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sábado, 1 de septiembre de 2018

  • 1.9.18
No sé si Carmen Romero, diputada en el Congreso por el PSOE entre 1989 y 2004, fue consciente de que cuando acuñó la expresión de “jóvenes y jóvenas” cometía un enorme disparate lingüístico. Disparate que, en vez de ser corregido o explicado posteriormente, acabaría convirtiéndose en la punta de lanza de posteriores manifestaciones lingüísticas que, bajo el supuesto de buscar una equidad de los géneros, lo que se lograba es que se ridiculizaran los intentos de lograr un lenguaje que no implicara discriminaciones para la mujer o el género femenino.



Estoy seguro que, al ser licenciada en Filosofía y Letras y profesora de Lengua y Literatura en un instituto de Bachillerato, era consciente de la alteración introducida, pues la palabra "joven" sirve para ambos géneros, el masculino y el femenino, sea como sustantivo o como adjetivo.

Puesto que toda mujer tiene identidad por sí misma sin depender de su vinculación afectiva o conyugal, no aludo, como sería lo habitual, a la relación matrimonial que tuvo con un destacado político español. Debe quedar erradicada definitivamente la expresión “señora de…” que todavía se utiliza en ciertos ámbitos. Así pues, quien no conozca esta circunstancia personal de Carmen Romero y desee saberla, puede fácilmente acudir a esa gran enciclopedia digital que es Wikipedia.

Este intento de “feminización” de términos que gramaticalmente sirven para ambos géneros no ha parado, por lo que, en ocasiones, nos encontramos con expresiones chirriantes, a pesar de quien las pronuncia considera que es un avance en el uso igualitario del español. Es lo que aconteció tiempo atrás en una de las intervenciones en el Congreso de los Diputados por parte de la diputada de Podemos Irene Montero cuando aludió a “las portavozas”.

No sé si ella quería enfatizar su función de portavoz del grupo de Unidos Podemos (UP), lo cierto es que, siendo una excelente oradora, tal como lo manifestó en su intervención en la moción de censura a la que se sometería, en junio de 2017, Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, acudió al mismo disparate lingüístico de Carmen Romero.

De este modo, se volvía a cometer un absurdo error lingüístico, pues la palabra "portavoz" sirve para ambos géneros, siendo el artículo que la precede –el portavoz o la portavoz– el que determina su pertenencia a un género u otro. Con ello, lo que Irene Montero lograba era construir una palabra gramaticalmente incorrecta y fonéticamente un tanto desagradable, al tiempo que el término "portavoz", sin citarlo, implícitamente se lo atribuía al género masculino.

Sé, por otro lado, que los debates sobre el denominado lenguaje inclusivo han generado ríos de tinta. Esto ha dado lugar a que, en los extremos, haya dos polos contendientes: por un lado, se encuentran quienes sostienen que la lengua española tiene unas reglas muy precisas y que bajo ningún concepto se deben cambiarlas, siendo la Real Academia Española de la Lengua la que determina su uso correcto; en el lado opuesto se ubican quienes consideran que la lengua es, explícita o implícitamente, discriminatoria con la mujer y que no hay motivos para poner frenos al uso de nuevos términos feminizados que acaben con la discriminación que conlleva.

Como profesor universitario, esta cuestión, a pesar de que mi campo es la Educación Artística, la planteo de manera habitual en las clases a comienzo de curso, dado que a los alumnos, tanto chicos como chicas, se les ha indicado por parte de algún sector del profesorado, especialmente femenino, que deben escribir en masculino y femenino para que haya igualdad, lo que conlleva la duplicación de términos (por ejemplo, en vez de decir "el niño" como genérico, se les invita a escribir "el niño o la niña").

Si tenemos en cuenta que las nuevas generaciones que acceden a la Universidad, de manera general, no tienen un nivel muy sólido redactando, resulta que me encuentro con trabajos escritos con cantidad de errores de concordancia o con textos difíciles de digerir, puesto que han seguido la propuesta de evitar los genéricos masculinos y sin que hubieran recibido alternativas para que escribieran bien gramatical y literariamente.

Sobre esta cuestión volveré en otra ocasión, pues me parece de gran interés reflexionar sobre cómo abordar un lenguaje inclusivo y no discriminatorio, de manera que no quede oculto uno de los géneros en aquellas expresiones en los procesos de comunicación, sean orales o escritos.

Quisiera cerrar este escrito aludiendo a una tercera “feminización” lingüística que recientemente me he encontrado en un diario digital: “participanta”. Este error se encuentra en la línea de quienes no saben que los denominados participios activos son términos que sirven tanto para el género masculino como el femenino.

Recordemos que los participios activos son sustantivos y adjetivos que se derivan de los verbos, de modo que los que nacen del primer grupo tienen como sufijo la terminación "ante", y los del segundo y tercero en "ente". Así, del verbo "amar" surge como participio activo "amante"; del verbo "participar", "participante"; y, por ejemplo, de los verbos "fallecer" y "oír" nacen "falleciente" y "oyente". No se dice "amanta", ni "participanta"; ni tampoco "fallecienta" ni "oyenta".

Bien es cierto, que dentro del lenguaje popular han surgido algunos participios activos feminizados, caso de "presidenta", "dependienta", "sirvienta"… y que han sido acogidos por los diccionarios de la RAE. Son casos excepcionales y ya consolidados, pero que no han sido el resultado de la decisión voluntaria de una persona o de un grupo, sino que, tal como apunto, ha surgido dentro el uso colectivo de una lengua compartida.

AURELIANO SÁINZ

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