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viernes, 9 de noviembre de 2018

  • 9.11.18
Cualquier sentimiento puede ser pisado por el miedo. El miedo construye murallas hechas de fantasmas a tu alrededor y trata de helarte el corazón. Te inmoviliza soplándote palabras que te paralizan, que te dicen que eres incapaz, que no tienes derecho a la paz, ni a los momentos felices. Y empiezas a luchar con él desde la cabeza y tu corazón se va encogiendo devorado por una abismo que se abrió hace tiempo y es difícil de cerrar.



Quieres salir de ahí, escapar de la tortura que te desconecta de la realidad y te lleva a un mundo sin oxígeno. Pero él se va alimentando de tu dolor, de tu rabia, de tu ira llena de tristeza e impotencia. Si te caes al suelo, él te hará creer que el desierto de la soledad es tu destino. El amor y la ternura son algodón de azúcar incapaz de hacerle frente.

Hasta que un día te sientas frente a él, de igual a igual y le preguntas con amabilidad por qué está allí, cuál es su función: alguna ha de tener. Y empiezas a tirar de la hebra y descubres que el ovillo está hecho de tus circunstancias, de tus vivencias, de un pasado en el que tuviste que sobrevivir sola ante grandes peligros. Y como si de la película de Monstruos se tratara, te das cuenta de que el monstruo solo quiere protegerte de un mundo que se le antoja peligroso y duro.

Lo realmente difícil es tratar de convencerlo de que ya no necesitas su helada energía, decirle que quieres vivir aunque duela, sentir aunque te hieran y ver los colores del campo sin querer atraparlos. Abrir compuertas, dejar que el aire sople dentro y te renueve; sentir un abrazo, un beso, una mirada; llorar ante la ternura y la fuerte fragilidad; zambullirte en otra piel y dejar que el corazón se abra y lata como un loco.

Difícil pero no imposible...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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