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sábado, 11 de agosto de 2018

  • 11.8.18
Un escritor y ensayista muy conocido en nuestro país por sus numerosas intervenciones en distintos programas de los medios de comunicación es José Antonio Marina. Posiblemente sea una de las caras más conocidas de los profesores españoles, no solo porque es catedrático en excedencia de Filosofía del instituto madrileño de La Cabrera, sino porque ha sabido compatibilizar su trabajo de docente con el de escritor y participante en programas de radio y televisión.



Tengo que apuntar que su faceta de escritor es enormemente fructífera, pues desde su primer libro, Elogio y refutación del ingenio, que apareció en 1992 en la editorial Anagrama, no ha dejado de publicar de manera continua, de modo que en la actualidad cuenta con 35 libros propios, aparte de los que ha compartido con otros autores o aquellos que ha prologado.

Esta actividad intelectual tan intensa, y por otro lado tan bien orientada, puesto que sus trabajos no van dirigidos hacia los especialistas sino a un público amplio, dio lugar a que, muy merecidamente, fuera nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia.

Como datos biográficos, apuntaría que José Antonio Marina nació el 1 de julio de 1939 en la ciudad castellano-manchega de Toledo, por lo que en la actualidad cuenta con 79 años. Desde pequeño manifiesta una clara inclinación por los estudios sobre el pensamiento y la mente humana, circunstancia que le condujo, finalmente, hacia la carrera de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Pudiera parecer que con su nivel lo razonable hubiera sido que accediera a la Universidad; sin embargo, él siempre se ha sentido a gusto como profesor que trabaja con adolescentes, por lo que no cambió su estatus de docente de Secundaria.

Si miramos su faceta de escritor, comprobamos que su producción está focalizada fundamentalmente en temas educativos, en reflexiones sobre la inteligencia y las emociones humanas, así como en los mecanismos que explican la creatividad, sea artística o científica.

Puesto que los temas que ha abarcado son muy amplios, en esta sección de Aforismos y pensamientos quisiera centrarme en algunas de las ideas que desarrolla sobre el miedo, como sentimiento humano que todos portamos, y que aparecen en su obra Anatomía del miedo. Dado que el miedo tiene numerosos rostros, en este artículo, lógicamente, se muestra uno de ellos.



Para que podamos comprender la fenomenología del miedo en los seres humanos, hay que considerar que, como animales racionales, poseemos miedos que son innatos, necesarios para la supervivencia de la especie, ya que sin ellos no existiríamos en la faz de la Tierra. José Antonio Marina lo explica diferenciando aquellos que son innatos, es decir, que portamos al nacer, de los otros que vamos adquiriendo a lo largo de nuestro desarrollo por las vivencias que hemos tenido.

“Hay miedos innatos y miedos adquiridos. Entiendo por medios innatos los provocados por desencadenantes no aprendidos. Los pájaros que se alimentan de serpientes presentan un miedo innato a las serpientes venenosas, sin experiencia previa; los polluelos sienten un miedo instintivo al ver un halcón o al oír un chillido (…). También los hombres reaccionan a estímulos no aprendidos”.

Esa base innata que portamos da lugar a que tengamos reacciones instintivas ante aquello que suponga un malestar, un daño o una amenaza a nuestra integridad física. Estas reacciones son instantáneas, sin que exista premeditación, pues ciertos estímulos externos inmediatamente los interpretamos como peligros o ataques hacia nuestra persona.

“Un sujeto experimenta miedo cuando la presencia de un peligro le provoca un sentimiento desagradable, aversivo, inquieto, con activación del sistema nervioso autónomo, sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, sentimiento de falta de control y puesta en práctica de alguno de los programas de afrontamiento: huida, lucha, inmovilidad, sumisión”.

Las respuestas de huida, lucha, inmovilidad o sumisión a las que alude Marina son compartidas con otras especies animales. En nuestra faceta humana, la de sumisión puede ser utilizada por quienes desean dominar, ya que algunos, desde edades tempranas, aprenden este mecanismo de poder sobre los demás. Saben que el miedo que provocan, real o imaginado, conduce al estado de angustia en el sujeto amenazado, que lo vive como una emoción negativa y desagradable que desea eliminar de su vida.

“El miedo impulsa a obrar de determinada manera para librarse de la amenaza y de la ansiedad que produce. Por tanto, quien puede suscitar miedo se apropia hasta cierto punto de la voluntad de la víctima”.

Pero la amenaza directa solo funciona en algunas ocasiones y en determinados sectores, caso de ambientes de adolescentes en los que el bullying actúa como medio de sometimiento y humillación de los más débiles o de los que se encuentran aislados. Por otro lado, la posibilidad de que pueda ser retirada la amenaza del intimidador conduce a una conducta de alta sumisión que evitaría esos malos tratos, lo que se experimenta como una especie de recompensa por la persona sometida.

Este es un proceso que suele funcionar, por ejemplo, en las sectas o en los grupos integristas. Los nuevos miembros al incorporarse reciben todo tipo de halagos que son sentidos como recompensas en su carácter de novicios obedientes. Se los acoge, se les da seguridad, se los integra dentro de una red de apoyo, se les da importancia. A partir de un momento determinado, si se comprueba que hay un cambio de actitud en ellos, se les amenaza con retirarles ese afecto. Es una situación que retrotrae a la infancia, porque habitualmente el niño teme, sobre todo, perder el afecto del padre.

“La suspensión de una recompensa es un modo de castigo, pero que permite otras estrategias distintas. Aparece en todas las relaciones adictivas, sea con drogas o con personas. Esta conducta intimidatoria facilita relaciones complicadas y destructivas”.

Por desgracia, como sabemos por experiencia o por las informaciones que recibimos a través de los medios de comunicación, en algunas relaciones de pareja se dan los mecanismos de dominio y sumisión, con esas estrategias de recompensa que conducen a situaciones casi patológicas. Esto lo experimentan ciertas mujeres en sus vidas cotidianas. José Antonio Marina, en la obra citada, describe algunos de los mecanismos psicológicos con el que actúan aquellas mujeres que acaban interiorizando el miedo en sus vidas cotidianas.

“Pocas mujeres denuncian los malos tratos, y ello nos presenta un terrible catálogo de miedos: 1) Miedo a las represalias. 2) Temor a que no las crean. 3) Temor a que las acusen a ser culpables. 4) Vergüenza y sentimiento de culpa. 5) Tendencia de las víctimas a minimizar la situación. 6) Dudas sobre su capacidad para elegir bien la pareja”.

Pero no nos engañemos, también en las relaciones de pareja el hombre puede ser víctima de la mujer, aunque el descrito mecanismo de recompensa no sea precisamente el que funcione con frecuencia entre los varones. Esto, aunque brevemente, lo apunta Marina cuando dice lo siguiente:

“Hasta aquí he hablado de violencia contra mujeres. Hay también violencia de mujeres contra hombres, mucho menos frecuente, y que utiliza procedimientos de intimidación distintos. Fundamentalmente la furia, la ridiculización, la crítica destructiva”.

Hemos de entender que el hombre al ser, de manera general, físicamente más fuerte que la mujer sus modos de intimidación están basados en la posible agresión y la violencia física que puede utilizar en un momento determinado. Ello da lugar a que la mujer interiorice los miedos anteriormente descritos. Sin embargo, un miedo muy fuerte en el hombre es el de ser ridiculizado, sea privada o públicamente. Es un miedo de corto psicológico que también la mujer puede utilizar contra la víctima masculina.

“El talento para ridiculizar es otro de gran poder intimidador, porque el miedo a la vergüenza es poderosísimo. Ridiculizar, avergonzar, humillar es un castigo terrible. Y, por lo tanto, quien tiene la posibilidad de aplicarlo es poderoso”.

Este miedo que describe José Antonio Marina está mucho más arraigado en el hombre, puesto que entre los valores socialmente atribuidos al género masculino se encuentran la valentía, la seguridad, la firmeza, la confianza en sí mismo. Ser cuestionado en ellos implica una pérdida de identidad que le conduce a la vergüenza de sí mismo, de ahí que en las crisis de pareja algunos acudan a actuaciones de violencia contra la mujer porque se sienten humillados al haber perdido el dominio y la autoridad que ejercían sobre ellas, aunque solo fuera como imagen y de cara al exterior.

AURELIANO SÁINZ

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