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jueves, 4 de octubre de 2018

  • 4.10.18
En un momento de lucidez, Fernando Fernán Gómez afirmó en La silla de Fernando que el mal de los españoles no era la envidia, sino el desprecio. Y ahí nos dejó una enseñanza histórica sobre nuestro país que supera la de cualquier manual. El desprecio siempre ha estado ahí, acechándonos. ¿De qué nace? ¿Del propio carácter? ¿Del miedo? ¿Del malmeter de otras personas por sus propios intereses? Da lo mismo. El caso es que en España se desprecia y en política, más.



Pero el desprecio rara vez se encuentra en el Congreso de los Diputados. Y si se encuentra, es en las propias filas, porque son los que quieren su puesto. En cambio, en la calle sí que existe un odio al enemigo (el término ‘rival’ se deja para el deporte, y a veces ni eso) que se fomenta y que en ciertos períodos parece que se multiplica.

Hoy estamos en un momento en que el desprecio al otro y la autoreivindicación “sin complejos” –como diría José María Aznar– son tendencia. El nacionalista español (patriota se autodefine) odia al nacionalista vasco y catalán. Otro tanto se da a la inversa. El socialista y el podemita de circunstancias odian al ‘facha’ pepero y/o al anaranjado (si conviene). Y de nuevo, viceversa. También hay quien los desprecia a todos, y se autodenomina ‘apolítico’.

Al final, el hereje es el que es de izquierdas o de derechas y no tiene la sutileza de despreciar lo suficiente. Es el nacionalista moderado, el ‘sociata’ sensato, el ‘facha’ acomplejado... El hereje es la auténtica víctima de esta ola de irracionalidad.

Y hay de qué preocuparse. Como señaló Albert Camus en El Hombre Rebelde, todo lo emponzoñado por el desprecio acaba desembocando en fascismo. Aunque no sea en la ideología tal cual que se formuló en los años veinte, su brutalidad, sus ideas principales y sus métodos sí que tienden a reproducirse.

Es el caso de los independentistas catalanes, así como la de muchos españoles fuera de Cataluña. Hace justo un año, ¿cuántas veces pudo escucharse que los independentistas “te hacen facha sin quererlo”? Porque sus mentiras y medias verdades provocaron la ira de muchas personas y, con ellas, desprecio. Y si eso ha ocurrido fuera de Cataluña, la radicalización y las crecientes tendencias filofascistas de muchos no independentistas bien merecen un estudio.

Reivindiquemos la lucidez del hereje que, con dificultades, intenta observar su realidad con una mirada privada de odio. En definitiva, la figura de aquel que entiende que la política no va de tener la razón frente al otro, ni destruirlo, sino de dar a cada uno su sitio y poner a las personas de acuerdo por un bien común.

RAFAEL SOTO


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