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sábado, 30 de diciembre de 2017

  • 30.12.17
Cada cierto tiempo, los medios de comunicación nos informan de la llegada a las costas andaluzas de pateras cargadas con hombres (en ocasiones, de mujeres y menores) procedentes del África subsahariana, huyendo de sus países, saliendo de la pobreza o de los conflictos en los que están sumidos y buscando un hipotético horizonte que les haga vivir con cierta dignidad.



También, aunque ahora se haya ralentizado, de la llegada a Ceuta y a Melilla para saltar las vallas cargadas de concertinas que separan estas ciudades de Marruecos. Estos medios son los más frecuentes a los que acuden para acceder a un mundo que a ellos se les antoja cargado de promesas.

No me voy a extender en algo que ya tenemos asimilado por la asiduidad con la que se producen estas venidas; sin embargo, quisiera comentar la situación en la que están muchos de los jóvenes de raza negra que, tras superar innumerables obstáculos, finalmente se encuentran en distintas ciudades andaluzas, en esas en las que todas las mañanas acuden a sus puestos de trabajo, es decir, a los semáforos en los que se apostan para ofrecer sus escuetas mercancías.

Y digo "puestos de trabajo", dado que ellos no piden limosnas, sino que ofrecen pequeños paquetes de pañuelos de papel, ambientadores e, incluso, rosarios, a los conductores que momentáneamente tienen que parar porque el semáforo se ha puesto en rojo. Algunos llevan años viviendo en las tierras andaluzas, por lo que acaban siendo conocidos por los vecinos del lugar en los que se ubican o por los conductores que tienen que pasar a sus lados.

Aquí, en Córdoba, la ciudad en la que resido, conozco a un amplio grupo de ellos, en su mayoría procedentes de Nigeria, aunque también pueden ser de Ghana, Senegal o Camerún. Cuando se acercan las Navidades, algunos se visten de Papá Noel o de Rey Mago, con el fin de llamar un poco la atención.

Y puesto que sé muchas de sus historias, ya que me suelo detener a charlar con ellos cuando los encuentro en mi camino, tenía pensado hacer un artículo acerca de sus vidas tomando algunas fotografías con sus singulares vestimentas navideñas.

Con este fin me desplacé a las proximidades del instituto El Tablero, que se encuentra cerca de mi casa. Allí se sitúa diariamente Joseph, hombre amable y fortachón con rostro de boxeador. Al acercarme a él, se detiene un instante en la acera para verme, pues hace tiempo que nos conocemos.

“Buenos días, Joseph”, le digo, “¡qué manos más frías tienes!”. Efectivamente, desde muy temprano se encuentra en ‘su’ semáforo. Él me pregunta por la familia, como si fuera un rito iniciático de los encuentros. Por mi parte, lo hago por sus padres, su mujer y su hija, que los dejó atrás en Nigeria para embarcarse en la aventura de llegar a la rica Europa.

Dado que Joseph tiene un nivel aceptable de español, a pesar de que su recorrido siempre es el mismo (de casa al trabajo y del trabajo a casa), me responde dándome las gracias por interesarme por su familia, al tiempo que me informa que todos están bien, ya que ha hablado con ellos por WhatsApp el fin de semana.

Conversamos un poco más y le explico que quería hacer un artículo sobre los jóvenes que procedentes de Nigeria se encuentran en su misma situación, de modo que el texto estuviera acompañado de algunas fotografías.

“¿Te puedo hacer una fotografía para el artículo?”, le pregunto. “¿Aquí?, ¿ahora?”, me manifiesta un tanto extrañado. “Sí, sí, con la vestimenta que tienes de Papá Noel”, le aclaro. Se queda un tanto pensativo antes de responderme: “Primero tendría que llamar a mi hija para contárselo, pues Internet también se recibe en mi país”.

Al momento me doy cuenta de que la propuesta ha sido un error, pues ellos les han contado a sus familias que están trabajando en cuestiones de venta. Y no es del todo equivocado, puesto que ofrecen los pañuelos a los conductores a cambio de la cantidad que les parezca razonable. En esos instantes siento un poco de vergüenza por no haber pensado que se visten de ese modo en estas fechas, pero que no se sienten muy contentos con las mismas.

“Bueno, Joseph, entiendo que no es razonable que el artículo se acompañe con fotografías, pues tu familia, a pesar de que también en Nigeria existe la tradición de Papá Noel, se imagina otro trabajo mejor con el que os habéis encontrado al llegar a España”, le indico al tiempo que le pido un ambientador de color verde. Me despido estrechando su fuerte mano comprobando que ya no la tiene tan fría como al principio.

Retomo el camino por el largo paseo del Vial Norte, ubicado en la parte septentrional de Córdoba. Una vez que me dirijo hacia la avenida de Carlos III, me veo con Bobby, un joven amigo, también de Nigeria, con el que he mantenido largas charlas.

Él también vino a España sorteando infinidad de obstáculos. En esa aventura recibió un fuerte golpe en la espalda, por lo que, desgraciadamente, se encuentra con un problema de la columna que le hace que tenga que tomar cada cierto tiempo pastillas para calmar el dolor.

Su español es aún mejor que el de su compatriota Joseph, por lo que los diálogos que mantenemos son más largos y diversos. No solo hablamos de cómo se encuentra, sino también de cuestiones familiares, de lo que acontece en Córdoba y, cuando le pregunto, me informa con bastante precisión acerca su país.

En esta ocasión compruebo que va vestido de Rey Mago. Al acercarme, me saluda estrechando la mano, al tiempo que me indica que hace tiempo que no me veía. Le aclaro que recientemente tuve una caída en casa desde una pequeña escalera plegable y, aunque no tuve ninguna rotura, a lo largo del mes estuve con fuertes dolores en la pierna izquierda, lo que me impidió hacer las caminatas habituales.

“Bobby, ¿sabes cómo se llama el Rey Mago del que vas vestido?”, le pregunto. No está muy seguro, dado que, como he apuntado, en su país lo que se festeja es la llegada de Papá Noel. “Tú serías el rey Baltasar; el rey negro que va detrás de Melchor y Gaspar”, le aclaro aportándole alguna información sobre el relato del nacimiento de Jesús.

“¡Ah, claro! Por eso algunos niños me llaman Baltasar cuando me ven”, me indica con esa amplia sonrisa que nunca se desprende de su rostro, a pesar de la dolencia que padece y que da lugar a que tenga una silla plegable cerca del semáforo para sentarse de vez en cuando.

Mientras charlamos, Bobby responde con la mano al saludo que algunas personas le hacen al pasar a su lado. Veo que hay gente que le aprecia, puesto que se ha ganado el afecto de quienes le ven todos los días en el mismo lugar, en el mismo semáforo. Antes de reanudar la marcha también le pido un ambientador verde, con olor a manzana. Nos vamos despidiendo deseándonos lo mejor para estas fechas.

Sigo el camino. A medida que avanzo, vienen a mi mente las historias de mis amigos de piel muy oscura. Pienso en Peter, que tiene una niña de 6 años, española, y que ya ha encontrado un verdadero trabajo; a ello le ha ayudado su buen nivel de español, puesto que lo ha estado estudiando desde que llegó a España.

También de Patrick, ahora padre de dos niños nacidos nuestro país. En Isaac, que comparte vivienda con Bobby. En Ben, un muchacho con un enorme despliegue de simpatía, que llegó procedente de Ghana siendo un adolescente y cuya historia merecería ser conocida por el enorme coraje con el que afrontó tantas penalidades…

Cerramos el año 2017. En las ciudades de Andalucía volveremos a ver, en el 2018, a esos jóvenes de raza negra apostados en los semáforos para ofrecernos su breve mercancía, y que se lo jugaron todo por llegar a Europa. Mientras tanto, buscarán aquellos recursos para sobrevivir en una tierra que, tal como me han comentado, les gusta mucho y con el sueño de encontrar algún día un trabajo digno, tal como Peter que, al fin, lo ha logrado.

AURELIANO SÁINZ

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