; más alejada, está su madre; y, finalmente, su padre, empequeñecido y sin importancia para el autor.

Queda claro que el autor se ve a sí mismo como un personaje grande, fuerte y agresivo. Para ello, acude a la estética de los cómics o mangas japoneses para retratarse con todos los atributos de los protagonistas de las artes marciales. Como detalle significativo, había escrito por detrás de la lámina que su padre le había regalado una pequeña moto.

Conviene indicar que el que un padre le haga este tipo de regalo a un hijo, al que no es capaz de controlar y con el fin de ‘ganárselo’, no deja de ser una manifestación de haber perdido la autoridad que tenía que haber ejercido con su hijo desde que era pequeño.

A pesar de ello, su hijo lo menospreciaba, tal como se manifiesta palpablemente en este trabajo. Y todo ello como resultado de los errores en los que incurren padres que no han ejercido una autoridad responsable con sus hijos desde que son pequeños, por lo que pueden acabar siendo víctimas de los propios hijos cuando han crecido, encontrándose impotentes para intentar modificar unas conductas que ya se vuelven insoportables.



He indicado que, en ocasiones, las rupturas de las parejas pueden conllevar a un claro desajuste de los criterios a adoptar en la educación de sus hijos e hijas, dado que los conflictos entre ambos pueden dejar en un segundo plano los criterios educativos de los hijos.

Esto se manifestaba claramente en los comportamientos de Eva, una niña de 6 años, inteligente, caprichosa e irascible, que en la clase y en el recreo respondía y agredía a sus compañeras con bastante frecuencia. Estas conductas comenzaron cuando se produjo la separación entre sus padres. Tengo que apuntar que tanto ella como su hermano pequeño quedaron bajo la custodia de su madre, quien se vio desbordada en la nueva situación, siendo excesivamente permisiva con su hija por los sentimientos de culpa que le aparecían, al responsabilizarse de los males de su hija.

Como podemos observar, la niña, a la hora de realizar el dibujo de la familia, se representa en primer lugar, lo que es indicio de un elevado nivel de autoestima, rayano en el narcisismo. Se traza con una corona como si fuera una reina. Por otro lado, en la boca aparecen dibujados los dientes, que es una clara manifestación de agresividad.

Una vez que acabó con su imagen, pasa a representar a su hermano menor subido en una pequeña mesa. Posteriormente, plasma una mesa con útiles encima. Acaba con el trazado de la casa y su madre en el interior de ella, en tamaño pequeño y con escasa relevancia. La figura de su padre no aparece, lo que es indicio de que la pequeña autora no lo tiene en consideración al no darle importancia.

Ni que decir tiene que los comienzos de Eva, aun siendo pequeña, apuntan a una personalidad caprichosa, autoritaria y agresiva, y, dado que las raíces de la personalidad se forman en los primeros años, acabará siendo bastante difícil de soportar si no hay un cambio de actitud por parte de sus progenitores.



En la actual sociedad se dan grandes paradojas en algunas familias, dado que por un lado, se encuentran con verdaderos problemas para llegar a final de mes, pero, por otro, no se privan de gastos que deberían quedar fuera de sus niveles económicos.

Así, en los trabajos de investigación que dirijo he podido observar que a niños muy pequeños cuando llegan las Navidades sus padres les regalan móviles, como si fueran juguetes que deben estar al alcance de cualquiera.

En este segundo caso que comento, de Iván de 9 años, no era exactamente un móvil, sino los videojuegos en los que continuamente estaba inmerso este chico tremendamente agresivo en la clase con su profesor y sus compañeros. Y la razón de esta conducta agresiva la pudimos encontrar cuando se les propuso en clase el dibujo de la familia.

Una vez que hubo terminado el dibujo, le invitamos a que nos lo explicara, puesto que él se había dibujado en medio de su madre y su padre, coloreados de azul, y con forma de ‘muñecos’, muy simples para su edad. Junto a ellos, unas especies de máquinas que eran las protagonistas del grupo.

Lo cierto es que para complacerlo y aplacar sus malos modos, sus padres le compraban los videojuegos que a él le gustaba, todos ellos muy violentos. De este modo, creían que concediéndole sus caprichos le calmarían, cuando lo que lograban era que el niño entendiera que la agresividad y la violencia son formas normales de la vida.

AURELIANO SÁINZ

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