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Pepe Cantillo | Vergüenza ajena

En la manifestación de Barcelona, supuestamente contra el terrorismo y en recuerdo de las víctimas, éstas son usadas como pantalla para tirar piedras a cualquier tejado. Son arrinconadas por múltiples razones politiqueras cargadas de intrigas y bajezas. ¿A quién le interesan los muertos? Solo a las familias. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. No pretendo frivolizar con el tema, pero ese es el amargo regusto que queda después de la patochada que se permitieron ejecutar en Barcelona.



Era un momento para unir voluntades, no en lo político, lo tengo claro, pero sí en lo humano, en el dolor, en el recuerdo de las victimas –muertos y heridos– y contra la barbarie terrorista. Y la solidaridad con los muertos y heridos hospitalizados parece que se esfuma y solo queda algo de rescoldo en el corazón anónimo de alguna gente anónima. Pero nos equivocamos porque en este tipo de masacres muere un poquito más Barcelona, Madrid, París, Londres, Occidente y Oriente o un pueblo pequeño escondido en Los Pirineos o en Los Apeninos.

Y los muertos aun están calientes y algunos de los heridos boxean contra la muerte. Luchan por la vida. Aunque no mueran más, eso esperamos los ciudadanos de a pie, están marcados a fuego para lo que les quede de vida. ¡Maldita mezquindad política, que solo es capaz de mirarse el ombligo!

Todo se desarrolla bajo el paraguas de las dudas y enfrentamientos (soterrados) junto con la descalificación del contrario. Dos caras de una realidad: el pueblo con su dolor y los políticos con su canción que, una vez más, no está a la altura que se le pide. Desde 2004 a 2017 poco ha cambiado la decoración: solo la ciudad.

En otras palabras: que no interesan ni nos incumben porque tenemos otros problemas más importantes que resolver. Es la conclusión que se saca de la lectura de la actuación de los políticos antes, durante y después del atentado ocurrido en Cataluña. La imagen que ofrece la manifestación es de pena. Algún político ha sentido vergüenza ajena, con la boca pequeña.

Aquí, entre nosotros, “yo no soy tú, ni tú eres yo”. Hay dieciséis muertos. Españoles y algunos de otros sitios pero que son muertos desconocidos, anónimos, sin historia. Solo sabemos que son dieciséis pertenecientes a ocho países. De los heridos, de momento, hay cinco en estado crítico.

El ciudadano de a pie, catalán, andaluz o gallego, responde con obras, con actitudes de solidaridad, de ayuda desinteresada. Gente que acoge en su casa a turistas perdidos y sin techo porque no pueden pasar hasta su hotel. Taxis que recogen a personas perdidas y les llevan gratis a destino. Este tipo de acciones solidarias engrandecen a un pueblo y afean más las burdas maniobras politiqueras.

¿Problemas? Cataluña y sus titiriteros podrían haber firmado una tregua pensando solo en los muertos y heridos. Pasado lo que llamaríamos el "luto oficial" ya pueden morder lo que sea y a quien sea. Pero eso sería lo ético y hasta lo políticamente correcto –no estoy haciendo burla con dicha expresión–.

Casi de inmediato después de la masacre se entablan enfrentamientos muy intencionados desde la política. Necesitan escenario donde representar sus melodramas y el maldito atentado les viene como anillo al dedo. Se abren brechas para enfrentar a los distintos Cuerpos de Seguridad. Mossos, Policía Nacional y Guardia Civil son un trío que los politicastros han lanzado al ruedo para crear bulla. Titulares varios y redes dan fe de ello.

Dos miradas de una misma realidad con las gafas de lo políticamente correcto:

“Todos somos Charlie Hebdo” se gritó por los rincones del Viejo Continente cuando el terrorismo masacró a la revista en 2015. El número dedicado a Barcelona no ha gustado mucho, según titulares de El País, hasta el punto de sembrar polémica: “Islam, religión de paz... eterna”. El titular encanta en Francia a políticos del Frente Nacional y lo rechazan por provocador algunos políticos de la izquierda.

La revista burlona El Jueves ofrece una portada que rehuye de la polémica y parece que gusta más a los censores de la llamada política correcta e, incluso, ha sido bendecida en las redes. Presenta un “casteller” (torre humana) integrada por musulmanes y turistas unidos al grito de “Barcelona somos todos”. El mensaje es conciliador frente al de la revista francesa que “tira a matar” con su característico humor provocador.

Un paso más: “El Gobierno y los partidos se unen en un pacto de mínimos contra el terrorismo”. La cita es de El País, periódico que, supongo, no es “fachoso”. Acuerdo al que no se adhieren algunos partidos. Eso sí, están de observadores por lo que pueda ocurrir.

Quizás dicho de otra manera se entenderá mejor. Madrid no éramos nadie. Barcelona no somos todos... Dicen que “por encima de firmas o no firmas” hay un “consenso básico” que es “la defensa de los derechos y la democracia”. Qué bonito suena eso de la defensa de los derechos (¿de quién o quiénes?) y la democracia.

¿Hablamos de democracia, o mejor de gente masacrada? ¿He dicho masacrada? Que mal hablado que soy. Son personas que fueron atropelladas y muertas, otras solo fueron heridas (¿fortuitamente?) por un conductor ciego de fanatismo. ¿Le dio una “volá”? Parece que no es el caso, dado que dicho sujeto está abrigado por algunos colegas que también padecen ceguera total.

Y ¿aun se plantean firmar o no firmar? Perdone, pero seguimos de observadores, responderán ante pregunta tan inoportuna. Por favor no ofenda: ¿cómo voy a firmar un pacto con la castuza de otros partidos? Mi ideario y mi ideal político están muy lejos de dichos pactos. Y así nos va...

Antes he citado el verbo "atropellar" que, por lo general, usamos cuando un vehículo causa daño a personas o animales. En el habla común apunta a accidente fortuito, sin intención de causarlo. "Atropellar" suena mejor que "atentar" pero creo que no es aplicable al caso de Las Ramblas. Aquello fue una masacre intencionada, un asesinato con todas las de la ley. Fue matar con alevosía y ensañamiento. Su nombre es atentado mondo y lirondo.

Tarde o temprano tenía que llegar de nuevo el terrorismo a la Península. Es más, diría que mucho han tardado en actuar. Maldito terrorismo, sea islámico o del Ku Klux Klan. No olvido que ya sufrimos una gran masacre en el 2004. Que Madrid solitario en sus víctimas vivía esos momentos sorbiendo su rabia hacia dentro.

“El odio al islam se propaga en las redes tras el atentado de Cataluña”. Estamos ante un efecto bumerán. Un atentado yihadista alimenta la islamofobia que, a su vez, da fuerzas a los terroristas para asesinar. Es la excusa perfecta para crear un fuerte rechazo hacia el mundo musulmán y así justificar sus actos.

La afirmación anterior puede parecer absurda pero si lo pensamos en frío quizás no suene tan ilógica. Buscan razones para atacar y si no se las damos, las provocan. ¿Razones? Descaradamente están sublevando a mucha gente que, con buena voluntad, pensaba –y aun creo que se sigue pensando, eso espero– que no todos los musulmanes son asesinos; que, aunque no se integren en el país en el que viven, no buscan problemas: solo quieren vivir en paz.

Este atentado último, dentro de casa, levanta ampollas en la conciencia de mucha gente. Saltar a la islamofobia parece hasta lógico. Si llegamos a esta conclusión, malo. Primero, porque los terroristas tendrían justificaciones más que suficientes para atacar al más "pintao”; segundo, porque la cantidad de muertes oscurecería la luz del sol.

Y por si no había bastantes motivos para estar tensos, los cachorros de la CUP son tan cínicos que denuncian los brotes de islamofobia surgidos tras el atentado a la par que vomitan odio contra los cristianos con esta soflama, ya vieja por cierto: “La única iglesia que ilumina es la que arde” (“L´única esglèsia que il-lumina és la que crema”).

¿Fanáticos selectivos? Islamofobia no, cristianofobia sí, judeofobia también. Fomentar el odio, sea contra quien sea, no trae nada bueno. Puede que un sufrido “buenismo” tampoco. El tema es más serio de lo que pueda parecer a simple vista. Está en juego la convivencia en libertad política, religiosa, de pensamiento.

Como cierre, un pensamiento para la reflexión. El fanático intolerante esculcará en El Corán, en los Evangelios o en La Torá motivos para justificar sus actos de atrocidad y muerte. El tema es viejo y envuelve a las llamadas religiones del libro.

Hemos perdido una ocasión de oro para poder gritar juntos: “Todos somos víctimas”, “todos hemos muerto”... Pero “todos juntos no tenemos miedo”, aunque mañana cada cual camine con su miedo a cuesta por donde pueda o por donde le dejen.

PEPE CANTILLO
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