:::: MENU ::::

jueves, 14 de marzo de 2019

  • 14.3.19
Las sociedades evolucionan y, con ellas, los individuos que las integran. Dicha evolución es un proceso, a veces muy lento y casi no nos damos cuenta de las innovaciones. Otras veces, el progreso es tan rápido que el vértigo del cambio nos marea hasta tal punto que crea un cierto malestar a la par que rechazo a dicha evolución. Actualmente vivimos a velocidad vertiginosa frente a las nuevas tecnologías.



Como ejemplo de lo último está Internet. A una parte de la ciudadanía le ha cogido de sorpresa y prueba de ello es la resistencia a efectuar determinadas actividades por dicho camino. Indudablemente, a esa parte de personal fuera de juego se le está acosando para que use los nuevos medios de comunicación. Digamos que el personal fustigado son los “indigentes digitales”.

Bancos, organismos oficiales, compañías de luz, gas…, nos venden que la factura pasa a ser sin papel por aquello de la ecología (y me parece bien), pero a muchos usuarios dicho cambio les coge fuera de juego; aun hoy cuando se supone que Internet se ha afianzado, incluidos muchos mayores, los atosigamientos son duros y agobiantes.

Indudablemente el personal más joven lo tiene “chupao” y se manejan con los artilugios informáticos a velocidad de vértigo. Es asombroso ver cómo renacuajos de corta edad se manejan ante un teléfono, una tableta o jugando a cualquier pasatiempo que le ofrece el medio. No tienen miedo a dichos aparatos ni a que se puedan romper. Por contra, los más adultos (¡vale, viejos!) solemos usarlos con recelo y cierto reparo para no meter la pata y no estropear nada.

Perla de un banco: “hacer todo desde el móvil. Así es la revolución de las pequeñas cosas. Adelante”. ¿A que suena hasta bien? Mirado sin mala idea y sin miopía mental, efectivamente Internet nos ha facilitado una barbaridad de cuestiones. Desde estar conectado para lo que sea, a un clic de teléfono, hasta buscar una calle, un hotel o poder comprar a distancia.

El rosario de beneficios es muy amplio. Y eso es bueno, si sabemos utilizarlo se le saca provecho. En el ejemplo que aporto la parte positiva está muy clara. Podemos solventar muchas cuestiones desde casa con la mínima molestia ¿Parte negativa? El trato persona a persona, cara a cara, se ha diluido y para más inri nos venden la burra de que lo hacen por nuestra comodidad. No sigo…

Ahorran en personal. Más paro. Ahorran en papel, en sobres, en gastos de correo. ¿Gana el cliente? No, siempre gana la banca. En pura teoría de ventas el cliente es la clave de cualquier negocio. Piénsenlo por un momento.

Un aliciente nos han vendido como valor añadido a dicha tecnología: el valor de la ecología intentan ponerlo en alza. Compañías telefónicas o la banca no gastan papel. ¿Ellos se venden como muy ecológicos? No, intentan abaratar sus costes a toda costa.

Si el usuario quiere imprimir la factura está en su derecho y amablemente nos recuerdan que imprimir supone gastar papel lo que repercute en la desforestación. Ellos quedan bien y será el sufrido usuario el que cometa desacato contra el medio ambiente…en el caso que necesite imprimir.

De la noche a la mañana –el proceso técnico de Internet ha sido muy rápido– nos han creado mala conciencia y, de paso, arteramente, han puesto en alza el valor de la ecología. Todos se han vuelto muy ecologistas a costa del sufrido usuario. Mi queja no es contra la ecología: se desata contra ese imperialismo que nos ha subyugado en un corto periodo de tiempo.

Un pensamiento furtivo. En muchos comercios se plantearon suprimir plástico (bolsas). Si la quieres, la pagas. Ya sé que es una miseria lo que cobran. Pero sí que salimos del supermercado con bolsas de papel que van llenas de envases de plástico. Puro sarcasmo.

Vas a sacar dinero y obligatoriamente hay que ir a la “maquinita” (cajero automático porque el cajero humano ya no cajea). Cuántas personas mayores sufren lo indecible con ese planteamiento y cuántos empleados y empleadas con gesto prepotente, a veces hosco, salen a culturizarte en el uso de dicha maquinita. La informatización va dejando sin trabajo a mucho personal que es sustituido por la tecnología. Siempre gana la banca.

Claro que desde que entramos en la era industrial, allá por los años de Mari Castaña, viene ocurriendo eso. ¿Estoy en contra de la tecnología? Simplemente, no. Los tiros van por otros montes… Alguien podrá exclamar "¡es el progreso, imbécil!". Y no nos quedará más remedio que decir "¡tocado y hundido!".

En estos tiempos que nos toca vivir el cambio va a velocidad de vértigo y nosotros somos arrastrados en un torbellino de supuestos beneficios. Por el camino perdemos una serie de valores que reemplazamos por otros más acordes con los avances técnicos.

Los viejos valores, ni mejores ni peores, que se movían en aquellos tiempos pasados eran reposados, de tertulia con el vecino de asiento, de intercambio. Hoy te enfrascas en tu aparatito y pasamos a ras del horizonte sin saber por dónde vamos ni lo que hay en el camino.

De nuevo me centro en la ecología, que es un valor al alza en los últimos tiempos. Calles limpias, vidrio pendiente de reciclar (según datos oficiales, hemos reciclado una buena cantidad de vidrio). Una réplica necesaria. Hubo una época en la que el vidrio era retornable. Por ejemplo, se descontaba al comprar otra botella llena o te retornaban una cantidad a su entrega. Eso ocurría antes cuando todo aun no era de usar y tirar.

Sigamos con el reciclaje. Papeles separados del resto de deshechos, defensa de la naturaleza, de nuestros compañeros los animales, sean de dos o cuatro patas. Ese es el ideal predicable por los progresistas renovadores y cuidadores del espacio. Es el objetivo que buscamos conseguir, lo que no quiere decir que todo lo que nos predican esté siendo ejecutado por ese fervor ecologista. El boquete que se abre en el discurso es grande y da para mucho si analizamos críticamente el tema.

Y aquí entra una inquietante comezón “desazón moral, especialmente la que ocasiona el deseo o apetito de algo mientras no se logra” (sic). ¿El valor de la ecología se podría aplicar a las redes? Es decir ¿podríamos conseguir que no sean un vertedero de basura política, social, ideológica, religiosa, de chismorreo o de acoso y derribo del contrario?

Bonito deseo para pedirles a los Reyes Magos del próximo año, si es que aun están vivos. ¿De qué hablas? ¿Ecología de las redes? Las redes son virtuales y, por tanto, no tienen espacio físico. Pero siendo tan jóvenes y virtuales, sí que tienen mucha basura…

Una idea positiva. Pensemos que las redes son un amplio prado verde de ideas, de ofertas, de cultura, de intercambio, de diálogo. En ese prado habría margaritas con ideas en duda, rosas con algunas espinas desgranando un diálogo agridulce, pero al fin y al cabo, diálogo. Habría infinidad de elementos limpios, preciosos, con valor educativo. Vamos, un posible paraíso cultural.

Pero ¡oh, dolor! En ese espacio hay más heces que en las cloacas de una gran urbe. Un amante de lo viral (aun no tengo claro dicho concepto) subirá a la red aquello que le apetece buscando su minuto de gloria. Mierda gratuita para el ego, porque me apetece defecar lo que me viene a la cabeza.

Debería decir lo que piensa, pero ¿piensa o solo es diarrea mental? Basura que vamos acumulando sin darnos cuenta ¿o tal vez no? Basura que vamos tirando contra tirios y troyanos de forma disimulada, sin querer darnos cuenta O ¿quizás sí por aquello de que en la red nadie me conoce y nos escudamos en “san anonimato”?

Una comparación con el mundo real, éste que pisamos o pisoteamos de continuo. El personal que hace botellón, que lo hace con plena libertad y conocimiento de causa, suele ser ecologista acérrimo defendiendo lo que haga falta. Son ecologistas con-vencidos y ello me alegra.

Pero el campo de batalla de una noche de botellón da asco por la basura que contiene. Si dicho campo está asqueroso, que lo limpien los barrenderos, que para eso se les paga. Viva el comunismo de alpargata mental. ¿Dónde se quedó la ecología?

Todo lo anterior traspásenlo al ciberespacio, a los lodazales de la ofensa, la injuria contra el vecino, la basura verborreica. ¿Bla, bla, bla…? Estamos plantando desprecio, indiferencia, odio. Seamos consecuentes o, mejor, cerremos la boca que, a veces, aparece como un pozo ciego repleto de inmundicias.

PEPE CANTILLO

DEPORTES - LA RAMBLA DIGITAL

FIRMAS
La Rambla Digital te escucha Escríbenos